Antes de ser encarcelado durante la Primavera Negra de 2003, el periodista independiente Fabio Prieto Llorente (63 años) solía leer varios libros a la vez. Sin embargo, durante sus siete años y medio en prisión el amor por la lectura se fue apagando. Ya para su último año preso no leía, y desde su destierro en 2010 asegura que apenas ha terminado un libro. No explica por qué, pero esta es apenas una de las tantas secuelas físicas y psicológicas que le dejó la prisión política.
Prieto fue encarcelado por su actividad periodística. Trabajaba como corresponsal en la Isla de la Juventud del sitio cubafreepress.org y la agencia Havana Press, ambos ilegales y perseguidos. Las autoridades cubanas lo detuvieron el 19 de marzo de 2003 en Nueva Gerona y, tras un juicio sin garantías, lo condenaron a 20 años de cárcel. Durante los años siguientes, estuvo recluido en las prisiones de Guanajay (La Habana), Kilo 8 (Camagüey) y El Guayabo (Isla de la Juventud).
A lo largo de ese tiempo, Prieto publicó no pocas denuncias desde la prisión. Sin embargo, él mismo no estuvo ajeno a la dureza de la cárcel. Allí, vivió confinado en aislamiento durante largos períodos de tiempo, convivió con presos de alta peligrosidad, fue atacado por al menos un recluso común, vio limitada su comunicación con el mundo exterior, inició huelgas de hambre y sufrió múltiples problemas de salud, incluyendo afecciones pulmonares, hemorroides, hipertensión, duodenitis crónica e hígado graso.
Gracias a gestiones del Gobierno español y la Iglesia católica, Prieto fue excarcelado en 2010 junto a gran parte de sus compañeros de causa, pero a cambio de su destierro. Tras una primera estancia en España, se asentó en EEUU. Actualmente vive en Oregon, desde donde conversó con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas sobre sus largos años de prisión.
Fuiste uno de los 75 encarcelados durante la Primavera Negra.
Sí. En ese momento ellos no podían borrar la disidencia dentro de Cuba, pero sí querían apaciguar la situación, porque había muchas protestas públicas. En la Isla de la Juventud, por ejemplo, la gente distribuía declaraciones de derechos humanos, ponía carteles de "Viva la democracia", "Queremos libertad". La cosa se les estaba saliendo de las manos. Esa fue una de las causas principales por las que nos encarcelaron.
¿Qué sucedió ese día?
A mí me detuvieron dos agentes de la Seguridad del Estado en una moto. Estaba en la casa de mi familia. Siempre que me iban a detener, me tiraba al piso y empezaba a gritar "libertad". Así evitaba que me arrestaran porque ellos son alérgicos al escándalo. La Seguridad del Estado trabaja como una mano negra: no quieren que nadie sepa que ellos existen, quieren que la gente los sienta y los sufra, pero no los vea. Esa vez, cuando me detuvieron, me dijeron: "no te vamos a meter preso, lo único que vamos a hacer es hablar contigo". De esa manera me llevaron a una estación de policía, donde estuve un rato, hasta que me llevaron para Villa Marista.
¿Cómo fue el juicio?
Un paripé. Llevaron para un teatro a gente que no sabía ni para qué la llevaban allí y empezaron a grabar para ver si yo decía algo que les conviniera, para publicarlo. Pero no publicaron nada porque no tenían nada que les beneficiara. Le dije a mi abogado: "lo único que quiero es que preguntes en mi barrio cómo yo vivo, si (mis vecinos) piensan que soy un asalariado", porque ellos decían que nosotros estábamos "al servicio del imperio". Pero él no llevó a ningún testigo. Los llevó la misma policía, para que hablaran a favor de ellos, pero hablaron a favor mío.
Cuando empecé a declarar dije lo que pensaba. Entonces dos guardias me levantaron y me sacaron de ahí. Al final me sentenciaron a 20 años de prisión, aunque ya antes del juicio ellos sabían a cuánto me iban a condenar, porque me lo dijeron. Así operan allí. Al final estuve preso siete años y medio, desde el 19 de abril de 2003 hasta el 10 de octubre de 2010, cuando me sacaron para España.
