Este domingo Colombia vivió una jornada electoral decisiva que redefine el panorama político de cara a las elecciones presidenciales del venidero 31 de mayo. Los colombianos eligieron a los 108 senadores y 188 representantes a la Cámara que integrarán el Congreso para el periodo 2026-2030, al tiempo que se celebraron consultas internas para definir candidaturas presidenciales.
Con un Gustavo Petro que no podrá ser candidato nuevamente, por norma constitucional, pero con una Colombia signada por su gestión fallida, el mapa legislativo quedó marcado por una profunda fragmentación: el izquierdista Pacto Histórico se consolidó como la primera fuerza, pero sin alcanzar mayoría absoluta, mientras que el Centro Democrático, el partido emblema del expresidente conservador Álvaro Uribe, registró un notable repunte en curules.
De forma aún más simbólica y destacada, la consulta para escoger la candidatura conservadora, coronó a la senadora Paloma Valencia como ganadora indiscutible. Este triunfo no solo posiciona a una figura uribista de primer orden como fuerte contendiente presidencial para 2026, sino que marca una suerte de revival del uribismo tras su debacle de 2022.
Tras haber votado este domingo, Colombia tiene como antesala de las presidenciales un Congreso que será ingobernable sin alianzas amplias, en medio de una polarización que, lejos de atenuarse, se ha acentuado durante el Gobierno de Petro, un exguerrillero del M19 con un discurso público que no apuntó desde el poder a consolidar sus grandes promesas de hace cuatro años.
El Gobierno del mandatario de izquierdas, el primero en la historia de Colombia, llega a su recta final dejando un legado de división más que de transformación. Las reformas estrella de su administración —salud, laboral y pensiones— se hundieron o fueron desnaturalizadas en el Congreso anterior precisamente por la falta de mayorías estables, en medio de las continuas confrontaciones del mandatario con otros grupos políticos.
Ahora, el nuevo mapa legislativo complica aún más cualquier intento de continuidad petrista o de un eventual gobierno de izquierda. El uribismo, que parecía enterrado hace cuatro años, resurge con fuerza y se erige como el principal contrapeso. Iván Cepeda es el candidato de Petro para las elecciones presidenciales y ya había ganado una consulta previa para posicionarse como aspirante presidencial.
En el Senado, el Pacto Histórico obtuvo alrededor de 25 curules con más de 4,4 millones de votos (22,79%), según reseña El Espectador. Representa un leve crecimiento frente a las 20 bancas de 2022, pero dista mucho de la mayoría absoluta (55 votos necesarios). El Centro Democrático, por su parte, pasó de 13 a aproximadamente 17 senadores, con cerca del 15,7% de los sufragios, consolidándose como segunda fuerza. Completan el panorama el Partido Liberal con unas 13 curules, los conservadores con diez y una dispersión de partidos de centro y regionales que impide cualquier bloque mayoritario.
En la Cámara de Representantes, la fragmentación es aún más pronunciada. La Silla Vacía adelanta que ninguna fuerza alcanza los 95 votos necesarios para mayoría. El resultado es un Legislativo donde cualquier proyecto de ley exigirá negociaciones extenuantes y concesiones que, como advierte la académica Sandra Borda serán "más duras" para quien intente gobernar desde la izquierda. Con la correlación de fuerzas que emergió de las urnas un Gobierno conservador o de centro-derecha tendría más opción de hacer una alianza legislativa.
Sin embargo, para analistas el dato más elocuente del domingo no está solo en las curules, sino en la consulta presidencial conservadora. Paloma Valencia, senadora antioqueña y fiel heredera política de Álvaro Uribe, arrasó con más de 3,2 millones de votos. Superó ampliamente a contendientes como la exalcaldesa Claudia López (centroizquierda no petrista) que se medía en una consulta paralela y obtuvo solo medio millón de votos.
La Silla Vacía resalta un detalle revelador: Valencia obtuvo más votos individuales que los sufragios de su propia lista al Senado, demostrando que su capital político trasciende al partido y se convierte en un fenómeno personal, con lo cual pasa a ser una rival de envergadura ante Cepeda, quien en una carrera prácticamente en solitario dominaba las encuestas previas.
Para el uribismo, este resultado es una resurrección. En 2022, el Centro Democrático sufrió su peor derrota histórica: perdió la mitad de sus escaños, Uribe quedó fuera del Congreso y el partido pasó a ser una fuerza marginal. Muchos analistas lo daban por liquidado, víctima del desgaste de dos décadas de dominio y de la emergencia de Petro como alternativa.
Cuatro años después, el partido recupera bancas en ambas cámaras y coloca a su candidata más visible al frente de la carrera presidencial. Valencia, conocida por su discurso duro contra el "castrochavismo" y su defensa de la seguridad democrática, se presentó como "la mujer que va a ser historia".
Este resurgimiento, según observadores, tiene conexión directa en el balance negativo del Gobierno Petro. La promesa de cambio que movilizó a millones en 2022 chocó con la realidad: crecimiento económico estancado, inflación persistente en algunos sectores, inseguridad rural que no cedió y un estilo de gobernar que priorizó la confrontación sobre el consenso.
El hundimiento de las reformas clave, que El Espectador describe como "el mayor fracaso legislativo de la década", dejó a muchos votantes con la sensación de que Petro no solo no resolvió problemas estructurales, sino que los agravó con polarización innecesaria. Paloma Valencia capitalizó exactamente ese descontento. Su campaña en la consulta enfatizó la defensa de la empresa privada, la seguridad y el rechazo a lo que llamó "experimentos socialistas".
En declaraciones a medios de prensa, la profesora de la Universidad de los Andes Sandra Borda fue lapidaria: "El centro político es uno de los grandes perdedores de la contienda. Los extremos salieron fortalecidos porque el electorado prefiere posiciones definidas y radicales".
Borda explica que la polarización fomentada durante el Gobierno Petro —con discursos que dividían entre "pueblo" y "elites"— terminó beneficiando al uribismo. El centro político, representado por figuras como Claudia López o Sergio Fajardo, sufrió un desplome que deja al país sin bisagra política. Esta lectura coincide con lo reportado por La Silla Vacía: el electorado colombiano castigó la tibieza y premió la claridad ideológica.
El Gobierno de Gustavo Petro concluirá en agosto de 2026 con un balance contradictorio: en el Congreso de mantendrá la cuota de su movimiento, pero en un país más polarizado, reformas estancadas y un uribismo que, lejos de desaparecer, se reinventa como la principal fuerza de oposición.
Espero que la elijan presidenta en las próximas elecciones. Como todas las agendas de los socialistas/comunistas, solo es puro blah, blah y no hacen nada. Hasta el candidato de Petro, Cepeda, usa la palabra "continuidad" al estilo del puesto a dedo en Cuba. Hasta el departamento de Atlántico le dio la espalda a ese partido por prometedores de cuentos.