Unos días antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial con el ataque alemán a Polonia, se firmó en secreto el tratado de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión soviética, conocido como el Pacto Molotov-Ribbentrop, que garantizaba a ambas naciones una esfera de influencia sobre aquellas naciones que se encontraban en las cercanías de sus fronteras.
Los nazis afianzaban así su poder sobre el oeste de Polonia y Lituania, mientras que los soviéticos lo hacían sobre el sector oriental de Polonia, las restantes repúblicas bálticas y parte de Finlandia.
Cuando la Alemania hitleriana se lanzó contra Polonia el 1 de septiembre de 1939, los soviéticos completaron el desmembramiento de esa nación al ocupar el oriente polaco, y luego contemplaron sin inmutarse cómo los nazis invadían a otros países de la Europa occidental.
No sería hasta 1941, cuando los nazis convirtieron en letra muerta el Tratado Molotov-Ribbentrop y atacaron a la Unión Soviética, que Moscú entraría en acción contra los ejércitos de Hitler. Comenzaba así la contienda que la propaganda del Kremlin llamaría Gran Guerra Patria. Es decir, la lucha de los soviéticos por evitar que Alemania conquistara su territorio.
Conviene advertir que tal calificativo no solo fue empleado por la historiografía soviética, sino que fue adoptado también por los aliados de Moscú, entre ellos el castrismo y las restantes repúblicas que los soviéticos incorporaron a su territorio al término de la conflagración mundial. En consecuencia, muchas estatuas y monumentos se levantaron en Ucrania, las repúblicas bálticas, Polonia y otras naciones de Europa oriental como homenaje a los soldados soviéticos que, más allá de la defensa de su país, habrían muerto por las banderas del socialismo.
Y comoquiera que los soviéticos resultaron vencedores en el conflicto (claro que con el apoyo del frente que los aliados abrieron en Europa occidental), sus tropas actuaron como un ejército de ocupación tras izar la bandera de la hoz y el martillo en pleno Berlín. Se anexaron Ucrania, las repúblicas bálticas, Bielorrusia y otras naciones, además de imponer gobiernos pro Moscú en la mayoría de las naciones de Europa oriental. Después, actuando como auténtica metrópoli, aplastaron sin piedad los intentos de independencia surgidos en Hungría (1956) y en la Primavera de Praga (1968).
Sin embargo, con la desaparición de la Unión Soviética y el derrumbe del socialismo real en Europa, comenzó a abrirse paso una nueva visión de la historia reciente, entre ella la correspondiente a la Segunda Guerra Mundial. Empezó a cuestionarse el calificativo de Gran Guerra Patria. La conflagración entre nazis y soviéticos sería vista como un enfrentamiento entre dos tipos de totalitarismos que pugnaron por conquistar Europa. Las estatuas de antaño se derribaron, y la inmensa mayoría de las naciones que estaban sometidas al poder de Moscú recobraron su independencia.
Ahora el discurso del Kremlin califica ese punto de vista como un intento de reescribir la historia, tal y como lo ha expresado el embajador de Rusia en Cuba, en los actos celebrados en La Habana con motivo del octogésimo aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania nazi.
El heredero de los Castro, Miguel Díaz-Canel, ha viajado a Moscú para estar junto a Putin en los festejos. El castrismo, por supuesto, continúa refiriéndose a la victoria en la Gran Guerra Patria. Pero para el grueso de la comunidad internacional no fue más que el triunfo de un tipo de totalitarismo, el comunista.
Un totalitarismo que hoy, lamentablemente, más que con ribetes ideológicos, se alza como una amenaza geopolítica contra los valores democráticos de Occidente.
Y Brunilda parece que se ha encogido ... parece un minime de Xing Jao ...
Bruno es el blanquito del batey por el trabajo para él es su enemigo. Bruno, so vago, ponte a trabajar.