¿En qué prisiones estuviste?
Los dos primeros años estuve en Guanajay, La Habana. Después me mudaron a Kilo 8, en Camagüey, donde estuve otros dos años. Para mi familia era una misión ir a las visitas allá, que eran de una o dos horas cada cuatro meses. Se demoraban tres o cuatro días en llegar por el transporte y esas cosas, además de que iban cargados. Los últimos años los hice en la Prisión El Guayabo, en Isla de la Juventud, que es donde vivía mi familia.
¿Alguna vez te explicaron el porqué de esos traslados?
No. Cuando íbamos para la prisión de Camagüey, nos dijeron "recojan todo lo de ustedes que se van" y nos montaron en una guagüita sin asiento ni nada, tirados en el piso. No sabíamos ni para dónde íbamos. Me enteré cuando llegué a los calabozos, por los mismos presos.
¿Cómo era la vida en las prisiones?
La gente decía que Kilo 8 era la prisión más mala de Cuba pero yo me sentí mucho peor en El Guayabo. En Camagüey por lo menos no había mosquitos. En Isla de la Juventud eso era un infierno porque la prisión está ubicada en una zona inhóspita, cerca de la costa, con una cantidad tremenda de jejenes y mosquitos. Todavía tengo marcas de las picadas. Además, no me dejaban tener ventilador. En Camagüey estuve prácticamente todo el tiempo en una celda de aislamiento. Cuando llegué, no dejaban tener luz allí. Costó trabajo que me permitieran tener un bombillo para leer por las noches.
A todos nosotros nos ponían con presos comunes. En Camagüey, una vez me encerraron en un cubículo con 12 presos. Pero me empezaron a robar cosas. Me sacaban dos o tres cucharadas de leche en polvo y así… Cuando me di cuenta, recogí mis cosas y empecé a gritar "Abajo Fidel", "Abajo el comunismo". Enseguida me sacaron de ahí y me llevaron para la celda de aislamiento otra vez. Allí nunca estuve en un lugar donde pudiera decir "estoy donde debo". Nunca estuve con otros presos políticos. Trataban de alejarme lo más posible de ellos.
¿Cómo eran las condiciones en general de esos lugares?
En Camagüey la celda medía cerca de un metro de ancho por cuatro de largo. La cama era de cemento. Ahí dormí nueve meses continuos. Había un turco (manera coloquial de referirse a una letrina de hueco en el piso) y de arriba caía un chorro de agua dos veces al día. También había un lavadero para acumular agua. En El Guayabo la celda era un poco más ancha y para dos personas, aunque yo siempre estuve solo. Allí tuve colchones hechos de sacos de arroz y hojas de plátano. Las galeras tendrían más o menos 20 metros de largo por tres de ancho, donde vivían 12 presos, en literas. Siempre eran lugares bien apretados, estrechos, con un baño para todos.
La limpieza tenías que hacerla tú mismo. Cada vez que yo llegaba a una celda, estaba negra de la cantidad de churre acumulado. Ahí la policía no entraba, salvo cuando iba a hacer una requisa. A ellos no les importaba si estaba sucio, solo les interesaba ver si tenías un cuchillo o, en el caso de los presos políticos, un libro. Una vez se llevaron una revista porque tenía una foto de George Bush. Los destacamentos estaban más limpios.
¿Fuiste discriminado?
Por razones políticas, claro. Ellos me pintaban como el enemigo. Y como no podía con ellos a la fuerza, les hice una guerra psicológica. En Camagüey los guardias eran unos asesinos, daban unas golpizas tremendas. Les partían la cabeza y los brazos a los presos, algunos terminaban ingresados en terapia intensiva. Ellos decían que allí se la cobraban al preso que le hiciera algo a un guardia en otra prisión. ¡Y se las cobraban bien caro! Yo empecé a hablar con esos mismos guardias, a explicarles la realidad. Pero yo me quedé traumatizado por todo lo que pasé. Fue duro, siete años bajo una tortura constante y un aislamiento perverso.
