Para miles de familias cubanas, el inicio de las vacaciones escolares ha dejado de ser sinónimo de descanso. En un país donde los apagones se prolongan durante 20, 30 y hasta 40 horas consecutivas, la escasez de alimentos, la falta de agua y el encarecimiento de cualquier actividad recreativa han convertido el verano en otro capítulo de la crisis cotidiana.
Los testimonios recogidos por DIARIO DE CUBA en La Habana, Camagüey, Villa Clara y Santiago de Cuba coinciden en un mismo diagnóstico: la principal preocupación pasa de entretener a los niños a cómo alimentarlos y soportar el calor sin electricidad.
"Mi hija me pregunta quién quita la luz"
Alberto Martínez, padre de una niña de ocho años residente en La Habana, resume el sentir de muchos padres: "Esto no son vacaciones, es una pesadilla constante".
En su barrio los apagones superan con frecuencia las 40 horas consecutivas. "La niña se levanta empapada de sudor porque no hay ventilador ni aire acondicionado. Hace días dormimos en el suelo del patio porque dentro de la casa uno siente que se quema, aunque ahí los mosquitos nos comen vivos", cuenta.
Cuando finalmente regresa el servicio eléctrico, explica, la alegría dura poco. "Ella corre a cargar la tablet o a poner una película, pero la corriente se vuelve a ir enseguida y termina llorando de rabia. Me pregunta todo el tiempo quién es el que quita la luz, y muchas veces me quedo callado", señala.
Los apagones también significan perder los pocos alimentos que logra comprar. "Cada vez que pasan dos días sin corriente se echa a perder el pollo, los huevos, el arroz cocinado. Hay un olor a podrido en la casa que no se quita. Además, cuando falta la electricidad tampoco hay agua porque el motor no funciona. No podemos bañarnos bien ni lavar la ropa", lamenta.
La combinación de calor, falta de higiene y proliferación de mosquitos preocupa especialmente. "Mi hija tiene el cuerpo lleno de picadas, duerme mal, está irritable y llora por cualquier cosa. Verla así me destroza", señala Martínez
"La Habana Vieja parece una ciudad fantasma"
A la falta de opciones recreativas se suma el deterioro de los pocos espacios públicos que tradicionalmente servían para el esparcimiento familiar.
Yaimet, residente en La Habana, cuenta que decidió salir con sus hijas para ofrecerles "algo diferente", pese al intenso calor. La visita a La Habana Vieja terminó, sin embargo, convirtiéndose en otra experiencia frustrante.
"La Habana estaba vacía, todo estaba cerrado porque no había corriente. No había turistas, pero tampoco cubanos. No había niños en la calle, ni un helado para comprar. Me recordó los días del Covid, cuando la ciudad parecía fantasma", relata.
Según explica, fueron las propias niñas quienes pidieron desistir. "Ellas mismas me dijeron: 'mamá, vámonos para la casa'. El panorama era deprimente".
La mujer asegura que la mayoría de los museos permanecen cerrados y que el Planetario funciona de manera simbólica. "Solo te muestran el vestíbulo porque la sala de proyección no funciona y los equipos están apagados", señala.
También lamenta que la Quinta de los Molinos, uno de los pocos espacios verdes amplios de la capital, ya no pueda visitarse libremente y solo abra cuando se organizan actividades específicas.
"Es uno de los pocos lugares de paseo que tienen municipios tan poblados como Plaza y Centro Habana, pero ya ni siquiera puede usarse como parque de acceso permanente", lamenta.
La recreación, un lujo
Más allá de la supervivencia diaria, las posibilidades de ofrecer a los niños algún entretenimiento son prácticamente inexistentes para la mayoría de las familias.
Alberto calcula que una salida familiar a las playas del este de La Habana puede superar fácilmente los 20.000 pesos entre transporte y alimentos.
"Las piscinas de los hoteles son para quien tenga dólares. Museos y otros lugares funcionan a medias. Mi hija no ha ido ni a la playa ni a una piscina este verano. El dinero que tengo lo uso para intentar que no nos muramos de hambre", precisa.
El salario medio mensual en Cuba llegó en 2025 a 6.930 pesos. Con este monto y la cuenta de Alberto, un padre necesitaría más de tres salarios para una excursión a la playa.
En Camagüey, Jade describe una realidad similar.
El parque de diversiones apenas funciona cuando falta la electricidad y los pocos equipos privados cobran alrededor de 200 pesos por recorridos de apenas unos minutos. Las piscinas particulares cuestan desde 10.000 pesos por día, relata.
Ir a las playas de la provincia puede significar pagar alrededor de 5.000 pesos por persona solo en transporte, mientras las ofertas turísticas estatales alcanzan entre 40.000 y 80.000 pesos por unos pocos días de estancia o directamente se comercializan en dólares.
