Lunes 26 de octubre de 2026
La añoranza de volver a pisar un tatami es perenne.
Retornar al universo del judo, incluso como árbitro, está incluido entre mis prioridades, si acaso logro sobrevivir a la dictadura en la Isla. La máxima aspiración, casi una quimera, sería entrenar y participar en los mundiales de judo para veteranos.
Cuando emprendes la ruta de las instalaciones deportivas llegas a sentir, y a escuchar, el estruendoso desastre que atraviesa el llamado "deporte revolucionario", y el consecuente distanciamiento con el desarrollo deportivo a nivel mundial.
En esas instalaciones deportivas, ahora ruinosas, saqueadas, demolidas o reinventadas para otros objetos sociales improcedentes, discurría el anhelo de niños y adolescentes en aquellos barrios marginados por la revolución: llegar a campeones, comprar una casa para nuestras madres, poner distancia del solar belicoso, regalar cada medalla a los consortes que, incondicionalmente, nos alentaban en cada competencia provincial o nacional.
En los tatamis del Pontón, del Carvajal, del Dbeche, del Martí, del Ponce Carrasco, de la Mariposa, del Coliseo, nos ripiábamos el judoki contra equipos élites de la ESPA o la Dinamo. Uno tras uno alcanzamos los cinturones; enfocados en el cinturón negro, en el primer Dan y en el Cerro Pelado, la antesala para integrar las preselecciones nacionales.
El innegable retroceso que atraviesan casi todas las disciplinas deportivas, más visibles en el béisbol, el boxeo, la lucha grecorromana, el voleibol, el judo femenino, es también el relato del comunismo insular engulléndose todo lo vivo; todos los sueños.
Solo queda en pie ese solar, en Esperanza # 411, mi judoki y mi cinturón marrón.
Martes 27 de octubre de 2026
Hoy fue día de interrogatorio. Luego el canoso, o alguno de sus secuaces, tiene la escasísima vergüenza de pararse ante la ONU a negar que en la Isla se hostiga, reprime y persigue a los ciudadanos por cuestiones ideológicas y políticas.
Llevábamos casi una semana sin agua, por la prolongación de los apagones, y D. me recuerda que el enojo debemos guardarlo para eventos realmente trascendentales y no desplegarlo ante interrogadores y sus preguntas que nunca conducen a lugar alguno. O eso suponemos.
Considerar que este es el momento en que más peligrosa se torna una dictadura, debería ser premisa para todos. Tampoco debería dudarse que, en su fuero interno, esa dictadura sabe con absoluta certeza que el engaño ha concluido. Que estamos ante el telón de boca, cayendo en cámara lenta y, sobre proscenio, una luz dura como el hambre que prometieron derrotar, advierte que existen ciertos perdones que no pueden ser otorgados.
Los hombres y mujeres libres, obligados a transitar la ignominia a punta de pistola, serán los mismos con mirada severa ese día que debe temerse desde ya: la revolución no tuvo ni siquiera un solo motivo o argumento, uno solo, para condenar a un pueblo a pasar hambre por gusto.
Todo silencio entraña dos senderos. La desobediencia, que suelen elegir las personas calmas; y el rencor, que eligen personas cuya única lógica de vida fue un abismo bajo sus pies.
Nunca he podido saber, con exactitud, por qué hay un Jorge Enrique muy distinto cuando desanda sus pasos hacia los interrogatorios.
Miércoles 28 de octubre de 2026
Ahora resulta que debemos cuidarnos de Lucilia Sericata, la mosca verde, en una Isla donde ya nadie puede reírse de los peces de colores. Donde los pejes gordos son gordos y no salen en televisión nacional enseñándote cómo se deben freír las croquetas.
Para ese tipo de menesteres, cada general que ha sobrevivido a los aullidos de Palacio y cercanías, tiene a su servicio un cuerpo de tracatanes.
Según las circunstancias que concurran en torno a la carroza de calabazas, ese tercio táctico también puede suplir las obligaciones de todo cuadro egresado de la Ñico López: analfabeto funcional que apenas logra aprender de memoria la complicadísima composición química de la limonada. O en su defecto, la del frozen; que en paz descanse.
