A casi tres semanas de las elecciones generales, Perú sigue en una suerte de limbo. El 12 de abril se votó para elegir presidente, vicepresidente y un Congreso bicameral, una figura que regresa después de varias décadas, pero la noticia en verdad es que se sigue en un escenario de incertidumbre marcado por la ausencia de resultados oficiales definitivos.
De acuerdo con el último reporte oficial, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) ha procesado el 96,698% de las actas, con más de 4.000 actas observadas aún pendientes de resolución por los Jurados Electorales Especiales (JEE), lo cual ha terminado por paralizar la decisión sobre el balotaje por la pelea voto a voto que tiene lugar por el segundo lugar.
Keiko Fujimori, de Fuerza Popular e hija del exgobernante Alberto Fujimori, lidera con holgura el conteo presidencial con el 17,092% de los votos válidos, pero el segundo lugar —que define al rival en la segunda vuelta del 7 de junio— sigue en disputa voto a voto entre el izquierdista Roberto Sánchez (Juntos por el Perú), con el 12,038%, y el ultraconservador Rafael López Aliaga (Renovación Popular), con el 11,880%. La diferencia entre ambos se reduce a poco más de 22.000 votos, según los últimos datos oficiales publicados.
Esta demora en la proclamación de resultados no es solo técnica. Refleja un proceso electoral marcado por fallos logísticos de la ONPE que generaron polémica desde el mismo día de los comicios: el 30% de las mesas de votación no se instalaron a tiempo en varios distritos, lo que obligó a una jornada complementaria en algunas zonas de Lima y provocó denuncias de irregularidades. El Jurado Nacional de Elecciones (JNE) descartó por mayoría la realización de nuevas elecciones, como demandaban algunos sectores políticos.
El panorama general revela una profunda fragmentación del voto. Ninguno de los 35 candidatos presidenciales superó el 20% de los sufragios válidos. Fujimori, en su cuarto intento por llegar a Palacio de Gobierno, consolida su base conservadora y obtiene un porcentaje superior al de 2021 (cuando pasó al balotaje con el 13%), pero queda lejos de una mayoría clara. Sánchez, poco conocido hace tres meses, remontó en el tramo final gracias al voto campesino y de la sierra, superando por escaso margen a López Aliaga.
Apoyado por el expresidente de izquierdas Pedro Castillo, procesado por intento de golpe de Estado cuando pretendió desconocer al Congreso, Sánchez ha sido una verdadera sorpresa en este 2026. En caso de pasar al balotaje se espera una nueva elección polarizante en términos ideológicos como fue la de 2021, cuando finalmente resultó electo Castillo, entonces un desconocido maestro rural y líder magisterial.
La abstención y los votos en blanco y nulo emergen como los verdaderos "ganadores" de la jornada. Más de seis millones de peruanos —casi el 24% del padrón de 27,3 millones de electores— no acudieron a las urnas, una cifra inferior al 31% de 2021 pero superior a la de 2016. Esta tendencia es una muestra, según analistas de la insatisfacción de la sociedad con la clase política peruana. Solo el 12% de los peruanos se declara satisfecho con la democracia, según el Barómetro de las Américas de 2025.
La fragmentación no se limita al Ejecutivo. El nuevo Congreso bicameral —compuesto por un Senado y una Cámara de Diputados— también muestra un mapa multipartidista. Fuerza Popular lidera ambas cámaras con proyecciones de alrededor de 40 escaños en diputados, de un total de 130, y mayoría relativa en el Senado, seguido por Juntos por el Perú (31 escaños en diputados) y Renovación Popular (16). Seis bancadas tendrán presencia en la Cámara Baja: además de las mencionadas, el Partido del Buen Gobierno, Obras y Ahora Nación.
Esta composición augura un Legislativo fragmentado y con riesgo de inestabilidad, similar al de los últimos años, en los que Perú ha tenido ocho presidentes en una década. En este contexto, los analistas coinciden en que la segunda vuelta del 7 de junio será impredecible y ajustada. Según una encuesta de Ipsos para el diario Perú21 publicada esta semana, en un eventual balotaje Fujimori y Sánchez empatarían en el 38%, mientras que López Aliaga obtendría el 34% frente al 31% de Fujimori (con un margen de error de ±2,8%).
El antivoto a Fujimori se redujo del 59% al 48%, pero sigue siendo un factor decisivo. Luis Benavente, especialista en Comunicación Política, resumió la división del país: "el Perú sigue dividido a la mitad. De un lado la derecha y el fujimorismo, y de otro lado la izquierda y el antifujimorismo".
Desde una perspectiva académica, Julio F. Carrión, profesor de la Universidad de Delaware e investigador del Instituto de Estudios Peruanos, analizó el fenómeno del voto por rechazo: "Desafortunadamente, el voto se ha dividido de tal forma que terminaremos nuevamente con dos candidatos por los que la gran mayoría de peruanos no votaría".
Para Keiko Fujimori, su "herencia política" con un padre seriamente cuestionado, pero con su apellido que tiene alta recordación, junto a una estructura partidaria consolidada, representan una ventaja estratégica, como señaló el consultor Óscar Díaz Moscoso en La República.
Mientras tanto, los candidatos ya iniciaron movimientos de cara al balotaje: Sánchez busca ampliar su base en Lima y el norte del país, mientras Fujimori refuerza su discurso de orden y estabilidad económica. El exalcalde de Lima, López Aliaga, por su parte, ha pedido sin éxito elecciones complementarias. En el plano internacional, la lectura de observadores externos destaca que la alta abstención y los votos nulos evidencian "desconfianza" y "fragmentación" como rasgos sistémicos del Perú posfujimorista.
A casi tres semanas de la votación del 12 de abril, Perú se encuentra, pues, en una transición incierta. Sin resultados oficiales definitivos, el país encara una segunda vuelta que definirá no solo al próximo presidente —que asumirá el 28 de julio—, sino el rumbo de un Congreso bicameral llamado a equilibrar o agravar la histórica inestabilidad política que ha persistido a lo largo de la última década. La baja participación, el voto por rechazo y la fragmentación partidaria subrayan un desafío mayor: reconstruir la confianza ciudadana en las instituciones y en la política.