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Opinión

América Latina pelea por las palabras y pierde el futuro

Mientras las grandes potencias discuten quién controlará los modelos, los datos e infraestructura tecnológica de la IA, una parte de América Latina sigue discutiendo quién controla el vocabulario.

Madrid
Robots inteligentes de la compañía china Dataa Robotics.
Robots inteligentes de la compañía china Dataa Robotics. AP

Durante la 30 Conferencia Anual de Forum 2000, Yuval Noah Harari ofreció en Praga una de las imágenes más inquietantes sobre la nueva distribución del poder mundial cuando dijo:  "Estados Unidos y China encabezan la carrera por la Inteligencia Artificial (IA). Todos los demás no están sentados a la mesa: forman parte del menú". 

Harari agregó algo igualmente importante. Si esos otros países quieren cambiar su situación, tendrán que actuar juntos. 

La metáfora resulta especialmente incómoda para América Latina. La región no solo está lejos de disputar el liderazgo tecnológico sino que parece no haber asumido plenamente que la IA dejó de ser una herramienta más para convertirse en una nueva infraestructura de poder. 

Apenas tres días después de la intervención de Harari, el presidente colombiano Abelardo de la Espriella visitó por primera vez el Ministerio de Cultura de su país y anunció una "contrarrevolución cultural". Prometió una lucha abierta contra el "wokismo", el lenguaje inclusivo y lo que describió como la utilización de la cultura para adoctrinar a niños y adolescentes. 

En la misma línea, el presidente argentino, Javier Milei, definió la "batalla cultural" como uno de los tres frentes de su Gobierno, junto con la gestión y la disputa política. Su Administración eliminó el lenguaje inclusivo de la documentación oficial y convirtió la lucha contra la ideología "woke" en una dimensión explícita de su proyecto.

En Chile, la Cámara de Diputados aprobó en junio una resolución —no vinculante— que pidió al Gobierno de José Antonio Kast eliminar el lenguaje inclusivo de los servicios públicos. Lo que aparece en Colombia como una "contrarrevolución" forma parte, en realidad, de una corriente regional más amplia. 

Puesto de otra manera: mientras las grandes potencias discuten quién controlará los modelos, los datos, los semiconductores y la infraestructura tecnológica, una parte de América Latina sigue discutiendo quién controla el vocabulario. 

Durante años, sectores de la izquierda latinoamericana actuaron como si transformar el lenguaje equivaliera a transformar la realidad. Convirtieron la identidad, el género, los símbolos y la representación cultural en componentes centrales de su proyecto político. 

La nueva derecha llegó prometiendo recuperar los problemas materiales que esa agenda había relegado: la inseguridad, el crecimiento económico, el empleo y la pérdida de autoridad del Estado. Sin embargo, una vez en el poder, corre el riesgo de no abandonar la guerra cultural, sino simplemente invertir sus signos. 

El problema no es que la cultura carezca de importancia. El lenguaje transmite valores y ninguna política cultural es completamente neutral. El problema es el costo de oportunidad. 

Los 19 países examinados por el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial representan aproximadamente el 6,6% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial, pero reciben apenas el 1,12% de la inversión global en IA. En 13 de ellos no se desarrollan habilidades tempranas relacionadas con esta tecnología dentro del currículo educativo y 11 carecen de programas doctorales especializados. 

El FMI, por su parte, proyecta que América Latina y el Caribe crecerán apenas un 2,3% en 2026. Mientras la inversión vinculada a la IA ayuda a sostener a las economías mejor integradas en las cadenas tecnológicas, la mayor parte de la región recibe muy poco de ese impulso. 

Eso no significa que América Latina permanezca completamente inmóvil. Chile, Brasil y Uruguay aparecen como los tres países pioneros del índice regional. Brasil, México, Colombia, Perú, Argentina y Chile concentran la mayor parte del uso latinoamericano de soluciones de IA. Existen investigadores, empresas y políticas nacionales que intentan reducir la distancia. 

América Latina puede convertirse en una gran consumidora de productos diseñados en otros países sin ser por ello protagonista de la transformación tecnológica. Puede incorporar asistentes virtuales, automatizar algunas tareas y digitalizar servicios mientras mantiene intacta su dependencia productiva. 

En ese punto, la carrera por la IA se cruza con la disputa más amplia entre EEUU y China por la influencia en América Latina. 

La concentración global es extraordinaria. Según Naciones Unidas, empresas estadounidenses y chinas dominan buena parte de los servicios de IA. Ambos países concentran alrededor del 60% de las patentes del sector. Un centenar de compañías, principalmente de esas dos potencias, representa cerca del 40% de la inversión empresarial mundial en investigación y desarrollo de IA. 

Esa concentración explica la advertencia de Harari. La disputa no consiste únicamente en qué potencia venderá más tecnología en América Latina. También determinará quién administrará la infraestructura, bajo qué reglas circularán los datos, qué empresas capturarán el valor y qué gobiernos estarán en condiciones de imponer estándares. 

Ningún país latinoamericano tiene por sí solo la escala financiera, tecnológica y de talento necesaria para competir con EEUU o China. Pero la región podría coordinar infraestructura, investigación, formación universitaria, normas y mercados digitales. 

No se trataría de competir frontalmente con las grandes potencias en todos los ámbitos. Se trataría de conservar suficiente capacidad para decidir qué tecnologías se adoptan, con qué condiciones y al servicio de qué modelo de desarrollo. 

La cooperación regional suele emplearse para emitir comunicados, defender gobiernos ideológicamente afines o condenar a sus adversarios. La IA ofrece una prueba bastante más concreta. Coordinar inversiones, universidades, infraestructura y reglas tendría más consecuencias para la soberanía futura que muchas de las declaraciones pronunciadas en nombre de ella. 

Las batallas culturales no son irrelevantes. Pero confundirlas con el principal desafío de nuestro tiempo puede resultar extremadamente costoso. 

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3 comentarios

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El secreto aquí es que el avance de la ideología gramscista en America Latina y su "wokismo" es precisamente la fuerza que impide que las naciones latinoamericanas se inserten en la creación propimente , y en el desarrollo tecnológico del siglo XXI, en vez de continuar contrarrevolucionariamente gravando el ideologizado en el siglo XX, politizado por la izquierda retrógrada y reaccionaia, que predomina hoy cultural y políticamente, cual retranca histórica, en las sociedades de la región, y en buena medida en España, Francia y la mayor parte de la Unión Europea

Parece que nos caracteriza la fragmentación entre nosotros y la subestimación de los desafíos, triste fenómeno que viene de lejos, tal vez de la España de Felipe II.

Profile picture for user Proscopito Arrechabaleta

Difícilmente, la España de Felipe II era el mayor imperio conocido y potencia hegemónica en Europa y América. "Dios es español" se dijo en esa época. La fragmentación comenzó con las guerras "de independencia" estimuladas por Gran Bretaña y dirigidas por las élites criollas en furiosa rapiña todos contra todos para hacerse con sus feudos particulares.