Un Perú exhausto con una crisis crónica de gobernabilidad, acude a las urnas este domingo para elegir a quien pasará a ser su noveno jefe de Estado en una década. Más de 27,3 millones de electores están habilitados en el padrón electoral más numeroso de la historia reciente para decidir entre dos polos opuestos: la conservadora Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, y el izquierdista Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú.
De acuerdo con encuestas recientes, puestos a escoger entre las opciones de Fujimori y Sánchez, casi un tercio de los votantes dejará en blanco la papeleta o la anulara en señal de disconformidad, síntoma del malestar social que rodea al país andino, cuyos poderes públicos en la última década han reunido niveles de rechazo por encima del 90% de la población, tras reiterados casos de corrupción y abuso de poder de la clase política.
Este balotaje llega tras una primera ronda accidentada, ya que por fallas técnicas las votaciones debieron extenderse un día más que el 12 de abril en diversas mesas de votación. Hace dos meses, ningún candidato superó el 20% de los votos válidos. Fujimori, con el apellido político más conocido del país, obtuvo el 17,18% y un poco conocido Sánchez el 12,03%.
El panorama previo al balotaje apunta, según las encuestas más recientes, a un escenario favorable para Fujimori, quien podría coronar finalmente su ascenso al poder tras tres derrotas consecutivas en segunda vuelta (2011, 2016 y 2021). Sondeos de Ipsos (29-30 de mayo) y Datum Internacional (26-30 de mayo) la colocan con una ventaja estrecha pero consistente, ligeramente superior al 3% frente a Sánchez, quien ha hecho su campaña basada en la reivindicación de Pedro Castillo, el presidente izquierdista electo en 2021 y detenido en la actualidad, mientras es juzgado, tras intentan disolver el Congreso.
Observadores sostienen que se aplica la lógica del “mal menor” para favorecer a la hija del expresidente Alberto Fujimori, condenado por violaciones a derechos humanos y abuso de poder y quien pasó los años finales de su vida privado de libertad.
En un país que arrastra una crisis crónica de gobernabilidad, delincuencia y desconfianza institucional, la elección de este domingo parece definirse no sólo entre dos candidatos sino entre dos herencias políticas. Keiko Fujimori, de 51 años, representa la vuelta al fujimorismo: el modelo de orden y mano dura que su padre implantó entre 1990 y 2000. Alberto Fujimori es recordado por derrotar a Sendero Luminoso, estabilizar la economía hiperinflacionaria y modernizar el Estado, pero también por autoritarismo, corrupción y violaciones a los derechos humanos que le valieron una condena.
Keiko Fujimori ha construido Fuerza Popular como una maquinaria electoral disciplinada. En sus tres intentos anteriores llegó siempre a la segunda vuelta, pero perdió ante Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Pedro Castillo. Esta vez, analistas coinciden en que su rechazo ha bajado: de casi el 60% antes de la primera ronda a alrededor del 40% en mayo, según Ipsos.
Del otro lado está Roberto Sánchez, congresista y exministro de Comercio y Turismo durante el efímero gobierno de Pedro Castillo (2021-2022). Castillo, pese a estar en prisión, simboliza para muchos el descontento rural y popular. Sánchez ha moderado su discurso radical de la primera vuelta —donde hablaba de una nueva Constitución y mayor intervención estatal— para atraer al centro urbano. Promete inclusión social, reconocimiento de pueblos originarios y un Estado más presente, pero sin los excesos de su referente.
Desde 2016 Perú ha tenido ocho jefes de Estado. Ninguno ha completado su mandato completo sin crisis. La inestabilidad política se ha traducido en parálisis legislativa, fugas de inversión y un aumento de la delincuencia organizada, la minería ilegal y la extorsión que azotan barrios y provincias.
En el debate presidencial del pasado 1 de junio, transmitido por todos los canales de televisión, quedaron claras las diferencias entre los dos aspirantes en este balotaje.
Fujimori centró su mensaje en "Perú con Orden", su plan de gobierno 2026-2031. Propone inversión privada masiva, alianzas público-privadas, mano dura contra el crimen (incluyendo comandos mixtos con Fuerzas Armadas y Policía) y revisión de leyes que, según ella, favorecen al delito. En materia exterior, defiende una alineación pragmática con EEUU y China, priorizando intereses nacionales y atrayendo capital extranjero para reactivar la economía.
Sánchez, en cambio, ha ajustado su programa a última hora para sonar menos ideológico en sus posiciones de izquierda. Habla de una economía que supere el extractivismo, mayor redistribución del canon minero y una nueva Constitución elaborada participativamente. Su fortaleza está en el sur andino y el Perú rural, donde promete reconocer derechos de comunidades y frenar la desigualdad. Sin embargo, la sombra de Castillo y las investigaciones fiscales en su contra —la Fiscalía le pide más de cinco años de prisión por falsificación de aportes partidarios— le restan credibilidad entre el electorado moderado.
En Perú, donde la delincuencia se ha convertido en la principal preocupación ciudadana, analistas sostienen que el discurso de "mano dura" de Keiko resuena con fuerza.Sin embargo, una victoria no resolverá automáticamente los problemas estructurales.
Sea Fujimori o Sánchez quien gane este domingo, deberá gobernar en los próximos cinco años con un Congreso completamente fragmentado, lo que obligará al nuevo presidente o presidenta a negociar constantemente con el Legislativo para impulsar sus planes y sobre todo para evitar las llamadas vacancias, el modelo de impeachment que ha aplicado el Legislativo de forma recurrente en la última década.
Fujimori lo sabe: ha prometido diálogo con el Legislativo y apertura a figuras independientes. Sánchez, en cambio, necesitaría un milagro para revertir la tendencia conservadora variopinta en el Congreso y consolidar un bloque de izquierda que hoy parece debilitado.
Mañana Perú decidirá, no solo quién gobernará hasta 2031, sino si logra romper el ciclo de inestabilidad que lo ha convertido en el país más volátil de la región andina. Una victoria de Keiko Fujimori representaría, para sus seguidores, el regreso del orden y la estabilidad económica que su padre encarnó. Para sus detractores, el riesgo de un retorno al autoritarismo y la impunidad.
Keiko Fujimori, la tres veces perdedora en la segunda vuelta, está a un paso de convertirse en la primera mujer presidenta electa de Perú.