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Ángel de Fana: Cómo los 'plantados' cubanos desafiaron al régimen desde las cárceles

Veinte años en prisión, trabajos forzados y compañeros asesinados. Uno de los históricos presos políticos cubanos, cuenta cómo sobrevivió a las prisiones castristas sin renunciar a sus principios.

Ciudad de México
El exprisionero político cubano Ángel de Fana.
El exprisionero político cubano Ángel de Fana. CaplinNews

Ángel de Fana (La Habana, 1939) es uno de los ex prisioneros políticos cubanos vivos con más historia sobre sus espaldas. Todavía hoy, a sus 87 años, no ceja en el empeño de ver la caída del régimen castrista y lograr justicia para todos los compañeros de lucha que ha sumado en los últimos 67 años.

Estaba a punto de cumplir 20 años cuando la Revolución cubana triunfó en 1959. Apenas un año después, cuando empezó a hacerse evidente que Fidel Castro pretendía darle un giro socialista, se unió a la oposición al nuevo régimen, específicamente al Movimiento Demócrata Martiano, organización dirigida entonces por Bernardo Corrales, un ex primer teniente del Ejército Rebelde.

Mientras cubría su fachada con trabajos en una fábrica de calzado y después en una peletería, Ángel de Fana participaba en acciones de propaganda, sabotaje y financiación, hasta que finalmente quedó al frente de la organización. Poco después fue condenado a 20 años de cárcel.

Durante su largo período como preso político, De Fana conoció y convivió junto a otras figuras históricas, como los comandantes revolucionarios Huber Matos y Rolando Cubela. También experimentó en carne propia el abuso de los campos de trabajo forzado y fue parte del nacimiento de los "plantados", aquellos presos políticos que se negaron a trabajar o vestir el uniforme de recluso común. Vio a compañeros morir asesinados, mientras otros eran heridos impune y cotidianamente por oficiales castristas. Recorrió varios penales en los que pasó hambre, sed, dudas, penurias y soledad. Estuvo años sin saber de su familia y aferrado a sus convicciones más profundas, hasta que finalmente llegó su excarcelación.

En 1984, después de una breve estancia en Venezuela, se asentó en Estados Unidos, donde reside desde entonces. Durante todos estos años, ha formado parte de diversas iniciativas enfocadas en preservar la historia y abogar por el fin del castrismo, entre ellas el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo, así como Plantados hasta la Libertad y la Democracia en Cuba, una organización que busca "atender a los presos políticos a través de sus familiares".

Más recientemente, fue asesor histórico de la película Plantados (Lilo Vilaplana, 2021), que busca mostrar las vivencias de aquellas primeras generaciones de presos políticos de las cuales formó parte.

Vayamos al principio. ¿Por qué motivo estuvo preso?

Me acusaron de pertenecer a una organización contrarrevolucionaria y de complicidad en asesinato. Yo era miembro del Movimiento Demócrata Martiano, al que ingresé en 1960. Primeramente, fui parte de un grupo de acción y sabotaje en el que hacíamos propaganda, escribíamos letreros y, en algunas ocasiones, colocamos explosivos en lugares donde no hubiera que lamentar ningún herido. Después me pidieron que me ocupara de las finanzas, para ayudar a buscar recursos para la organización, dado que yo tenía relaciones con comerciantes e industriales por los trabajos que había hecho hasta entonces. Al final, poco antes de caer preso, me nombraron coordinador nacional del movimiento debido a que varios compañeros dirigentes de la organización habían caído presos o habían sido fusilados.

Me detuvieron el 10 de septiembre de 1962. Tenía 23 años y hacía poco más de un mes que me había casado. Antes, en mayo, un grupo de jóvenes del movimiento se dieron a la tarea —que yo desconocía— de desarmar a milicianos para enviar las armas a las montañas o los llanos, donde había alzados contra el régimen, y durante uno de esos desarmes ocurrió una balacera en la que dos de ellos fueron heridos y un miliciano resultó muerto. Fue un escándalo en el país. Carlos Moctezuma, un artista muy conocido de la televisión y agente de la Seguridad del Estado, se había infiltrado en la organización y lo descubrió. A todos, incluso a algunos familiares, los cogieron presos.

¿Cómo fue la detención en su caso y qué pasó después?

