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Brasil

Lula, Bolsonaro y la trampa del oficialismo

'Más que a una elección entre dos candidatos, Brasil parece encaminarse hacia una disputa entre dos balances de Gobierno y, quizás más importante todavía, dos cansancios'.

Madrid
Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro.
Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro. LulaOficial/Flávio Bolsonaro/X

Arrancó la campaña presidencial en Brasil de cara a las elecciones del próximo 4 de octubre, y lo paradójico es que se presenta un escenario para muchos inesperado. Luiz Inácio Lula da Silva tiene resultados concretos para mostrar, pero no consigue que esos resultados se traduzcan en entusiasmo electoral. Flávio Bolsonaro, por su parte, tiene mucho menos para exhibir como trayectoria propia, pero carga con un apellido que continúa movilizando a una parte enorme del país.

Las últimas encuestas muestran precisamente eso. Lula conserva una ventaja en primera vuelta, pero en un eventual balotaje la distancia se reduce hasta prácticamente desaparecer. Más que a una elección entre dos candidatos, Brasil parece encaminarse hacia una disputa entre dos balances de Gobierno y, quizás más importante todavía, dos cansancios.

Lula puede reivindicar una economía que creció con fuerza durante sus primeros años de mandato, un desempleo cercano a mínimos históricos, la reducción de la pobreza y el hambre y una caída significativa de la deforestación amazónica. Brasil recuperó además buena parte de la presencia internacional que había perdido y volvió a ocupar un lugar central en las discusiones regionales y globales, otra discusión es de qué lado de la historia.

Pero la otra mitad de la fotografía es menos favorable. El crecimiento se está desacelerando, el crédito sigue siendo extremadamente caro, la deuda pública aumenta y el endeudamiento de las familias alcanzó niveles récord. Los indicadores macroeconómicos dicen que Brasil está mejor que hace algunos años, pero una parte importante de los brasileños no lo siente así. Y en política la percepción suele importar tanto como la estadística.

Frente a Lula aparece un candidato, Flávio Bolsonaro, que no construyó un liderazgo presidencial desde cero: heredó el movimiento político de su padre. Jair Bolsonaro, inhabilitado electoralmente y condenado por el intento de revertir el resultado de las elecciones de 2022, lo convirtió en su sucesor.

Flávio recibe de esa herencia una base electoral extraordinariamente fiel y algunos activos del Gobierno anterior que la derecha todavía reivindica: reformas económicas, privatizaciones, autonomía del Banco Central y una agenda conservadora particularmente eficaz en materia de seguridad. Su programa profundiza esa orientación: reducción del tamaño del Estado, nuevo control del gasto, más privatizaciones, endurecimiento penal y límites al poder del Supremo Tribunal Federal.

Pero también recibe los pasivos. La gestión de la pandemia, el deterioro ambiental de aquellos años, la confrontación permanente con las instituciones y, sobre todo, el intento de desconocer la derrota electoral forman parte inevitable del apellido Bolsonaro. Flávio necesita presentarse como continuidad sin parecer una repetición exacta de su padre. No es una tarea sencilla.

Y esto puede verse en un aspecto de su propuesta. Al mismo tiempo que promete reducir ministerios y ajustar el gasto, Flávio se compromete a preservar los programas sociales existentes. Es, en cierta forma, una victoria cultural del lulismo: incluso el candidato de la derecha bolsonarista admite que buena parte de la red de protección social construida durante las últimas décadas ya no puede simplemente desmontarse.

Además, la elección brasileña puede leerse, naturalmente, como otro capítulo del giro a la derecha que atraviesa América Latina. Pero quizás haya algo más profundo.

Hace unas semanas escribía en estas páginas sobre la creciente importancia del voto castigo en la región. Los electores latinoamericanos parecen cada vez menos dispuestos a renovar el crédito de quienes gobiernan. No necesariamente porque hayan encontrado alternativas mejores, sino porque el oficialismo se ha convertido en el responsable inmediato de cualquier frustración económica, social o política.

Brasil puede convertirse en el próximo gran ejemplo de esa tendencia. Lula tiene además un inconveniente imposible de ocultar: tiene 80 años y lleva más de cuatro décadas ocupando el centro de la política brasileña. Su experiencia sigue siendo uno de sus principales activos, pero en una región cansada de quienes gobiernan, también puede convertirlo en símbolo de permanencia. El hombre que durante años representó el cambio corre ahora el riesgo de representar la continuidad.

Y quizás allí esté la cuestión más interesante de estas elecciones. América Latina viene demostrando que sus votantes tienen bastante claro a quién quieren sacar del poder. Mucho menos evidente es que sepan qué quieren poner en su lugar. La frustración alcanza para derrotar gobiernos, pero no necesariamente para construir mayorías duraderas ni proyectos reconocibles. Brasil puede ser el próximo en comprobarlo.

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3 comentarios

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Profile picture for user Plutarco Cuero

DDC nos vende a Lula ... pero sin USAID parece que la música es fúnebre ...

https://x.com/Geiger_Capita…

Profile picture for user NARCO

Dos cansancios? Creo que el único cansado es el articulista. ¿Cómo van a estar cansados los brasileños de la mejor economía que han tenido en 4 décadas bajo Bolsonaro? Cansados estamos todos del mafioso de Moraes, de los 950 millones regalados a los Castro por Lula para la Zona de Desarrolo Mariel, cansados de la cuña maligna de los BRICS, de sus políticas mafiosas en campo internacional. Bolsonaro es lo nuevo y fresco.

Profile picture for user Rodolfo J de la Fuente

La izquierda tiene una rara patologia que la llava a la mierd@. Y no es por la rima consonante, sino por la disonancia de preferir delincuentes y/o gentuza sin respeto a la ley, narcistas ególatras de manual. Mira al narcotraficante liberticida y empobrecedor Fidel Castro, caso único fuera de libros de siquiatria, pues no existe en los anales del tema clasificacion para un delincuente y estafador de esa catadura. Mira a Pedro Sanchez en España, Evo Molares, ejemplo de cretinismo como desvalor añadido. Mira al narco presidente Lopez Obrador, y la naco totem precolombina azteca que le sucedio,....y el inefable Lula, con su sombrerito de playboy ahora, delincuente que salió de la carceL NO porque fuera inocente, no, sino por un tecnicismo dictado por un magistrado que, presuntamente, habrá ensanchado sus bolsillos politicos y los reales de su pantalon con ese fallo, que de verdad fue un fallo.. Nada, cosas veredes, Sancho