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Estoy en Cuba

Cuba ya no es un país

Los que aún quedamos en la Isla no es por una decisión propia. El periodista Jorge Enrique Rodríguez escribe su bitácora desde La Habana.

La Habana
Restos de un Plymouth de 1952 en una calle de La Habana.
Restos de un Plymouth de 1952 en una calle de La Habana. DIARIO DE CUBA

Lunes 5 de octubre de 2026

Cuba ya no es un país.

Los que aún quedamos en la Isla no es por una decisión propia. La señora a mi izquierda, en el asiento trasero del almendrón, no puede contener las lágrimas. Dice que descubrir, a los 68 años de edad, que la única traición en su vida no fue la de su difunto esposo, está más allá de todo calvario.

Fue la revolución misma.

No le queda vida para irse a morir a otras geografías. Tampoco para pedir perdón, cara a cara, a quienes delató creyéndolos enemigos, en aquellos tiempos de domingos rojos, de marchas del pueblo combatiente, y de verificaciones sobre terceros para un puesto laboral o procesos para militar en el Partido o la Juventud Comunista.

El señor a mi derecha alterna entre bajar la cabeza y mirar por la ventanilla. Siempre con los labios apretados. No sé si el pañuelo, de aquellos antiguos que solo comprabas por las casillas de la cartilla para productos industriales, es para secar el sudor o para atajar lágrimas.

Hay un silencio atroz. Un llanto quedo. Como en el cementerio, cuando la pesada lápida se cierra sobre la última morada de un difunto, y ya el perdón no vale casi nada.

El verso de Pedro Luis Ferrer se aferra a mí con fuego, entre la impotencia y la rabia: "siempre se habla del hombre que abandona al país; pero nunca se habla del país que abandona al hombre; si no me voy, no creas que es porque me quedo."

Martes 6 de octubre de 2026

Las incongruencias y la incomunicación, entre las facciones que se disputan públicamente los sillones de palacio, parece extenderse a todos los departamentos de la Isla. Esencialmente a su aula más represiva: la Seguridad del Estado y su ampuloso Departamento 21, encargado de reprimir y hostigar a opositores, periodistas independientes y activistas pro Derechos Humanos.

O no les cuadran las agendas, ni los inventarios, o la orden es que cada soldado acapare tanta represión como puedan procesar sus respectivas e impertinentes poses de mariscales de campo en desuso.

Que me cite para interrogatorio, apenas seis días después del último citatorio, una voz telefónica que asegura "trabajar" en el Departamento 21, es señal de un bote haciendo aguas. O quizás sea la emulación para obtener mochilas nuevas e importadas, tan reñida que los agentes tienen que reenganchar con el primer nombre que surja.

La voz telefónica se ufana de tener todas mis señas y localizaciones.

Le explico con la misma parsimonia que una cándida adolescente aprende la aritmética, que esas señas y localizaciones las ostenta también el mensajero que trae el combo de aseo personal y cualquier cajera de Banco Metropolitano. No sé el tamaño de ofensa que calza la voz telefónica. Tampoco sé cuánto escucha de mi choteo antes de colgar.

Pero eso sí, le escribo un pendenciero sms, con la bendición de D.: "trae la citación, te grabo en el proceso, subo el video a las redes, y salimos en las noticias".

Sin respuesta, de índole alguna, hasta el momento.

Miércoles 7 de octubre de 2026

El acto temerario o el desafío contra una dictadura es un reflejo natural; una reacción ante el miedo de ser atomizado.  

Miedo a perder la condición primigenia: ser un humano. Miedo a perder el estatus de individuo perteneciente a una nación. Miedo a que no exista registro de nuestro paso por este valle de lágrimas. Miedo a ser fragmentado y desaparecer sin lugar propio en el colectivo social.

Toda isla lleva intrínseca —per se— la limitación de movimiento. Cuál es, en esencia, la naturaleza de la cárcel como castigo máximo, sino aquella de limitar el movimiento. Una dictadura, en una isla, es un crimen premeditado. No es una casualidad, ni un pensamiento accidental luego de una resaca dominguera.

"Debería prohibirse toda dictadura, pero más aquella que se parapeta y se premedita en, y desde, una isla."

El joven, veinteañero, desclava la reflexión sin mediar conversación previa en los límites de la pequeña y más silenciosa cola del universo: la de ratificar la exhumación de un familiar, luego de los dos años requeridos por ley, en la necrópolis de Colón.

Su madre murió durante el azote del Covid. No pudo ver la manifestación popular más grande en la historia de la Isla. Al menos hubiese emprendido el camino hacia Dios con una felicidad a su favor.

Guardamos respetuoso silencio; solo quebrantado por el vendedor ambulante y su grosera oferta de fosforeras a 450 pesos.

Jueves 8 de octubre de 2026

La cotización del dólar sube y baja. Pura ley de mercado. Cachumbambé manoseado, con despecho insular, por media docena de personas que aguardan los trámites del pasaporte.

El cubano de a pie, ese que jamás pudo cotizar sus permisiones entre los márgenes de un salario revolucionario, aún mastica añoranzas tras la despenalización del dólar y la dolarización del timo que persiste como estribillo machacón.

Los verdugos de la memoria nacional engordan las consecuencias que factura desobedecer el precio del silencio. Esos mismos verdugos que ahora niegan, en noticieros extranjeros, la obligatoria lascivia que impone la perpetuidad de tanta escasez.

Queda renunciar a la nacionalidad —al ser y al estar— como salida de emergencia.

Pero manosear los vaivenes del dólar supone menos riesgo que cuestionar, con saña, un edicto imperial ante la funcionaria que ya no disimula la mirada. Que ahora acecha, tras su buró, el giro drástico de la cháchara. La señora cincuentona, que minutos antes exhortaba a una embestida contra los especuladores de la compraventa de divisas, ahora se decanta por el mutismo.

Las indagaciones de D. sobre cuáles derechos ganas o pierdes tras concretar la renuncia, no la llevan a puerto alguno. La mirada impertinente de la funcionaria explica más que el edicto imperial.

De momento, seguimos siendo cubanos de a pie. No sé si la reafirmación de D. es peyorativa o si la emite desde un trasnochado orgullo nacional.

Viernes 9 de octubre de 2026

D. insiste en que un retoque de inteligencia artificial le haría bien a la bitácora.

A Cuba, luego de casi siete décadas maquillando realidades, procesos de supervivencias y estadísticas, no le queda un centímetro donde apuntalar improvisaciones, utopías y descaros.

El rostro del mensajero es un poema renacentista. Intenta comprender nuestra discusión, al mismo tiempo que la visión de los senos de D. le impide cualquier asomo de coherencia. Coincide en que la inteligencia artificial es útil, pero que también es un préstamo a las confusiones. D. castiga su intromisión ajustándose la blusa, mientras repite por enésima vez la operación de autenticar Transfermóvil.

La bitácora no trata de una redecoración a la sobrevivencia en la Isla. Tampoco se permite el escamoteo de convertirse en la versión taquigráfica —o postal turística— de la tragedia nacional.

Los gritos en la calle pausan el avance de la refriega.

Dos jóvenes han asaltado al anciano que se dedica, entre otros menesteres, a botar la basura por el costo de 100 pesos. Logro ver la mirada indiferente del patrullero, mientras dos vecinas le resumen lo sucedido y señalan el camino que emprendieron en la huida los delincuentes. Ni siquiera miran al anciano, que difícilmente se repondrá de las magulladuras, como advierte una tercera vecina.

No logro procesar cómo aplicar inteligencia artificial a las narrativas de la bitácora.

D. no me sostiene la mirada por el resto del día.

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