Las cifras oficiales que el Estado cubano intenta mantener bajo control se han convertido en testigos de su propia crisis. Así destaca un análisis publicado por Food Monitor Program (FMP), según el cual los anuarios de la estatal Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) revelan un desplome histórico de la producción agropecuaria y de alimentos entre 2018 y 2023, con caídas que alcanzan niveles sin precedentes en la historia reciente del país.
Según el informe, la producción de arroz elaborado cayó un 90%, la de pastas alimenticias un 91% y la de carne de cerdo un 93%. Los lácteos —ya casi desaparecidos de la dieta cotidiana— registran descensos del 52% en quesos, 69% en yogur y 90% en leche evaporada. Incluso el pan, producto básico de la canasta racionada, se redujo un 30%.
"Estos datos no provienen de investigaciones independientes, sino de la propia ONEI", advierte el reporte. "El colapso es tan profundo que ni las estadísticas oficiales pueden seguir ocultándolo".
La estadística como espejo de la crisis
El análisis de FMP subraya que la ONEI, lejos de ser un órgano técnico neutral, funciona como un engranaje del aparato estatal, produciendo cifras que legitiman más de lo que informan. Sin embargo, la magnitud de la crisis ha obligado a que incluso las estadísticas oficiales comiencen a reflejar parte del derrumbe.
Aún así, persisten amplios vacíos informativos: no se publican datos desagregados por provincias y municipios, ni sobre cortes de electricidad o agua, ni sobre pérdidas de alimentos por fallos en la cadena de frío. Tampoco hay reportes consistentes del peso de las importaciones o de la economía informal en el abastecimiento de comida.
"Leer las cifras cubanas implica también leer sus silencios", señala el texto. "Lo que no se mide, el ciudadano lo vive en carne propia".
Un país con hambre y sin datos
Food Monitor Program complementa las estadísticas oficiales con encuestas y entrevistas sobre el consumo real en los hogares cubanos, el peso de las remesas en la alimentación y el porcentaje de ingresos destinados a comprar comida. Estos ejercicios independientes se realizan bajo hostigamiento estatal, en un contexto donde medir el hambre se considera una forma de disidencia, denuncia la organización.
El estudio concluye que Cuba enfrenta una crisis humanitaria en expansión, en la que el colapso productivo se traduce en malnutrición, desigualdad y protestas sociales. Las manifestaciones registradas desde 2021, y en especial las de Santiago de Cuba y Bayamo en marzo de 2024, tuvieron como detonante la escasez de alimentos y los apagones, recuerda.
FMP insiste en que los datos de la ONEI deben usarse como punto de partida, pero siempre contrastados con fuentes externas —como la FAO, el PMA o investigaciones independientes—, aunque muchas de estas agencias trabajan con los mismos registros del Gobierno.
"Las estadísticas oficiales son indispensables, pero insuficientes", resume el informe. "En Cuba, los silencios estadísticos pesan tanto como las cifras que se publican. Y en un país donde el hambre ya no se puede ocultar, cada serie truncada es también un mensaje: lo que el Estado no mide, el ciudadano lo vive en carne propia".