Algunos documentos políticos operan con un efecto de retorsión, escritos para legitimar un poder, acaban volviéndose contra él al pasar el tiempo. La Historia me absolverá es hoy, en la Cuba del siglo XXI, uno de esos textos. El régimen lo incorporó al sistema educativo como fundamento ideológico y pilar teórico de la revolución de enero de 1959. Para que cumpliera su función de adoctrinamiento, debía ser leído; para ser leído, debía estar disponible; para estar disponible, debía conservarse intacto. Y sobrevivió. Ese es el problema.
La degradación ideológica del Gobierno actual, reflejada en la pérdida de su antigua capacidad para manipular el discurso, ha generado una situación paradójica: las ideas proclamadas en aquel alegato son hoy, en la Cuba contemporánea, profundamente disidentes.
La maquinaria de la manipulación
En el ámbito de análisis del discurso, la retorsión designa el proceso por el cual un argumento termina volviéndose contra quien lo formuló. En este caso, ese efecto actúa de manera diferida: las acusaciones que Fidel Castro dirigió en 1953 contra el régimen de Fulgencio Batista —juicios secretos, presos políticos, censura, ausencia de garantías, represión— describen con exactitud el sistema que él mismo instauró años después.
Al leerse el texto se distinguen cuatro fases discursivas. Primera: la victimización jurídica, centrada en las irregularidades del proceso. Segunda: la denuncia moral, que opone la condición humana de los acusados a la amoralidad e inhumanidad de los gobernantes. Tercera: la legitimación histórica, donde las citas de la historia universal presentan a los asaltantes como herederos de una tradición de justicia —este rasgo de historicismo discursivo se instauró luego como un sello del régimen—. Por último, la fase de exposición del programa y la autoabsolución, expresada en el mismo tono retórico e historicista.
El cubano que hoy lea el texto fundacional de la revolución y, después, la Constitución vigente, encuentra la misma estructura política que Fidel Castro condenó en Fulgencio Batista y que utilizó como justificación para la rebelión. Esta es un poder único que concentra en sí los poderes del Estado, contra el cual era entonces legítimo levantarse. Al respecto afirmó: "Nosotros hemos promovido rebelión contra un poder único, ilegítimo, que ha usurpado y reunido en uno solo los Poderes Legislativo y Ejecutivo de la nación, destruyendo todo el sistema que precisamente trataba de proteger…"
La Constitución cubana de 2019 consagra al Partido Comunista como "fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado" (Artículo 5). En consecuencia, el Consejo de Estado, el Consejo de Ministros y la Asamblea Nacional funcionan bajo una misma estructura de poder verticalmente subordinada.
En las fases siguientes de La Historia me absolverá, Castro desarrolla un recorrido histórico y filosófico que busca legitimar la rebelión, situándose dentro de las tradiciones universales de justicia. Entre sus referencias figuran afirmaciones como: "Cuando el Gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para este el más sagrado de los derechos y el más imperioso de los deberes", "Cuando una persona se apodera de la soberanía debe ser condenada a muerte por los hombres libres" o "El derecho de insurrección frente a la tiranía es uno de esos principios que, esté o no esté incluido dentro de la Constitución jurídica, tiene siempre plena vigencia en una sociedad democrática".
El Artículo 5 de la actual Constitución establece que los ciudadanos tienen el deber de defender el sistema socialista y están facultados para combatir cualquier intento de derribarlo. El 11 de julio (11J), el presidente Miguel Díaz-Canel dio la conocida orden de combate. El discurso oficial, en sus continuos malabares ideológicos para conservar el poder, partió de convocar a la insurrección contra todo gobierno usurpador de la soberanía, para criminalizar luego esa misma insurrección.
En la cuarta fase del texto, tras exponer argumentos históricos, legales y filosóficos, Fidel entra en la autoabsolución histórica: "Si todo esto he referido es para que se me diga si tal situación puede llamarse revolución engendradora de derecho; si es o no lícito luchar contra ella; si no han de estar muy prostituidos los tribunales de la República para enviar a la cárcel a los ciudadanos que quieren librar a su patria de tanta infamia". Hoy, más de 2.000 presos políticos en Cuba prueban que los papeles se han invertido: son ellos quienes actúan como tiranos.
Las cinco leyes revolucionarias, presentadas durante décadas como el programa de la revolución, incluyen compromisos que el régimen actual incumple. La segunda prometía "propiedad inembargable e intransferible de la tierra" para quienes la trabajaran, con indemnización a los antiguos propietarios. Sin embargo, la agricultura cubana opera hoy bajo un régimen de usufructo estatal: el campesino no tiene propiedad ni puede transferirla, y el Estado puede recuperarla cuando lo desee. La indemnización prometida a los antiguos propietarios expropiados jamás ocurrió.
La tercera ley revolucionaria disponía que los obreros participarían en el 30?% de las utilidades de las grandes empresas industriales y mercantiles. La realidad es que todas son estatales y sus trabajadores no reciben esos beneficios.
La cuarta ley otorgaba a los colonos azucareros "el derecho a participar del 55?% del rendimiento de la caña". Sin embargo, la industria azucarera fue nacionalizada por completo y desapareció toda posibilidad de participación obrera en las ganancias.
El programa económico de La Historia me absolverá describe un modelo de propiedad privada supervisada, cuyo reclamo o simple intento de materialización constituyó por décadas delito.
Después de 1959 nunca un ciudadano cubano ha podido salir a la calle con un cartel que dijera: "La resistencia adecuada para la protección de los derechos individuales es legítima" o "Cuando el Gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es el más sagrado de los deberes", sin ser considerado disidente y terminar en la cárcel.
La Historia, en efecto, absuelve. Pero no siempre a quien la invoca. La maquinaria de la manipulación termina así generando su propia retorsión: el alegato justificativo se convierte, con el tiempo, en acusación.
Asi es el socialismo empobrecedor y represivo.
En Animal Farm de George Orwell, los puercos van modificando sus mandamientos originales a medida que pasa el tiempo, ajustándolos según sus propias necesidades e intereses. Estos cambios se presentan de manera gradual, pero los preceptos que parecian sagrados, terminan siendo diferentes e irreconocibles a los que establecieron al principio y definian su ideario.
Abrumadoramente obvio: Hoy hay más contrastes sociales, discriminaciones, desigualdades económicas que en 1953. La paradoja busca mambises, pero el miedo conformista se traga la lucha.
Los mambises están en el Ño qué barato de Jayalía.