¿Recibiste tratos hostiles por parte de los oficiales de la prisión?
Una vez trataron de darme golpes. Fue entre dos: un teniente que era cinta negra en karate y un guardia normal, pero yo puse las mano atrás y dije, "Si quieren, den golpes, pero yo no me voy a fajar con ustedes, porque aunque yo gane, van a venir más guardias y no van a parar hasta que no me desbaraten". Me empujaron, pero como vieron que yo no respondía, no hicieron más. Por esas mismas fechas a mi hermana la habían arrastrado en una protesta por La Habana. Después me daban empujones a veces, pero una golpiza como tal, nunca. Sí conozco a otros a los que les dieron golpes, como a Juan Carlos Herrera Acosta, al que le pisaron la cabeza con una bota y cosas así.
¿Fuiste interrogado por agentes de la Seguridad del Estado?
A cada rato alguno de la Seguridad del Estado me sacaba y me "entrevistaba". Normalmente, me metían en una oficina y ahí empezábamos a hablar. Muy pocas veces me sacaban los funcionarios de la prisión, aunque el segundo jefe de Kilo 8 lo hizo una vez. Me llevó a un teatro, se sentó en la parte de arriba y empezó a hablar. Después le dije "Usted me confunde mucho. Habla como si fuera una persona normal, se ve que está bien preparado, pero la idea que yo tengo es que usted es un monstruo". El hombre se puso colorado. Se veía avergonzado y me dijo: "es verdad, llevo veintipico de años aquí y a veces uno se extralimita". Pero en la prisión no me hacían nada si no era ordenado por la Seguridad del Estado. Ellos tenían que llamar a la Seguridad para cambiarme de celda, para llevarme al médico, para todo necesitaba su autorización.
¿Sufriste algún tipo de tortura física o psicológica en prisión?
Casi todos los oficiales de la Isla de la Juventud participaban de eso, que era constante. A veces, por la mañana venían dando con una cabilla en la reja, para tenerte alterado. En Camagüey, ponían una bocina enfocada para mi celda con discursos de Fidel Castro o música, el día entero ahí a todo volumen. Eso me volvía loco. Empezaba a dar con un pomo en la reja y a gritar "Abajo Fidel". Entonces venía un guardia y quitaba la bocina, pero al poco rato la volvía a encender y cuando yo protestaba otra vez me decía que los presos lo pedían.
Ellos tenían mil formas de torturarme psicológicamente, y la tortura física fue permanente, desde que entré hasta que salí, porque siempre estuve en una celda chiquitica, que muchas veces no podía ni moverme. Una de las cosas que más extrañaba era caminar. Hacía ejercicio, pero no podía caminar. Y eso era terrible para mí, pero así pasaron años y años que me dejaron bastantes secuelas. Todo eso lo ordenaba la Seguridad del Estado.
¿Te colocaron esposas u otros métodos para inmovilizarte?
En el juicio me encadenaron de pies y manos. Siempre que me iban a sacar de la prisión me ponían esposas a la espalda. A ellos no les importa hacerlo. Si mañana les dicen "mátalo", te matan. Porque siempre tienen gente para todo. Allí no hay más ley que lo que digan ellos.
¿Podías comunicarte regularmente con tu familia?
Una vez a la semana tenía teléfono, pero a veces no me dejaban llamar. Y las cartas tenía que entregarlas abiertas. Por eso todo lo que escribía lo escondía en un zapato o en el calzoncillo y se lo daba a mi familia. Así sacaba las denuncias de lo que pasaba en la prisión. Otras veces le daba el escrito a otro preso y este se lo daba a un guardia que lo sacaba sin saber que lo mandaba yo. De esa manera saqué muchas cartas, con un preso común que simpatizaba con nosotros, los políticos.
¿Presentaste quejas formales en la prisión?
No, porque de todas maneras tampoco servía para nada. Eso era faltarse el respeto uno mismo: quejarse con quien te estaba haciendo las cosas.