Dos agentes de la Seguridad del Estado llegaron a la peletería donde yo trabajaba y me detuvieron. Me llevaron primero a su sede, que en ese momento estaba en 5ta y 14, Miramar (La Habana). Allí me interrogó un teniente que se hacía llamar Omar, aunque posiblemente fuera un nombre falso. A la semana me pusieron un gorro que me cubría todo el rostro, me montaron en un jeep custodiado por militares y me llevaron a un lugar al que los presos que estuvimos allí llamamos "las cabañitas", un sitio apartado, en el campo, como a dos horas de la sede de la Seguridad del Estado. Era una residencia que en algún momento debió tener caballos, porque las celdas donde nos introdujeron parecían caballerizas.

Primero nos pusieron un uniforme azul, pero después hubo días en que estuve totalmente desnudo, y cada vez que me llevaban a un interrogatorio me ponían el gorro en la cabeza hasta que llegaba a una oficina. Me acusaban de complicidad en un intento de levantamiento militar realizado el 30 de agosto, en el cual yo no participé, así como en el hecho en el que murió el miliciano. De los participantes, a uno, Roberto Hernández, de 21 años, lo fusilaron, mientras otros tres, menores de edad, fueron condenados a 30 años de prisión. Después de esos interrogatorios, me llevaron para la prisión La Cabaña.

¿Cómo fue la experiencia allí?

Cuando llegamos nos apartaron en una galera donde solo estábamos los que habíamos pasado por "las cabañitas". Ahí estuve como tres meses, hasta enero del 63, que me llevaron para otra. En La Cabaña tuve una sola visita. Después pusieron una cerca doble para impedir que tocáramos a los familiares y por eso decidimos no aceptar las visitas.

El día del juicio, que fue en abril del 63, éramos varios en la misma causa. De mi grupo estábamos Frank Quesada, Israel Ibáñez y yo. No teníamos petición fiscal y al abogado lo vi una sola vez. Después, en el juicio, el abogado lo único que hacía era pedir clemencia. A Frank le pedían pena de muerte, pero antes del juicio hubo alguna gestión diplomática para evitar que fusilaran a un estudiante y, al parecer, como no lo hicieron, tampoco fusilaron a Frank: lo condenaron a 30 años. A Israel y a mí nos condenaron a 20. Cuando me dieron la sentencia, un guardia me dijo: "tienes que dar gracias a la Revolución porque no te fusilaron". Yo le dije: "Gracias a la Revolución, no; gracias a Dios". Me dio dos planazos.

¿Qué pasó después del juicio? ¿Adónde lo llevaron?

Estuve un poco más en La Cabaña, hasta que en mayo o junio me llevaron para el Presidio Modelo, en Isla de Pinos (Isla de la Juventud, desde 1978). Allí estuve en "la circular 1", donde había alrededor de 1.200 presos. Las celdas no estaban cerradas y durante el día uno podía ir de un piso a otro. Como había el mismo sistema que en La Cabaña, casi todos los presos nos negábamos a aceptar visitas. En 1964 empezaron a darnos visita cada tres meses. También comenzó el plan de trabajo forzado, con el cual cantidad de compañeros fueron asesinados.

Al principio, formé parte de una brigada de alrededor de 120 presos, divididos en dos cuadrillas. Nos llevaban al campo a guataquear, a echar abono, y siempre había golpes porque nos resistíamos a trabajar. Ahí fueron asesinados a tiros y bayonetazos varios compañeros. Hubo un grupo inicial de tres que se negaron a trabajar, a quienes se les empezó a llamar "plantados". Después, otros empezaron a negarse. Por eso los llevaban a las celdas de castigo y los sacaban a "la mojonera", una laguna donde terminaban las aguas albañales.

Durante el trabajo forzado iba un médico militar y atendía a los que estaban enfermos, a nadie más. Si le daba la gana, te decía "no salgas a trabajar mañana", pero la mayor parte de las veces no lo hacía. Recuerdo una vez que me sentía mal, estaba con fiebre, y tuve que salir a trabajar. Allí no se cumplía ninguna norma de derechos humanos.

¿Usted recibió tratos hostiles durante esas jornadas de trabajo o después?

Sí, claro: recibí bayonetazos, planazos. Sobre todo, en el trabajo forzado, pero también en las requisas. Cuando los guardias entraban, uno tenía que salir corriendo, pero nosotros no lo hacíamos. Entonces te golpeaban con las bayonetas o con machetes en la cabeza, la espalda, los brazos, donde fuera.

Recuerdo una vez, en el trabajo forzado, cuando un preso venía a darnos café. Yo no lo aceptaba porque casi todos estábamos plantados y decíamos "si lo aceptamos, nos están pagando el trabajo con café". Pero había un guardia que tenía problemas conmigo y quería obligarme. Yo insistí con que no tomaba café y entonces él pidió uno caliente y me lo tiró arriba, me empujó y empezó a tirarme bayonetazos. Me hirió las manos. Esa fue una de las tantas veces que recibí golpes y maltratos de los guardias.

