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Política

Castro Superstar o cómo negar ser comunista

En el Club Rotario de La Habana, Fidel Castro simulaba apoyar el Gobierno de corte burgués recién constituido mientras erosionaba la autoridad del presidente Urrutia.

Madrid
Fidel Castro y el entonces presidente Manuel Urrutia, febrero de 1959.
Fidel Castro y el entonces presidente Manuel Urrutia, febrero de 1959. AP

El 14 de enero de 1959, seis días después de su entrada a la capital cubana, Fidel Castro se reunió con el Club Rotario de La Habana para ejecutar una cuidadosa puesta en escena y lograr el apoyo de una de las organizaciones de la gran burguesía cubana con más conexiones internacionales.

Esta vez, a diferencia de la entrevista que diez días antes había concedido a CMQ, el lenguaje sería otro, recuperaría el discurso republicano martiano que, desde el triunfo del día primero, apenas había vuelto a emplear. 

Castro se encontraba en una situación complicada, pues mientras simulaba respetar los acuerdos emanados del Manifiesto de la Sierra y apoyar el Gobierno de corte burgués que acaba de constituirse, había puesto en marcha la maquinaria de la dualidad política con la que se iría erosionando la autoridad del presidente Urrutia y de su gabinete.

En los últimos cuatro días había reaparecido el periódico Hoy, órgano de los comunistas; se había nombrado al comunista Nicolás Guillén "poeta nacional"; Efigenio Ameijeiras, en su condición de jefe nacional de la Policía, había impuesto la necesidad de solicitar una carta de autorización —antecedente de la tristemente recordada carta blanca— para salir del país; se había declarado "indeseable" a la Misión Militar Norteamericana y se había ordenado su expulsión; pero lo más importante era que, en menos de 15 días, se habían producido ya 130 fusilamientos y se encontraban detenidas más de 3.000 personas. 

En este contexto, el encuentro con los rotarios representaba la oportunidad de ganarse el apoyo de una parte importante de las llamadas "clases vivas". Para ello, Fidel Castro inició una apología del pueblo cubano, en la que destacó su nobleza, su calidad humana y su espíritu de sacrificio, para luego explicar su sentido del deber y de la justicia y mostrar cómo este siempre ha sido contrario a los tiranos.

Esta argumentación, en forma de apología, empieza a derivar hacia la identificación entre pueblo y revolución, presentándolos como una misma cosa. En ese punto, Castro presentó al pueblo como entidad superior, cuya excelencia justificaba el proyecto revolucionario y lo guía.  

El objetivo de este gran nodo se revela casi en el centro de la intervención, cuando, después de exponer los ataques que la revolución ya está recibiendo por los fusilamientos, Castro vuelve a la idea que el día 3 de enero había empleado ante los micrófonos de CMQ al afirmar que "todo el pueblo pedía castigo ejemplar". Es decir, el pueblo es la fuente de legitimación de los actos violentos del Gobierno, porque el pueblo es el Gobierno y el pueblo pide "justicia", término que aparece solo como nexo reivindicativo entre pueblo y fusilamientos. 

No hubo en su discurso mención a elecciones ni anuncio de una probable restitución de la Constitución de 1940, por cuyo restablecimiento había declarado, entre 1953 y 1958, que se hacía la lucha. Sin embargo, sí la invocó repetidamente como norma fundamental vigente: "todos los derechos civiles, políticos y humanos que garantiza la Constitución de la República están garantizados por la Revolución".

Por otro lado, afirmó con igual claridad: "Una revolución no se hace con la ley, sino que se hace la revolución y la ley viene detrás de la revolución".

Aunque no lo pareciera a primera vista, ya estaba afirmando lo que luego sería la base del totalitarismo cubano: la Revolución está por encima de todo y es en sí misma fuente de derecho y juez.  

Al mismo tiempo que manipulaba conceptos cívicos tan importantes, introducía el de "opinión pública", al que otorgaba un carácter múltiple y sustitutivo, ya que "es nuestra arma", "hay que defender la opinión pública" y, a la vez, "es una fuerza formidable".

La aparición de esta nueva categoría, llamada a sustituir a otras y a diluir en sí misma incluso el término pueblo, se debe a la intensificación de la presión que ya comenzaba a sentir dentro de las fuerzas revolucionarias, descontentas con las medidas de esos primeros días.  

Por ello reafirmó que la fuerza del Gobierno revolucionario no estaba en las armas, sino en la opinión pública, y que, en consecuencia, se necesitaba prensa libre, periodistas sin censura y apertura informativa. Lo repitió con insistencia: "Aquí no hay censura", "La prensa le conviene al Gobierno honrado porque lo mantiene en contacto con la realidad" y "que venga la prensa del mundo entero". 

El discurso ante el Club Rotario es una performance en el que se evidencia que el vocabulario de Castro no es proactivo, sino reactivo. Los campos semánticos emergen o desaparecen en respuesta a presiones externas, y no como despliegue de un programa previo. No existe una estrategia de acción definida más allá de la voluntad de desmontar totalmente las bases democráticas de la República. 

Para defenderse de esas presiones también rescataba el concepto de libertad, casi ausente en la intervención de CMQ, y lo utilizaba mediante una fórmula repetitiva de tres menciones: "La libertad no admite trabas, la libertad no admite límites, la libertad no admite cortapisas". Ante el arrecio de la campaña en la prensa norteamericana, que presentaba a la Revolución como incivilizada y autoritaria debido a los fusilamientos, su respuesta consistió en reivindicar el léxico liberal al afirmar, de manera concluyente, que no solo "somos libres", sino que "este es el país más libre del mundo".  

Castro invocaba ante los rotarios la libertad como poder defensivo, mientras, en la práctica, justo en ese momento, el Gobierno Provisional se encontraba reunido para aprobar la destitución de la mayoría de los miembros del Tribunal Supremo y su sustitución por hombres más identificados con las ideas del "pueblo". 

Es importante entender que la visita al Club Rotario no fue una mera cortesía y que sus palabras no constituyen un discurso político en el sentido convencional. Fue una operación mediática de gestión de crisis ante una tribuna muy influyente, integrada precisamente por el tipo de público que desearía escucharlo negar su ya comentada posible filiación comunista.

Y él la negó: "no estoy diciendo más que una verdad histórica, y a mí no me van a llamar comunista por eso, porque yo no soy comunista; estoy diciendo la verdad (APLAUSOS). Aquí se han querido poner las cosas que quien no sea un vendido y un incondicional miserable de los norteamericanos, entonces es un comunista (APLAUSOS); pues yo no soy comunista, ni me vendo a los norteamericanos, ni recibo órdenes de los norteamericanos (APLAUSOS). Hacemos aquí en nuestra patria lo mismo que estarían haciendo en este momento Maceo, Máximo Gómez, Martí y todos los que nos dieron nuestra independencia (APLAUSOS)". 

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3 comentarios

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Profile picture for user cubano libre

FC siempre fue un gran Oportunista, utilizó a todos para enraizarse en el poder, ese cuento de “Comunista” fue otra falsedad, nunca lo fue.

Profile picture for user Ana J. Faya

De acuerdo, cubano.
He leído otras cosas de este historiador y son muy buenas, muy serias. Pero en estos artículos me queda la impresión --va y estoy equivocada-- de que el análisis se hace desde lo que se sabe ahora, y además siguiendo etiquetas, que no necesariamente son válidas.

Profile picture for user Balsero

Castro I: un gran actor.