¿Tus familiares o allegados sufrieron represalias por tu encarcelamiento?
Sí, cómo no. Mi sobrina daba clases en una escuela primaria como instructora de arte y la empezaron a presionar para que pusiera frases de Fidel y Raúl. Ella dijo que no, porque esos hombres tenían preso a su tío y no eran patriotas, sino unos dictadores. La directora de la escuela trató de ayudarla, pero al final la botaron. A mi hermana también la acosaron, salió de Cuba enferma de los nervios. A mi hijo lo tenían siempre en jaque, aunque yo le dije que no se metiera en política. Mi mamá una vez iba caminando por la calle cuando unas personas mayores le dijeron "a tu hijo lo vamos a matar en la prisión por gusano, por contrarrevolucionario". Y así le hicieron muchas cosas a mi familia, incluyendo actos de repudio.
¿Supiste de alguna muerte o intento de suicidio en prisión?
Una vez llevaron para Kilo 8 a un preso del Combinado del Este que había sido cabecilla de una protesta. Lo pusieron solo. El que estaba en la celda de al lado mío lo conocía. Al otro día me dijeron que estaba en el piso, muerto. Dijeron que se había suicidado, pero a mí me extraña mucho. Allí le cobraban a la gente lo que hacían en otros lugares.
¿Cómo era la alimentación allí en prisión?
Las bandejas siempre venían llenas de grasa, de churre, porque no las fregaban con detergente. Por eso yo no comía en el comedor. A mí me echaban lo que hubiera en unos pozuelos. Siempre era malísimo y algunos presos no se lo comían. Yo sí. Mayormente daban un sancocho que hacían con un poco de harina de pan y huesos de vaca hervidos. Eso es lo que daban como "plato fuerte". A veces molían frijoles de soya y se lo echaban a ese mismo mejunje y decían que era "picadillo de res". Todo lo que daban eran pastas y cosas inventadas por ellos. De vez en cuando un poquito de arroz, frijoles con un pedacito de pan viejo.
Los viernes daban un cuarto pollo, aunque siempre era menos. Esa era la única carne real. Ellos les decían a los presos políticos que ese pollo se los daba Fidel, entonces muchos de nosotros decían que no lo querían. Pero cuando venían a decirme eso, yo les respondía: "dile a Fidel que mande más, que él me tiene preso por gusto aquí y me tiene que alimentar".
¿Y el acceso al agua?
En Camagüey era muy limpia, igual que en la Isla, hasta que se derrumbó un pozo. Después llegaba amarilla de tanta tierra. Y tenías que tomarla así o no tomar, porque ellos nunca dieron otro tipo de agua. Tenías que ponerla en un cubo y dejarla dos días para que la tierra se asentara. Entonces podías tomarte la de arriba. Estuvo así ocho meses. Lo denuncié varias veces.
¿Te facilitaban artículos de aseo, uniformes?
En Camagüey primero daban un jabón de baño y uno de lavar cada tres meses, y después la mitad. Yo se lo regalaba a los presos, porque eran de malísima calidad y mi familia me llevaba todas esas cosas. En la Isla no daban ningún tipo de aseo. Los uniformes los daban cada dos años. Yo lo usé al principio, pero cuando llegué a Camagüey querían que me lo pusiera obligado. Entonces, cuando me daban uno, se lo regalaba a los presos. No usaba uniforme. Una vez me dijeron que si no me lo ponía no me iban a dar la visita y ese día me lo puse, porque yo no iba a permitir que mi familia fuera desde lejos para no verme. Ya después lo regalé y más nunca me dijeron nada.
¿Los médicos inspeccionaban la higiene y la alimentación de los reclusos?
Los médicos son del sistema. Tienen que hacer lo que los militares les digan. Si no, los sacan de allí. Una vez escuché a un psicólogo decirle a un guardia "Ahora cuando yo me vaya le das una tranca a este", en alusión a un preso que había ido a ver. Le dije "usted si es un buen psicólogo, mandando a dar golpes aquí a los presos". Nunca más lo vi.