¿Fue sometido a más interrogatorios, además de los que ya mencionó?

Mis interrogatorios fueron más bien al inicio, en la Seguridad del Estado y en "las cabañitas". Me interrogaban dos o tres oficiales, tuve que defecar delante de un militar, con el gorro puesto; y cuando quería orinar tenía que llamar al guardia. A otros compañeros los tiraron en una piscina o les hicieron simulacros de fusilamientos con balas de salva. Algunos fueron golpeados y torturados para que dijeran lo que las autoridades querían. Después, en Isla de Pinos, ya no eran interrogatorios, sino más bien revisiones para ver cómo estabas mentalmente.

Hacia al final de mi presidio político, cuando llevaba 19 años y me devolvieron a la Seguridad del Estado —donde estuve más de 100 días en una celda—, me interrogaron una vez porque me acusaban de haber tenido unos radios transistores.

¿Qué tipo de torturas realizaban las autoridades?

Por experiencia general, diría que ellos utilizaban más bien lo psicológico: la desnudez, que tuvieras un gorro para no ver, amenazas relacionadas con la familia, los hijos, ese tipo de cosas. Había tortura física, puesto que algunos compañeros fueron torturados con golpes, pero creo que, en sentido general, las torturas psicológicas eran más abundantes. No obstante, sé que hubo medidas más duras contra presos de raza negra, pese a aquello de "esta Revolución es para proteger a los negros". Contra ellos había más violencia. Incluso, las autoridades los trataban de "monos".

¿En qué otras prisiones estuvo, después de la de Isla de Pinos?

Cuando cerraron el Presidio Modelo me volvieron a llevar para La Cabaña. Luego me mandaron a Guanajay, y después, otra vez, me regresaron a La Cabaña. Me llevaron para el Combinado del Este cuando lo inauguraron y de ahí nos llevaron para Boniato, en Santiago de Cuba, específicamente para Boniatico, una sección completamente cerrada donde estábamos un grupo del Combinado del Este que nos negábamos a trabajar y habíamos redactado una carta rechazando el diálogo [de la Administración estadounidense de Jimmy Carter] con las autoridades cubanas.

Aquella sección tenía hasta el techo cercado, para que no pudieran entrar ni los pájaros. No salíamos al patio ni a comer. Estábamos siempre en la celda; nos pasaban la comida por un hueco. Los custodios eran de la Seguridad del Estado y había hasta cámaras grabando. Ahí estuvimos mucho tiempo. Para mis familiares era extremadamente difícil ir a visitarme debido a las dificultades del transporte.

Es decir, que usted cumplió su condena de manera íntegra.

Cumplí mi condena el 10 de septiembre de 1982, pero poco antes un oficial llegó a la prisión de Boniato, me preguntó si iba a aceptar trabajar y, como yo dije que no, me dejaron preso diez meses más. Fui excarcelado porque un grupo de presos que habíamos cumplido la pena nos declaramos en huelga de hambre y eso ocurrió poco después de la muerte de varios presos en Gran Bretaña que también se habían declarado en huelga de hambre y produjeron una conmoción internacional.

Parece que Fidel Castro no quiso un escándalo con nosotros y entonces nos fueron excarcelando de a dos por semana, con la condición de salir del país inmediatamente. Yo tenía visa y pude irme para Venezuela con parte de mi familia.

¿Cómo eran las condiciones de estos establecimientos que mencionó?

En Isla de Pinos las galeras tenían dos baños turcos para 120 pesos, más o menos. Había torres de camas que podían ser hasta de cuatro niveles y aún así algunos dormían en el piso. Hubo un momento donde había tres presos por celda, en dos camas y una hamaca en el medio. En La Cabaña era todavía peor: un baño para 200 presos. En determinado momento, pusieron duchas en el patio y sacaban a la gente a bañarse unos al lado de otros. En verano hacía mucho calor y en invierno, mucho frío. Y había una cantidad increíble de chinches.

En Boniato, estuvimos en unas celdas tapiadas, como mencioné antes. El tubo por donde salía el agua para uno bañarse estaba arriba del turco (letrina) y las celdas estaban llenas de cucarachas: nos pasaban por arriba mientras dormíamos. En el Combinado del Este había celdas para 15 personas y otras para 36. Era una prisión nueva, con rejas eléctricas. Pero las condiciones eran malas en todos los centros penitenciarios.

