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Opinión

El PCC descubre la NEP

En Cuba, el asunto es si el paquete de 176 medidas económicas va a modificar o no la esencia del régimen.

Málaga
Miguel Díaz-Canel al frente de una manifestación en La Habana.
Miguel Díaz-Canel al frente de una manifestación en La Habana. EFE

El gobierno de Cuba acaba de anunciar un paquete de 176 reformas económicas y sociales, con el gatopardiano propósito de cambiarlo todo para que todo siga igual.

Es el fin de la política de "continuidad", aunque simultáneamente los jerarcas del régimen se apresuraran a proclamar que la "construcción del socialismo" (cualquiera que sea el contenido de esa misteriosa tarea) continuará su rumbo imperturbable.

En la Isla, la gente presta ya poca atención a la gesticulación del Gobierno y a las reformas y los arbitrios que el presidente se saca de la gorra de miliciano. Al parecer, sospechan que debajo de ese trozo de tela verde no habitan muchas neuronas.

La brillante idea de que el capitalismo y la caridad occidentales rescaten al comunismo de su ineficiencia productiva es en realidad muy antigua. Su primera versión la implantó Lenin en Rusia, poco después de la revolución de 1917. La denominación oficial fue Novaïa Ekonomitcheskaïa Politika (NEP o Nueva Política Económica) y consistía en dar marcha atrás a la estatización de la industria, las confiscaciones rurales y la destrucción de las redes comerciales que los bolcheviques habían ejecutado con gran entusiasmo durante los primeros años del nuevo régimen, con la previsible secuela de caos, hambre y represión.

La aplicación de los mecanismos de mercado para salvar al sistema de sus propias calamidades causó mucho debate en el seno de la dirigencia rusa (el país todavía no había adoptado el nombre de URSS) pero alivió los sufrimientos de la mayoría de la población. Al final de la década, Stalin puso fin al experimento neocapitalista y recuperó la esencia coercitiva e improductiva del comunismo, mediante la colectivización agraria y la ejecución de proyectos industriales faraónicos, con abundante mano de obra proporcionada por el Gulag.

Lenin confiaba en que la codicia y la ceguera ideológica de la burguesía la impulsarían a invertir de nuevo en el país tras la catástrofe bolchevique, con lo que la nueva Rusia dispondría del capital y la tecnología que por sí sola era incapaz de generar. "Los capitalistas son capaces de vendernos la cuerda con la que vamos a ahorcarlos", decía el filantrópico padrecito de todos los soviets.

En Cuba, la piedra de toque del asunto es si los cambios van a modificar o no la esencia del régimen. Porque si esa esencia se mantiene, de poco servirán las reformas anunciadas a bombo y platillo por los jerarcas del poscastrismo. Sin un marco de garantías jurídicas, sin una ampliación de derechos y libertades cívicas, sin pluralismo informativo ni respeto por la propiedad privada, esas medidas son parches y arbitrios que no van a solucionar la crisis estructural del sistema.

El meollo del problema radica en el monopolio político del Partido Comunista, el dominio estatal del aparato productivo y el control social derivado de lo anterior. Atenuar en uno o dos grados esos rasgos fundamentales del comunismo castrista quizá propicie pequeños cambios cuantitativos, pero no alterará en lo sustancial su naturaleza represora e improductiva.

El otro aspecto esencial del comunismo cubano que sus dirigentes pasan por alto ahora es su carácter dependiente. A principios de 1960 Fidel Castro inventó el comunismo subsidiado, un dispositivo que, a cambio de proporcionar ventajas estratégicas y propagandísticas a la URSS, recibía un ingente volumen de ingresos que le permitían paliar sus carencias y enmascarar su ineficiencia.

Esa simbiosis se mantuvo hasta la caída del bloque comunista en el este de Europa y el derrumbe de la Unión Soviética, en 1991. De ahí que la crisis actual comenzara a partir de esa fecha y no con la captura de Maduro en enero de este año, como sostienen algunos. La providencial entrada en escena de Hugo Chávez a finales del siglo XX solo fue un paliativo para una dolencia incurable y sirvió para disfrazar por un tiempo un deterioro productivo y social imparable.

Cualesquiera sean las condiciones del cambio que se perfila en Cuba —gradual o súbito, violento o pacífico—, el nuevo gobierno tendrá que erradicar el monopolio político del PCC, suprimir el predominio económico del Estado y desmontar el aparato de control social integrado por la policía política, los CDR, el vasto sistema de cárceles y prisiones, y las "organizaciones de masas". Al mismo tiempo, deberá asegurarse una inyección masiva de recursos y tecnología, muy superior a cualquier contribución que los exiliados pudieran aportar.

Solo hay un candidato a la vista que podría interesarse por impulsar esas transformaciones y financiar su costo: los Estados Unidos de América. Y no se preocupen los cubanos por la patraña nacionalista de la anexión y el cuento de la fruta madura. Algunos visionarios en Washington estarían dispuestos a subsidiar a sesenta mil esquimales a cambio de ocupar Groenlandia, pero ningún político en sus cabales se atrevería a proponer la incorporación de ocho millones de súbditos del castrismo a la nómina del Medicare y la Seguridad Social.   

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1 comentario

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Profile picture for user Ana J. Faya

Buen recordatorio. Me parece que el régimen cubano ha hecho, además, el aporte a este capitalismo Home Made de GAESA y de sus cuentas offshore. ¿Serán fiscalizadas bajo estos cambios? Por supuesto que no. A la permanencia de un solo partido y de una represión feroz se unen los negocios de la elite, que van en paralelo a todo lo demás. Se puede decir que un zurcido por aquí y una puntada por allá, aquello sigue igual.