En Matilda, novela de Roald Dahl, la infancia vive sitiada por adultos brutales, negligentes o ridículos, pero conserva un reducto de sentido: la inteligencia, el lenguaje, la imaginación, y sobre todo la posibilidad de que exista, en algún rincón del mundo, una señorita Honey. Es decir: la posibilidad de que el mundo adulto, aun en su torpeza o crueldad, todavía ofrezca amparo.
La tragedia de la infancia cubana contemporánea es más honda y menos novelesca. No ha sido arrojada de golpe a una casa de monstruos visibles ni a una escuela regida por una Trunchbull identificable. Lo que ha ocurrido ha sido más lento, más opaco y, por eso mismo, más difícil de resistir: la retirada progresiva del sostén que la hacía posible.
Si durante décadas la infancia funcionó como uno de los soportes visibles del pacto social cubano, su deterioro no podía presentarse con estrépito. No hubo una escena oficial en que Fidel Castro dijera en uno de sus infinitos discursos: "Desde hoy los niños dejan de ser prioridad"; la Gaceta Oficial tampoco publicó un decreto anunciando que la niñez sería entregada, poco a poco, a la intemperie. Lo que hubo fue algo más eficaz: una secuencia de recortes, omisiones, desplazamientos y abandonos parciales que fueron alterando la vida cotidiana sin necesidad de modificar del todo el relato.
La infancia no fue expulsada del centro, de lo más preciado: fue dejada caer. Y ese abandono nunca se ha reconocido como tal. Incluso en los informes oficiales más recientes, la protección social, la equidad y el desarrollo humano siguen siendo presentados como ejes centrales del modelo. El discurso oficial continúa apelando a la niñez como reserva moral desde la cual afirmar sus propias virtudes.
Ese vaciamiento sin declaración fue descrito con precisión por Antonio José Ponte en La fiesta vigilada, donde la continuidad del sistema aparece no como estabilidad, sino como persistencia de una forma que ha perdido su contenido. La estructura permanece, pero ya no sostiene lo que promete. Lo que en otro momento fue pacto se convierte en inercia.
Ese proceso no es solo perceptivo. La prolongada crisis económica en Cuba ha tenido "impactos sostenidos en el bienestar infantil y el acceso a servicios básicos", afectando alimentación, salud y educación de manera estructural.
Los comedores escolares, por ejemplo, que durante años habían formado parte del paisaje material de la protección, comenzaron a vaciarse de contenido hasta volverse irrelevantes. No desaparecieron de un día para otro. Se fueron degradando. La comida llegó a ser peor, más escasa, más esporádica, más incapaz de cumplir su función básica. Lo que antes servía, aunque fuera modestamente, para apuntalar la alimentación infantil, dejó de hacerlo. La escuela perdió así una de sus funciones más silenciosas y decisivas: la de corregir, aunque fuera parcialmente, las desigualdades del hogar. Diversos reportes independientes y revisiones internacionales han documentado el deterioro de estos servicios, señalando reducción de calidad alimentaria y discontinuidad en programas de apoyo escolar en los últimos 15 años.
Algo parecido ocurrió con la atención pediátrica territorial. El viejo ideal de cercanía — consultorio, policlínico, médico accesible, cierta confianza en que el niño sería visto, atendido, seguido— empezó a resquebrajarse bajo el peso de la escasez, la concentración de recursos en la capital y en zonas priorizadas, el deterioro de la infraestructura y la emigración o deserción del personal. La atención no desapareció del todo, pero dejó de pertenecer al terreno de lo confiable. Se volvió azarosa: dependiente del favor, de la suerte, de la insistencia, del invento.
El invento… esa palabra arraigada en la vida cotidiana y en la ideología real, nombra la economía paralela de la supervivencia que el propio sistema produce y, al mismo tiempo, niega. Resolver no es aquí una opción, sino una condición: no es una excepción, sino una forma de orden: la forma de orden de un sistema que ya no puede sostenerse en la ley y se prolonga en su transgresión.