Nosotros tratábamos de mantener la higiene, pero jamás nos dieron los recursos para ello. De hecho, los familiares se ocupaban de asegurarnos desodorante, jabón, pasta de dientes, porque en la prisión no nos daban. Te puedo asegurar que eso no existió en los 20 años que estuve preso.

Ha mencionado varias veces la negativa a usar el uniforme penitenciario...

Cuando caímos presos, nos dieron un uniforme de color caqui con una "P" en la espalda y dos en el pantalón. Así estuvimos hasta el año 66, más o menos. Después, los que aceptaban el plan de rehabilitación se ponían el uniforme de los presos comunes, que era azul. Al resto quisieron imponérnoslo, pero una buena cantidad nos negamos y nos quedamos en calzoncillos. Eso significaba que no teníamos asistencia médica, correspondencia, visitas, nada. Yo me quedé en calzoncillos en dos oportunidades. La última fue en Boniato, ya en los últimos tiempos de mi condena.

Hablemos de la alimentación.

Muchas veces el agua estaba almacenada, porque no había servicio corriente. No puedo decir que estaba envenenada, pero tampoco era debidamente potable. En algunas ocasiones se descubrió que había hasta animales muertos allí donde tenían el agua.

La comida variaba de acuerdo a la época y la prisión, pero era poca y mal cocinada. Muchas veces nos llevaban al médico por diarreas. Por la mañana nos traían un agua con azúcar, o un café aguado, sin leche; y un pan. El almuerzo podía ser una sopa y un pan; y la comida, un arroz con potaje. A veces daban un huevo sancochado y una vez a la semana, pollo. En La Cabaña hubo una época en la que nos daban macarrones, harina. En Isla de Pinos, una vez a la semana servían una sopa con vianda, pero era muy raro que nos dieran carne, y la cantidad de comida era bastante reducida.

Nosotros sobrevivimos gracias a las jabas que nos llevaban nuestros familiares, que incluían leche en polvo, chocolate, gofio. Cuando llegamos a Boniato, descubrimos que hacía meses que a los presos no les daban proteína animal: ni huevo, ni pescado, ni carne. Los guardias se robaban todo eso. Nosotros habíamos acordado en La Cabaña que, si no nos daban proteína animal por lo menos una vez al día, rechazábamos la comida, y así lo mantuvimos en Boniato. Estuvimos alrededor de 20 días sin comer, hasta que empezaron a darnos proteína a todos en el penal.

¿Los médicos inspeccionaban la higiene y la alimentación de los reclusos?

No, absolutamente. En tiempos normales, cuando usábamos el uniforme, te llevaban al médico si tenías una emergencia. Cuando estábamos en huelga, en calzoncillo, sencillamente no había asistencia médica ninguna. Había presos que daban pena, porque estaban ciegos o inválidos y no tenían siquiera silla de ruedas, sino que iban en una carretilla. Allí no había ninguna condición para nadie.

Los médicos también eran torturadores, parte de la represión. Nunca nos hicieron exámenes de rutina. Hubo un momento en que había médicos reclusos que estaban en el plan de rehabilitación y ellos nos atendían. Pero con ningún preso político había eso de que te hicieran pruebas. Una vez me llevaron esposado a un dentista fuera de la prisión, para sacarme una muela, pero no conozco a nadie en ninguna prisión a quien le hayan tratado las caries, por ejemplo. La mayor parte de las veces teníamos que buscar los medicamentos con nuestros familiares. Cuando no teníamos visita, sencillamente no había atención médica.

¿Había prisioneros que recibían mejor trato que otros?

Desde hace 30 años los presos políticos están recluidos junto con los presos comunes, pero en la época nuestra no aceptamos eso. Las veces que intentaron juntarnos nos declaramos en huelga de hambre y no lo pudieron conseguir. Pero en esa época todos los presos estábamos en las mismas condiciones. Cuando empezó el trabajo forzado, a los que trabajaban les daban mejor comida, pero nosotros no lo aceptamos porque no era igual para todos. Nosotros traíamos las costumbres, la cultura, el comportamiento de antes de caer presos, y eso lo mantuvimos allí. Teníamos normas: no se podía robar, no se podía ser chivato.

Hoy los presos políticos tienen esa "doble sentencia" de tener que convivir con presos comunes, donde hay criminales, ladrones, abusadores sexuales y todo tipo de condiciones mentales. Tienen que defenderse de la represión de los guardias, de los militares y de muchos presos comunes.

¿Le ofrecieron en algún momento la posibilidad de estudiar y trabajar con remuneración?

