Dentro del corpus discursivo de la revolución cubana hay un texto poco estudiado, a pesar de que revela varias de las técnicas que el régimen emplearía luego para manipular y legitimarse. El Manifiesto número 1 constituye una pieza de análisis interesante, en la que Fidel Castro dedica el 17% del texto a documentar la represión sufrida por su propia voz.
La enumeración de clausuras de diarios, torturas a periodistas y prohibiciones radiofónicas es la justificación del Manifiesto mismo. Esta estructura autorreferencial y, en cierto modo, victimizante (¿un manifiesto clandestino que explica por qué debe ser clandestino?) apuntaba ya, desde agosto de 1955, a una personificación del poder.
Las pistas de la manipulación
Resulta muy interesante observar cómo el Manifiesto despersonaliza a un individuo al convertirlo en el centro de todos los problemas. Esta práctica, que fue desde entonces una de las más importantes herramientas discursivas del régimen, evolucionó luego de 1959 a los conocidos epítetos de "escorias", "gusanos", etc., que serían aplicados a los opositores al sistema. Psicológicamente deshumanizar a tu rival justifica, a nivel de conciencia, el empleo de todo tipo de métodos para lograr prevalecer.
Irónicamente, este proceso comienza con la personalización del adversario, lo cual busca generar un efecto de simpatía por antagonismo, al concentrar la responsabilidad política en un sujeto individual. Fulgencio Batista como único obstáculo; Batista como quien recurrió a la violencia, amparando y protegiendo a los esbirros; y él —solo él— había provocado la situación contra la cual Castro se rebelaba.
Tal personificación del mal en un solo hombre es un recurso de fuerte calado literario —y ya entonces cinematográfico—. Es una nueva apelación a la épica de la Revolución del 30 y a la idea del héroe que Fidel ya había expresado en marzo de 1952 en su artículo "¡Revolución no, zarpazo!": "Cubanos: Hay tirano otra vez, pero habrá otra vez Mellas, Trejos y Guiteras”.
A través de la personalización del mal se logra deshumanizar al culpable y convertirlo en una condición y objeto político a superar. A partir de esa lógica no resulta casual que las menciones a Batista se concentren en los segmentos dos y tres del Manifiesto, justo después del inicio en que se apela a Martí y Maceo y antes de pasar a los puntos que conforman el programa del movimiento.
En contraste, se mantiene el recurso de invocar a Martí con una función legitimadora. El término Martí tiene siete concurrencias, la misma frecuencia que "Estado", "obreros" y "tiranía", lo cual lo revela como un nodo de legitimación de mensajes.
El Manifiesto emplea con insistencia los términos "revolución" y "pueblo", hasta convertirlos en sinónimos del propio movimiento. O sea, el movimiento es el pueblo, el pueblo es la revolución, por lo tanto el movimiento es la revolución.
Para lograr esa traslación de conceptos en el Manifiesto comienzan por presentarse como "movimiento revolucionario", no como "partido revolucionario", o "vanguardia revolucionaria", como sucedería años después.
La elección léxica de "movimiento" persigue crear en el subconsciente del lector un distanciamiento de los partidos tradicionales —como el Auténtico— y posicionarse así como el frente amplio del pueblo.
Una vez sembrada esta imagen, la "revolución" pasa a convertirse en un ente con voluntad propia, independiente y abstracto. Esta característica, que sería luego un arma del sistema, enmascara el peligro de esta despersonalización en el uso repetitivo de metáforas heroicas, interrelacionadas con términos de larga data en las luchas sociales republicanas. Para ello usan frases como: "realizará todas las reformas", "castigará… los actos de violencia", "no hace compromiso" "Revolución justiciera que repartirá la tierra".
Interesante resultan entonces las 27 menciones de "pueblo", las cuales están marcadas por la evolución discursiva en el empleo del término, el cual evoluciona de una primera parte del documento donde asume función de objeto y víctima de disímiles males, a una segunda parte en la cual pasa a ser el elemento activo y verdadero sujeto del Movimiento 26 de Julio y su revolución: "revolución de pueblo, con sangre de pueblo y sudor de pueblo". O sea, pasa de movimiento político, a sacrificio corporal, a trabajo físico, para así marcar el proceso de homogeneización.
El cierre del texto apela a una retórica de sacrificio, cuasi religiosa, del revolucionario puro al afirmar: "al adoptar de nuevo la línea del sacrificio asumimos ante la historia la responsabilidad de nuestros actos. Y al hacer nuestra profesión de fe en un mundo más feliz para el pueblo cubano…"
Aunque el vocabulario es laico, la estructura corresponde a quien se compromete ante una entidad trascendente —el pueblo—, que sin notarlo ya no es tangible, sino ideal. El lector cree entonces que se habla ante el pueblo cubano, cuando en realidad se hace ante un destinatario abstracto e incorpóreo. Era ese final otro aviso de que el líder mesiánico no rendiría cuentas ante los electores, sino ante la Historia.
Recuerdo trabajos sobre el uso del término "pueblo" en los documentos de Fidel Castro de antes del 59 y de después. Esa simbiosis que el autor ve de pueblo y revolución era ya tema en la historiografía oficial. Yo, no sé si Batista era una "encarnación del mal", porque para mí fue simplemente un militar con ínfulas de poder que rompió la frágil democracia del 52. Lo del "mal" y el "bien" prefiero dejárselo a la filosofía y a la moral, disciplinas demasiado subjetivas para mí. Bajo el régimen que Batista impuso, parte de la oposición se tenía que mover clandestinamente, no hay misterio en eso. Por demás, siempre he encontrado riesgoso analizar desde el presente los documentos del pasado. Para mí, el contexto, las circunstancias políticas y sociales en que se producen es lo importante.