"Los cines y todo lo que depende de la corriente prácticamente no funcionan", señala.
Las alternativas terminan reduciéndose al zoológico, donde "cada vez quedan menos animales y más desnutridos", algunos parques mantenidos por trabajadores privados o el Casino Campestre.
Desde Santiago de Cuba, Jorge Amado Robert asegura que la imagen predominante es la de niños y adolescentes jugando fútbol en las calles porque viajar a las playas resulta cada vez más difícil por las restricciones de combustible.
Un parque infantil que cuesta el salario de varias semanas
La frustración también se refleja en las redes sociales. Una madre publicó en un grupo de Facebook que el parque de diversiones Jalisco Park, en el Vedado habanero, ahora bajo gestión privada, cobra 1.000 pesos por cada entrada, un precio que incluye únicamente un refresco y un pequeño paquete de galletas.
"Imagínate una familia de cuatro personas: 4.000 pesos por obligación, con tantas necesidades que están pasando nuestros niños entre apagones y escasez", escribió.
Relató que acudió con sus hijos "con tremenda ilusión" pero tuvo que regresar a casa porque no podía pagar la entrada. "Y aunque tuviera el dinero, no la iba a pagar", añadió.
Entre los comentarios, otro usuario denunció que en el Acuario de La Habana el parque inflable acuático cuesta 3.000 pesos por apenas 30 minutos.
Otros participantes recomendaron espacios recreativos más económicos, aunque coincidieron en que las opciones gratuitas son cada vez más escasas.
Una usuaria resumió el sentimiento general con una frase: "Tristes vacaciones. Pero mucho más triste es la 'maravillosa' infancia de los niños en Cuba".
Esta semana el Acuario Nacional anunció que acogerá el Festival Pa' Cuba, un espacio cultural y educativo con música, artes escénicas, talleres y actividades ambientales hasta el 19 de julio. Muchas familias que viven lejos se verán igualmente privadas de esta opción ante la crítica situación del transporte.
Sin planes oficiales que lleguen a la mayoría
Aunque los medios estatales anuncian actividades recreativas, campismos y propuestas culturales para el verano, los padres entrevistados consideran que esos programas tienen un alcance muy limitado.
"Hablan de propuestas recreativas, pero todo se resume en 'resuelve como puedas'", lamenta Alberto.
En Camagüey, Jade asegura que apenas ha visto algunas actividades con payasos o artistas en plazas públicas.
En Santa Clara, Litzie considera que la falta de electricidad termina frustrando incluso las pocas iniciativas existentes. "Los niños pasan la mayor parte del tiempo tratando de entretenerse con la televisión o videojuegos cuando hay corriente. Pero con tantos apagones hasta eso es imposible. Además, hace muchísimo calor y ni siquiera puedes darles un vaso de agua fría", dice.
Verano sin comida
Si existe una preocupación común en todos los testimonios es la alimentación. "Los niños pasan el día pidiendo cosas de comer", relata Jade. Una madre de un compañero de escuela de su hija le confesó que ya no sabe qué hacer porque el niño siempre tiene hambre. "No es que los padres no quieran alimentarlos. Es que no pueden", añade.
En La Habana, Alberto calcula que una merienda sencilla para tres días —unas galletas, un jugo y algún alimento fresco— puede costar unos 5.000 pesos.
En Remedios, Mirita asegura que las vacaciones significan precisamente lo contrario del descanso. "Uno se levanta pensando qué va a inventar para darles de comer y se acuesta con la misma preocupación", señala.
Cuando sus hijos le piden ir a la playa, comer un helado o visitar un parque, la respuesta casi siempre es la misma. "No porque no quiera, sino porque no puedo", lamenta.
Explica que un helado ronda los 500 pesos y cualquier salida familiar implica gastar varios miles de pesos entre transporte y alimentos.
También crecen la inseguridad y la desesperanza
Los padres consultados coinciden en que las vacaciones han aumentado otras preocupaciones.
En Camagüey, varios vecinos han desistido de viajar por miedo a dejar la vivienda sola ante el incremento de los robos. Otros evitan salir de madrugada para tomar un transporte por temor a los asaltos.
Alberto afirma que en su barrio las protestas nocturnas con cacerolazos se han vuelto habituales: "Los vecinos dicen: 'Otra vez se me echó a perder toda la comida', '¡mi hija no duerme por el calor', 'perdí el trabajo porque no tengo con quién dejar a la niña'. Después se llevan a quienes protestan y todo sigue igual".
Mientras tanto, muchos niños pasan el verano jugando en las calles, encerrados en casas convertidas en hornos o esperando durante horas el regreso de una electricidad que dura "nada".
"Vivimos como animales", resume Alberto. "Uno trabaja lo que puede, resuelve lo que puede y al final solo espera que llegue la luz aunque sea unas horas para poder respirar".