Nosotros estudiamos mucho, pero internamente. En la prisión había ingenieros, psiquiatras y analfabetos, y nos enseñamos unos a los otros. Incluso durante el trabajo forzado, por la noche siempre había clases, pero ninguna era propiciada por los militares. Si nos las hubieran ofrecido, no las hubiéramos aceptado. Nosotros no aceptamos nada de ellos porque todo iba a estar sometido a los parámetros del marxismo-comunismo.

El trabajo fue obligado en Isla de Pinos, donde más de 20 presos políticos fueron asesinados y todos los días había heridos de bayonetazos y pinchazos. Después, en otras prisiones, nos ofrecieron trabajar a través del plan de reeducación o rehabilitación, pero eso implicaba negar nuestros principios y aceptar la doctrina comunista. Más tarde, algunos aceptaron el plan progresivo, pero otros no lo hicimos. Eso dio lugar a que cuando cumplí la condena, no me soltaran.

Usted es católico. ¿Respetaron sus derechos religiosos en prisión?

Teníamos vida religiosa, aunque no permitida. Pero nadie te puede impedir que creas. Cuando se podía, los sacerdotes hacían la misa. Con nosotros estuvo preso el franciscano Miguel Ángel Loredo. Hacíamos la oración dominical con un poquito de vino que nos traían los familiares y algo de pan.

¿Tuvo comunicación regular con sus familiares durante el tiempo que estuvo preso?

Hubo años en que no tuvimos ninguna comunicación y estuvimos totalmente aislados de las familias. Pero en las épocas normales en Isla de Pinos, por ejemplo, teníamos una visita cada tres meses, y una carta y un par de telegramas al mes. La correspondencia —en la época en que se me permitió, porque estuve la mitad de mi condena sin visita ni correspondencia— la revisaban, naturalmente. Y solo recibimos libros editados en la imprenta nacional de Cuba.

En Isla de Pinos, las visitas conyugales se hacían en una especie de hotelito que había cerca, en Nueva Gerona, pero era muy raro el preso político que aceptaba eso, porque respetábamos a nuestras esposas y no confiábamos en los militares. De todas formas, yo me divorcié más o menos al año de caer preso.

¿Sus familiares sufrieron represalias por su encarcelamiento?

Conozco casos en que a los hijos de presos les hicieron la vida imposible, los botaron del trabajo, no les permitían estudiar. Pero en el caso de mi familia no fue así, porque la gente del barrio era bastante solidaria. A mi hermano lo forzaron a irse cuando el éxodo del Mariel, pero las turbas locales nunca le tiraron nada.

¿Presentó quejas formales durante su tiempo en prisión?

Yo no, pero sé que otros presos lo hicieron, a título personal y en grupos. Hasta hicieron cartas al ministro del Interior. Pero la única forma de que nos atendieran era protestando. Nosotros hacíamos huelgas de hasta 30 días o más para denunciar que la comida estaba mala, que se la estaban robando. A veces mejoraba por un tiempo o accedían a que pudiéramos comprar algo con el dinero que la familia nos traía. Pero otras veces no se resolvía nada.

¿Usted o alguno de sus conocidos fue llevado a juicio disciplinario?

Cuando empezó la re-condena, a algunos los llevaron a juicio, a la "corte". Recuerdo que Servando Infante, que todavía vive, empezó a mentar la madre de Lenin, de Fidel Castro y de todo el mundo. Lo condenaron a seis años más de prisión. En el presidio político de mi época, nosotros no aceptamos ningún tratamiento que tuvieran los presos comunes. Algunos murieron por eso.
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¿Supo de suicidios o intentos de suicidio mientras estuvo preso?

Recuerdo a un muchacho muy joven en La Cabaña, al que le decíamos Bitongo, que se ahorcó en el baño. Huber Matos lo descubrió temprano en la mañana. También está el supuesto suicidio de Rafael del Pino, uno que era amigo de Fidel Castro, que también amaneció ahorcado en el Combinado del Este. Estaba enfermo. Hay quien dice que lo "suicidaron".

¿Cree que las autoridades penitenciarias tienen la intención de reducir al mínimo las diferencias entre la vida en prisión y la vida en libertad, así como de evitar la reincidencia?

No, la autoridad de prisión que yo conozco tiene la misión de reprimir y castigar. A ellos les interesa que tú seas sometido. Esa es su misión y para eso trabajan y están formados. Yo vi cosas inconcebibles, y no solo con nosotros los presos políticos, sino con los comunes. Yo vi a un guardia propiciar un asesinato: abrir una celda para que un criminal matara a otro preso común. También recuerdo a otro guardia que llevó a un muchacho joven para que lo violaran. Después supimos que los presos comunes lo mataron.

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