Estando en las antípodas ideológicas, los dos candidatos presidenciales que oficialmente irán al balotaje en Perú tienen en común su condición de herederos. Keiko Fujimori lleva el apellido político más conocido del país, mientras que Roberto Sánchez se define como el "candidato castillista", por el exmandatario Pedro Castillo, actualmente detenido.
El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) proclamó este 17 de mayo los resultados oficiales, tras una espera superior a un mes dado que las votaciones tuvieron lugar el 12 de abril. Las urnas, ya oficialmente, confirmaron lo que se anticipaba tras un escrutinio lento y cargado de tensiones: la conservadora Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular, y Roberto Sánchez, del partido izquierdista Juntos por el Perú, disputarán la segunda vuelta el domingo 7 de junio.
Fujimori obtuvo el primer lugar con el 17,18% de los votos válidos (2.877.678 votos), mientras que Sánchez logró el segundo puesto con el 12,1%, superando por un estrecho margen de poco más de 21.000 votos al ultraconservador Rafael López Aliaga, de Renovación Popular. Los votos en blanco y nulos sumaron más que Fujimori, con lo cual la sociedad peruana dejó constancia de su descontento y desafección con la clase política.
Con el 100% de las actas procesadas, el organismo electoral ratificó un resultado que refleja la profunda fragmentación del voto peruano: ningún candidato superó el 20% en la primera vuelta, un escenario que repite la dispersión vista en elecciones anteriores y que anticipa una campaña de balotaje marcada por la polarización ideológica y regional.
Este nuevo duelo electoral ocurre en un contexto de extrema fragilidad institucional. Perú es, con diferencia, el país democrático de América Latina con mayor rotación presidencial en la última década: entre 2016 y 2026 han desfilado por el Palacio de Gobierno ocho jefes de Estado, producto de vacancias presidenciales, renuncias y crisis sucesivas.
La fotografía de la composición del Congreso que acompañará a quien gane la Presidencia el 7 de junio proyecta, de entrada, dificultades para construir mayorías que, según observadores, devendrán en una nueva crisis de gobernabilidad. El Congreso, ahora bicameral tras una reforma constitucional, estará compuesto por 130 diputados y 60 senadores.
Según los resultados oficiales y proyecciones del ONPE y analistas, la distribución congresal es la siguiente en la Cámara de Diputados: Fuerza Popular (41), Juntos por el Perú (32), Partido del Buen Gobierno (18), Renovación Popular (15) y el resto de escaños repartidos entre organizaciones minoritarias. Todos los partidos muy lejos de la mitad más uno que serían 66 legisladores.
En el Senado, en tanto, se distribuyó así: Fuerza Popular (22), Juntos por el Perú (14), Renovación Popular (ocho) y Partido del Buen Gobierno (siete), mientras que nueve posiciones estarán en distintas manos de entidades minoritarias.
Ninguna fuerza alcanza la mayoría absoluta en ninguna de las dos cámaras.
Esta dispersión refuerza el diagnóstico de los analistas: el próximo presidente enfrentará un Congreso hostil o, en el mejor de los casos, obligado a constantes negociaciones y transacciones políticas, fórmula que ha demostrado ser letal para la estabilidad en los últimos diez años.
Las encuestas más recientes de firmas confiables confirman que la segunda vuelta será reñida y decidida en los márgenes. Según Ipsos para el diario Perú 21, Fujimori y Sánchez aparecen empatados con respaldo cada uno de 38%. El IEP (Instituto de Estudios Peruanos) también registra una contienda muy cerrada, con ligera ventaja para Sánchez en algunos cruces, aunque dentro del margen de error. Datum e Ipsos coinciden en que el voto rural y sureño favorece claramente al candidato de izquierda, mientras que Lima y la costa consolidan a Fujimori.
El perfil de Roberto Sánchez es clave para entender la dinámica del balotaje. Psicólogo social de 57 años, egresado de San Marcos, exministro de Comercio Exterior y Turismo durante el Gobierno de Pedro Castillo y actual congresista, Sánchez se presenta abiertamente como el "candidato presidencial castillista". Durante toda la campaña lució el sombrero de campesino cajamarquino que Castillo le obsequió en prisión y ha prometido —si gana— revisar el caso del expresidente preso desde 2022 por el intento de autogolpe.
Su discurso populista reivindica el "Perú profundo" rural y andino, promete elevar el gasto en educación al 10% del PBI, universalizar el acceso universitario y formalizar la economía informal para financiar políticas sociales. Se define como parte de la izquierda democrática, pero su cercanía explícita con Castillo —incluyendo visitas al penal de Barbadillo y alianzas con figuras cercanas al expresidente— lo convierte en el heredero político directo del maestro rural que ganó en 2021.
Hace cinco años Fujimori perdió en el balotaje por escaso margen ante un entonces desconocido Pedro Castillo. En esa dirección, analistas como Alonso Cárdenas, de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya de los jesuitas, destacan las similitudes entre las elecciones de 2021 y estas de 2026: bajo porcentaje de votos en primera vuelta, fuerte división geográfica y cultural, y la presencia de una candidatura fujimorista frente a un candidato que representa el descontento rural y anti establishment.
Sin embargo, hay diferencias notables: Sánchez es un político urbano y profesional, no un outsider como Castillo, y el contexto económico y social de 2026 es más complejo tras años de crisis política continua.
Y, sin duda, el riesgo de ingobernabilidad es el gran fantasma para Perú. Con un Congreso bicameral fragmentado y un historial de ocho presidentes en una década, el próximo mandatario —sea quien sea— heredará un sistema donde el Ejecutivo y el Legislativo han chocado sistemáticamente, generando vacancias, disoluciones fallidas y parálisis. "Perú sufre un desequilibrio de poderes crónico", resumió France24 en un informe reciente y esa tal vez sea también la fotografía del país andino tras la elección de un nuevo presidente.