Poco a poco se recupera el inmueble del antiguo Convento de Santa Clara, una edificación que durante casi 300 años fue la residencia de las monjas clarisas, y durante otros 100 años, sede de instituciones públicas. Con breves periodos de cierre en su larga vida, su uso intensivo ha dejado huella de las soluciones constructivas empleadas a lo largo de la Colonia e incluso de la República, sin desfigurar la esencia de los primeros tiempos, por lo que es un tesoro arquitectónico singular, de gran valor cultural para la sociedad habanera, a la que queda indefectiblemente asociada la historia capitalina.
Inaugurado en 1644 como Convento del Santísimo Sacramento de las Religiosas de Santa Clara de Asís, fue el primer hogar religioso para mujeres que se edificó en La Habana. Conocido simplemente como Santa Clara, su fundación respondió a los reclamos que desde 1603 se hacían al Cabildo y a la Corona por lo peligroso que resultaba el excedente de mujeres que, debido al crecimiento poblacional, quedaban sin marido oportuno y requerían de un espacio "donde entrasen a servir a Dios".
De este modo, el Convento de Santa Clara vino a solucionar uno de los primeros conflictos sociales de la primitiva Habana, acorde a las costumbres y razones de la época. Así, entre 1638 y 1644, con dinero donado por los vecinos, se construyeron la iglesia sin torre y el primer claustro, que son los espacios restaurados hoy.
El templo y su torre de finales del XVII, son un ejemplo de la sencillez de las primeras iglesias construidas en la ciudad, con una sola nave dispuesta lateral a la plaza o plazuela correspondiente, sólidos muros de tapia o mampuesto y techo de armadura de madera. Otras contemporáneas fueron modernizadas en los siglos siguientes como la Iglesia de San Francisco de Asís (1579), reconvertida en el XVIII como templo barroco con la torre más alta de la ciudad, y la Iglesia del Santo Ángel Custodio (1690), reconstruida a partir de 1871 como templo neogótico. Asimismo, las iglesias de Santo Domingo y Santa Catalina de Siena fueron demolidas, quedando solo del prebarroco, las de Santa Clara y del Espíritu Santo (1638).
Además de los cambios visibles en los muros que con posterioridad se implementaron a esta iglesia, con la apertura y rediseño de sus vanos, las exploraciones arqueológicas demostraron que también cambió de orientación. Originalmente, era sur-norte, y luego norte-sur, razón por la cual su cripta está situada bajo el coro y no del presbiterio.
El Convento de Santa Clara fue lugar de enterramiento hasta inicios del siglo XX. Tanto en su cripta como en su cementerio de la huerta descansan muchos habaneros. Por citar algunos reseñables, valdría empezar por el maestro carpintero y escultor Juan de Salas y Argüello, autor del artesonado de la iglesia y del retablo del altar mayor, enterrado en la cripta en 1649. Durante el ataque de los ingleses a La Habana el convento sirvió como hospital, por lo que allí fueron enterrados los fallecidos durante la contienda. Así mismo funcionó durante la reconcentración de Weyler, episodio al que están asociados los restos de los 103 niños enterrados en su cementerio.
El convento también puede analizarse como una gran casa, el hogar de una comunidad femenina que fue creciendo y requiriendo más espacio y adecuaciones para desarrollar la vida en clausura. El terreno elegido había sido el del antiguo matadero, ya conectado con la Zanja Real. En 1751, al patio del primer claustro se le construyó un gran aljibe con una fuente, que tenía un mecanismo de regulación de entrada y salida del agua a través de muescas en las que se deslizaban pequeñas compuertas de madera. Conectados por canales estaban una serie pocetas para baños y lavaderos.
Antes de terminar el siglo XVII, el Convento de Santa Clara tenía un segundo claustro cuya fábrica ilustra la progresiva expansión del edificio financiada por las familias de las novicias. Tanto la Casa del Marino, construcción precedente que quedó abrazada por el segundo claustro, como la irregularidad de las habitaciones que articulan las galerías, aseguran que no fue planificado previamente, respondiendo a las necesidades y capacidades de distintos momentos y fortunas.
Para el siglo XVIII el convento contaba con tres claustros, jardín, huerta, cementerio, e incluso había modernizado su primer patio con una arcada de piedra en planta baja. En el siglo XIX dio un maquillaje neoclásico a la fachada de la iglesia, cambiando el diseño de las puertas y ocultando el techo inclinado tras un pretil de mampostería. El cañón de la esquina que le sirve de guardacantón, se dice era punto de encuentro para el habanero.
Como todas las casas, el Convento de Santa Clara fue adaptándose al usuario y guardando múltiples historias, como la huida de la condesa de Merlín, que había vivido entre sus muros año y medio. Cuando La Habana moderna comenzó a ganar altura e invadir la preciada privacidad de las religiosas, vendieron el convento a una inmobiliaria, quien dos años después lo revendió por mucho más dinero al Estado.
Entonces un grupo de intelectuales reclamó y firmó un manifiesto (que cien años después se ajusta a los actuales fraudes inmobiliarios, entre otros), donde solicitaban "el apoyo y la adhesión de todo el que, sintiéndose indignado contra los que maltratan la República, piense con nosotros y estime que es llegada la hora de reaccionar vigorosamente y de castigar de alguna manera a los gobernantes delincuentes".
Tras el rocambolesco traspaso de la propiedad y de una serie de obras, se acondicionó el complejo conventual a edificio de oficinas y almacenes, y se reinauguró en 1925 como sede de la Secretaría de Obras Públicas. Testigo evidente es el acceso de la calle Sol, donde figura el nombre de la institución bajo dos rejas abalaustradas incorporadas junto con otros elementos neocoloniales al diseño del inmueble. Desde entonces y hasta 1959, este edificio dirigió las políticas de construcción del país, fue el despacho de grandes arquitectos e ingenieros civiles cubanos, y archivo documental de la etapa más floreciente de la construcción en Cuba.
Después de 1959, perteneció a otros ministerios como el de Bienestar Social y el de Cultura, hasta la década de 1980 en que fue objeto de una importante reforma para acoger el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), institución medular en el trabajo con el patrimonio cubano hasta 2012. Entonces el edificio fue objeto de una restauración capital que preservó todos sus espacios salvo el tercer claustro, inconsecuentemente demolido en 1959.
La intensa vida del Convento de Santa Clara llena de sorpresas el actual proceso de rehabilitación. Estructuras soterradas con botijas para controlar las humedades muestran prácticas de la ciudad antigua, mientras piedras litográficas enterradas como relleno marcan el tránsito hacia la modernidad, contrastes que solo un edificio como este es capaz de ofrecer por su larga trayectoria y usos. Un edificio que como pocos tuvo un impacto en el entorno y la sociedad. Una joya patrimonial que si conseguimos preservar íntegramente seguirá siendo inagotable.
No es allí donde Reinaldo Arenas fabula un escape en globo en su Antes de que anochezca? Y de donde salían las maderas preciosas que un vecino vendía?
Correcto, ya comenté sobre eso en el artículo previo.
Arenas cuenta que el vecino había cavado un túnel desde su cuarto hasta el convento con… !un machete! Y, además de maderas preciosas, se aprovechó de una cisterna que existía en el lugar: la presidenta del CDR no entendía cómo si nadie tenía agua en el edifico (solar?), ese tipo la vendía por latas ! Fuera de liga Arenas!
La Cuba de Reinaldo Arenas era completamente distinta a la mía. “Antes que anochezca” a mi sorprendió. Esa historia del convento es increíble.
El personaje es Clara Mortera, en la vida real Clara Morera, artista en algún lugar de los EEUU.