El hecho de demoler un central azucarero, provocar el fin de la vida en su batey, y enseñar trigonometría a los trabajadores que quedaron desempleados, bastaría como argumento de sobra para invadir a pedradas un país.
La arenga del delegado, que a su vez se la aprendió de la secretaria del intendente, y que a este se la dictó Durán García en alguna oficina fuera de Palacio —suponemos—, estuvo a la altura de cualquier Arlequín en el auge de la Edad Media.
Creo que a D. le subió la presión. Nunca antes la vi en fase. Dice que estuvo a un segundo de enchuchar a su jevito contra el delegado.
"Llegado el caso, le pegas bien duro".
Jueves 29 de octubre de 2026
Robaron en el parqueo de D., donde guarda los tarecos y las bicicletas de sus niñas.
Asentar una denuncia en la estación policial es lo mismo que iniciar cualquier trámite en la Oficoda, en Vivienda, o en Seguridad Social. La única diferencia es que los policías van de uniforme, son mucho más lentos al teclear, y el olor que caracteriza a las estaciones policiales suele durar días en la memoria olfativa.
Más de tres horas a la espera de ser atendido para denunciar el robo de una bicicleta, te hace cuestionar la importancia de tus bienes. Casi perdonas al ladrón. Incluso llegas a considerar que fue un dinero malgastado y un acto aristocrático. El rostro del policía, que teclea más lento que todo el conjunto de su especie, te confirma tu culpabilidad.
D. conoce mis maneras de mirar. Su gesto de cerrar los ojos y extender las manos, frena en seco mi paso apurado hacia el policía que teclea lento.
Ahora resulta que vivir en la periferia, que tu parqueo esté ubicado a diez metros de casa, y que solo tengas servicio eléctrico una hora y quince minutos al día, es responsabilidad del ciudadano. Falta poco para que ladrones y delincuentes sean condecorados en actos ejemplarizantes.
No es fortuito que, en toda la Isla, las comunidades asuman la justicia y hasta los linchamientos por mano propia. Ambos particulares son directamente proporcionales a la lasitud con la cual la policía enfrenta el delito.
D. es categórica ante el policía: la próxima vez no hará la denuncia; pintará un cartel contrarrevolucionario en el parqueo, y en minutos enviarán a peritos junto a todo el ejército occidental.
Viernes 30 de octubre de 2026
La chusmería y el lenguaje chabacano siempre han encontrado críticas peyorativas en los medios de prensa del régimen. Durante décadas, con frecuencia y en la mayoría de las ocasiones, en extensos artículos de ritmo machacón, acrisolado y muy cansino.
Sin haber leído a Mañach, pero sí mucho a Lenin y a cuanto bolchevique proletario se importaba desde los puertos soviéticos, los cubanos fueron unificados bajo la única constelación lingüística permitida por el Partido en territorio insular: la doctrina y la consigna como leyes de comunicación.
Más que sarcasmo y burla, en esas mismas barriadas señaladas por chusma y marginales, ahora se le devuelve al régimen su misma taza de chocolate.
"Gente blanca, fina, buena y de comercio, dando cintura y despelote en las Naciones Unidas. Los leídos y escribíos del país loma abajo y con la cabeza debajo del brazo. Ni siquiera viendo programas humorísticos nos habíamos divertido tanto. Si hay un premio para el humor, sin duda alguna se lo lleva la delegación cubana."
El régimen, con un noveno inning enredado y sin un pitcher de control para evitar quedarse al campo, recurre al mismo comportamiento y lenguaje que las páginas desabridas de Granma y Juventud Rebelde le reprochan al pueblo.
Olvidándose del verbo —que, según Dios, fue lo primero— y de las consignas martianas: la representación cubana en la ONU calentó los quince de Yaquelín. No siendo esta la primera ocasión en que "la revolución", y su primera falange diplomática, pierde la compostura, imaginamos que los nuevos paradigmas comunicacionales estrenarán titulares: 'Pelo suelto y carretera papi, que la ONU no es de nadie'.
Disfruté mucho esta crónica. Y el final es genial. ¿Qué otra manera habría de describir lo de la ONU?