También el deporte, la cultura y las actividades extracurriculares siguieron ese mismo destino de erosión sin anuncio, a medida que dejaban de ocupar un lugar real dentro de las prioridades del sistema. Lo que había sido parte del tejido formativo de la infancia pasó a sostenerse por inercia, cuando se sostenía. Talleres vaciados, espacios deportivos sin mantenimiento, círculos de interés convertidos en rutina hueca, maestros o instructores que hacían lo que podían con lo que no tenían. El tiempo infantil, antes más o menos organizado por instituciones públicas, comenzó a deshilacharse.
Lo decisivo aquí no es solo la suma de las pérdidas, sino la forma en que ocurrieron. Simplemente, el sistema dejó de sostener aquello que había prometido garantizar. Y esa diferencia importa. Porque cuando una política se elimina abiertamente, al menos deja un nombre para la pérdida. Pero cuando el sostén se retira en silencio, lo que queda no es solo deterioro, sino una intemperie sin fecha.
El resultado inmediato fue el traslado de los costos
La alimentación de los niños pasó a descansar, de manera creciente, sobre familias cada vez más pobres. Lo que antes era, al menos en parte, una responsabilidad compartida, volvió a recaer casi por completo en el ámbito doméstico. Solo que ese ámbito doméstico ya estaba exhausto. Alimentar a un hijo dejó de ser una rutina y se convirtió en una proeza. La lonchera empezó a depender menos de la previsión y más del milagro.
El transporte escolar, allí donde existía como posibilidad real, se fue privatizando. No mediante una ley, sino mediante el derrumbe práctico de la garantía pública. Ir a la escuela comenzó a depender del esfuerzo adicional de madres que reorganizan horarios imposibles, de abuelos que caminan bajo el sol, de vecinos que ayudan, de dinero que no alcanza, de bicicletas, del invento, de favores. La movilidad infantil se volvió otro capítulo de la supervivencia familiar.
Y la propia escuela dejó de garantizar lo mínimo, no en sus palabras, que siguieron siendo solemnes, sino en su funcionamiento concreto: libretas que faltan, aulas despintadas, baños rotos, maestros ausentes, meriendas inexistentes, pupitres vencidos, aulas sin ventanas, techos que gotean, horarios interrumpidos por apagones o escaseces que nada tienen que ver con la pedagogía y, sin embargo, la gobiernan toda.
Ese es el verdadero núcleo del proceso: el Estado no abandona la infancia mediante una renuncia explícita. No la excluye del discurso. No la borra de sus emblemas. Hace algo más inquietante: conserva el lenguaje del cuidado mientras retira las condiciones materiales que lo hacían creíble.
La infancia deja de ser prioridad no cuando se la nombra menos, sino cuando se la sostiene menos. Y ese vacío alguien tiene que absorberlo.
Lo absorben madres agotadas que aprenden a administrar la escasez con una creatividad feroz y una tristeza sin tiempo. Lo absorben abuelas empobrecidas que vuelven a criar niños cuando ya deberían estar descansando. Lo absorben redes informales, mujeres de la familia, vecinos, amistades, remesas, envíos de uniformes desde Miami, pequeños circuitos de auxilio que mantienen en pie lo que antes dependía, aunque fuera precariamente, de una estructura pública.
Lo que fue sistema degenera en parche; el derecho, en diligencia doméstica; la garantía, en un lento desgaste.
Hay escenas contemporáneas en las que este cambio se deja ver con una nitidez casi didáctica. En uno de los barrios más pobres de La Habana, un pequeño proyecto comunitario surgido en 2016 alrededor de talleres educativos y de una investigación sobre el patrimonio religioso y arqueológico de la zona comenzó a trabajar con niños cuya experiencia cotidiana estaba marcada por una pobreza extrema. No se trataba solo de carencia material. Quienes impulsaron el proyecto describen algo más hondo: niños y familias encerrados en un espacio sin horizonte, habituados a un mundo reducido donde casi todo parecía ya decidido de antemano. La intervención no comenzó por la vivienda, sino por la infancia. No porque la precariedad habitacional fuera secundaria, sino porque resultaba evidente que, si algo podía interrumpir la reproducción de ese patrón degradante, era el trabajo sostenido con los niños.