A mí me hicieron varios chequeos médicos. Incluso una vez nos llevaron de Camagüey a La Habana nada más que a hacernos uno. Usaban la medicina como un arma. Yo tenía mis cosas de enfermedad, pero nada que pudieran usar para torturarme. Aun así, trataron de hacerme adicto a un medicamento.
¿Conviviste con alguien que tuviera alguna discapacidad o enfermedad grave?
Sí, con muchos presos comunes inválidos o con problemas psiquiátricos a los que a veces metían allí solo por estar en la calle. Si se quedaban tranquilos los dejaban en la prisión; si no, los mandaban para Mazorra.
También recuerdo a cinco enfermos de SIDA a los que no les daban tratamiento. Incluso les quitaron la dieta, que era comida de militares. Hasta que un día empezaron a gritar "Abajo Fidel", "Viva la democracia", "Queremos libertad" y otras cosas. Entonces llegaron más de 40 policías junto al segundo jefe de la prisión, que parecía un loco y mandó que les dieran golpes.
Los presos con SIDA se habían desnudado y habían embarrado de heces fecales las rejas y los candados, pero así y todo les entraron a palos. Después bajaron para donde estábamos la mayoría, le dieron a otros dos presos y todo el mundo se cayó. Ahí fue cuando yo me dije "a esta gente hay que hacerle una guerra psicológica, con esta gente no se puede enfrentar uno".
¿Había presos que recibían mejor trato que otros?
Si alguien entra a una prisión por violar a un niño o algo así, como no tiene moral ni nada, ellos tratan de usarlo para que les informe sobre todo lo que pasa en la prisión. Lo otro es cuando entra el hijo de un militar o de un policía. Yo conocí a uno que mató a la que había sido su novia y a la pareja. Le echaron alrededor de 20 años y lo metieron en Kilo 8, pero al año y algo ya iba a tomar clases para hacerse enfermero. Uno pasaba semanas sin verlo y los guardias decían que estaba en la escuela.
¿Recibiste algún tipo de asistencia social mientras estuviste en prisión?
En Camagüey vi una vez a un sacerdote católico, igual que en la Isla de la Juventud. Pero ya, después de eso nunca más me sacaron a ver a nadie.
¿Podías tomar sol mientras estabas recluido?
En Camagüey, la mitad de arriba de la celda era una reja de cabillas. Por ahí pasaba el sol, pero no podía moverme ni nada. Dentro de la celda podía hacer planchas o algún otro ejercicio. En la Isla me sacaban solo a un patio cercado durante una hora, de lunes a viernes. A veces sacaban a otro preso y me ponía a jugar cancha con él. Pero a los presos políticos siempre trataban de mantenerlos aislados de otros presos políticos. La Seguridad del Estado vigilaba que eso no sucediera.
Yo les contaba a todos los guardias por qué estaba ahí, quién era yo, qué había hecho y todas esas cosas. Y muchos decían "lo que le han hecho a este tipo es un descaro". Entonces trataban de ayudarme en lo que podían, aunque si me tenían que dar una entrada de golpes me la daban. Algunos lo intentaron, pero gracias a Dios nunca me dieron.
¿Crees que las autoridades tienen la intención de reducir las diferencias entre la vida en prisión y la vida en libertad, así como de evitar la reincidencia de los reclusos?
Nada de eso. En la prisión tratan de reducirte todo lo que puedan para que no protestes porque la comida está mala, porque no hay medicinas, porque no hay médico, porque la gente está sucia, porque las condiciones son terribles o porque un guardia abusó contigo. Ni te reeducan ni tratan de que mejores como ser humano. Todo lo contrario.
En Camagüey, por ejemplo, la mayoría de los presos del área de condenados a muerte o a cadena perpetua venían de las "escuelas de conducta" para menores. A esos niños los torturan de todas las formas posibles. La gente que debe cuidarlos, ayudarlos, protegerlos, no tiene la calificación mínima para hacerlo. Lo que hacen es acabar con esos chiquitos, robándose su comida, torturándolos para que no protesten, para que no le digan nada a los padres. De reeducar, a nadie.