El lema de la 81 Asamblea General de Naciones Unidas no podría describir mejor el momento latinoamericano: "Restaurar la confianza y gestionar la transformación". Una región que necesita ambas cosas llegó a Nueva York hablando lenguajes enfrentados. Sin embargo, bajo esa fractura ideológica apareció otra más reveladora: la de los silencios. En ellos está el retrato más honesto de América Latina en 2026.
Como establece una tradición consolidada desde mediados del siglo XX, Luiz Inácio Lula da Silva fue el primer jefe de Estado en intervenir. Llegó con agenda propia. En la víspera, había presentado junto con Mark Carney, William Ruto y António Costa la iniciativa Socios por el Multilateralismo, una respuesta al proteccionismo y a la creciente política de bloques.
En la tribuna, Lula afirmó que la ONU "fracasa en liberar a la humanidad del flagelo de la guerra" y reclamó una reforma del Consejo de Seguridad. Sin nombrar al presidente de EEUU, Donald Trump, confrontó su visión del orden internacional.
Pero Lula habló a doce días de las elecciones brasileñas del 4 de octubre y en medio de una campaña muy reñida con Flávio Bolsonaro. Su defensa del multilateralismo fue una posición de política exterior, pero también un mensaje electoral. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
El presidente argentino, Javier Milei, tomó un rumbo diferente. Dedicó 655 palabras —el 22% de su discurso— a las Islas Malvinas. En 2024 había empleado apenas 30. El cambio se produjo semanas después de que Trump sugiriera que Washington podría revisar su posición sobre la disputa.
Además, Milei calificó a la ONU de "organización inútil" que alimenta "una casta de parásitos fatalmente arrogantes, disfrazados de burócratas bien intencionados".
Pese a sus diferencias, Lula y Milei coincidieron en algo: la ONU no está funcionando. El primero la critica para reformarla; el segundo, para aplicarle la motosierra. Esa coincidencia no elimina las diferencias, pero revela el deterioro de la institución. Cuando el multilateralismo que defiende Lula y el unilateralismo que encarna Trump comparten la percepción de que el árbitro ha perdido autoridad, el problema del árbitro es real.
Otros gobiernos optaron por la cautela. Keiko Fujimori, con apenas dos meses en la Presidencia peruana y una victoria electoral de menos de 50.000 votos, llamó a "integrarnos en temas comunes incluso con nuestras diferencias". Evitó pronunciarse sobre China, Venezuela, Cuba o Trump. La prudencia es comprensible para un Gobierno que necesita legitimidad e inversión. Pero en una semana en la que casi todos buscaron posicionarse, la ausencia de posición también fue una posición.
México bajó aún más el perfil. Claudia Sheinbaum no viajó a Nueva York y dejó la representación en manos de su canciller, Roberto Velasco. Desde Ciudad de México respondió a Trump con una ironía medida: México también podría quejarse de vivir junto a un país con alto consumo de drogas y elevada producción de armas. Acto seguido, destacó la buena relación bilateral. La soberanía se defiende en el discurso; en la práctica, se administra.
Sin embargo, el momento que mejor resumió la semana fue el protagonizado por Delcy Rodríguez. La presidenta encargada de Venezuela subió al estrado por primera vez desde 2019 y agradeció a Trump su disposición a retomar las relaciones diplomáticas y la cooperación.
Rodríguez gobierna desde que las fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro el 3 de enero. En Nueva York prometió que "en Venezuela habrá elecciones", pero no dijo cuándo. Tampoco mencionó a Maduro ni la operación militar que lo sacó del poder.
La escena encerraba toda la paradoja regional: la antigua vicepresidenta de Maduro agradecía al mandatario que había ordenado su captura. El gesto le costó algo dentro del chavismo, pero le permitió ganar espacio en la negociación con Washington. La soberanía venezolana quedó subordinada a la supervivencia institucional del Gobierno que Rodríguez encabeza.
La Asamblea también dejó un mapa regional dividido. Un bloque defensor del multilateralismo —con Brasil, Uruguay y, de manera más cautelosa, México— denuncia el unilateralismo estadounidense, pero evita examinar con igual rigor a Cuba y Nicaragua o la creciente influencia china.
El bloque alineado con Washington —Milei, Kast, Noboa, Fujimori, De la Espriella y Bukele— invoca la soberanía para hablar de seguridad, crimen organizado y dignidad nacional. Critica a Cuba, Venezuela y Nicaragua, pero guarda silencio ante los condicionamientos de Washington y ante una dependencia de China que sus economías tampoco pueden permitirse abandonar.
Venezuela, entretanto, no pertenece plenamente a ninguno de los dos bloques. Negocia su supervivencia entre ambos, promete lo que cada uno quiere escuchar y calla lo que ninguno desea discutir.
Un mismo concepto, diversas interpretaciones que solo buscan endulzar los oídos de audiencias internas y externas.
El lema de la Asamblea pedía restaurar la confianza. En América Latina, eso exigiría empezar por cerrar la brecha entre lo que los gobiernos dicen ante la ONU y lo que hacen al regresar a casa. Esta semana, esa brecha quedó más expuesta que nunca.