Lo significativo no es solo que ese esfuerzo haya tenido que surgir fuera de la estructura estatal, sino la reacción que provocó. Allí donde debería haber existido al menos una disposición a cooperar, aparecieron la sospecha, la descalificación y la traba burocrática. A los promotores se les dijo, en esencia, que en ese barrio no había nada que hacer, o que no les correspondía a ellos hacerlo. El proyecto se "perdió" en oficinas, los permisos se dilataron, la legalidad funcionó menos como cauce que como obstáculo. La escena resulta reveladora: el Estado ya no solo no sostiene de manera suficiente las condiciones mínimas de la infancia, sino que también ataca a quienes intentan repararlas. O, en el mejor de los casos, conserva la prerrogativa de administrar ese cuidado simbólicamente.
Ese caso permite nombrar con mayor precisión una de las transformaciones decisivas del presente cubano: el traslado del sostén infantil hacia formas laterales, frágiles, comunitarias, casi siempre exhaustas. Donde antes operaba, aunque fuera de modo ambivalente, una estructura pública reconocible, aparecen ahora talleres, vecinos, redes informales, proyectos tolerados a medias, esfuerzos que sobreviven entre la necesidad y la sospecha.
Podría hablarse, en ese sentido, de un incipiente desplazamiento hacia formas de sociedad civil. Pero ese "renacer" no responde a una expansión autónoma del tejido social, sino a la retirada del Estado. No es la expresión de una capacidad acumulada, sino la reacción a una pérdida. No constituye una alternativa plena al pacto social, sino el índice de su descomposición. Lo que garantizaba el sistema debe ser ahora rehecho, en escala mínima, por actores que carecen del poder, los recursos y la estabilidad para sustituirlo.
Durante buena parte de la historia moderna, la vida social no se organizaba únicamente entre el individuo y el Estado. Existía un espacio intermedio —hecho de vínculos comunitarios, asociaciones y formas diversas de sociabilidad— donde se articulaban prácticas de cuidado, educación y pertenencia. Ese espacio no era necesariamente igualitario ni democrático, pero funcionaba como mediación: amortiguaba el peso del poder sobre la vida cotidiana y distribuía responsabilidades. En la Cuba contemporánea, ese nivel intermedio no ha sido reconstruido: lo que emerge no es una sociedad civil consolidada, sino una reacción fragmentaria ante su ausencia.
En la novela Matilda, la salvación del niño pasa por el encuentro con un adulto bueno. En la Cuba de hoy, la supervivencia de la infancia depende cada vez más de eso mismo: no de una política, sino de una excepción. No de una red pública robusta, sino de una mujer que resuelve, un abuelo que aguanta, una maestra que todavía enseña y cuida, una vecina que comparte, alguien que inventa un pequeño refugio en medio del derrumbe.
Pero una sociedad no puede descansar indefinidamente sobre sus señoritas Honey privadas. Ese es, quizá, el signo más claro del desmontaje silencioso: la estructura proporcionada antes por el Estado ha pasado a depender de la bondad individual. Y la bondad, por admirable que sea, no sustituye un pacto social.
Por eso el cambio no es solo material, es mucho más profundo. Modifica la propia forma de crecer. El niño ya no se forma dentro de un entramado relativamente estable, sino dentro de una atmósfera de incertidumbre, improvisación y fragilidad. Aprende desde temprano que casi todo depende de que alguien resuelva a última hora. Aprende que lo básico puede faltar. Aprende que la protección no está asegurada: está apenas remendada.
Este proceso no puede atribuirse a una sola causa. En él confluyen crisis económicas prolongadas, transformaciones demográficas y decisiones políticas específicas. Lo relevante es cómo estas dimensiones se articulan en una forma concreta de experiencia infantil.