El rostro de Luis Roble Elizástigui es uno de los primeros en acudir a la memoria cuando se piensa en una protesta pacífica en Cuba. El 4 de diciembre de 2020, este joven de entonces 27 años decidió pararse en el Boulevard de San Rafael, en La Habana Vieja, con un cartel en el que podía leerse "Libertad. No + Represión. Free-Denis", esto último en alusión al rapero contestatario Denis Solis, cuyo encarcelamiento había provocado el acuartelamiento del Movimiento San Isidro apenas unos días antes.
Pese a realizar su denuncia de forma totalmente pacífica, Robles fue detenido y llevado para la estación policial de Zanja, en Centro Habana, y más tarde para Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado en la capital cubana. Después de un tiempo, fue trasladado a la prisión Combinado del Este, hasta que finalmente fue transferido al campamento de trabajo correccional perteneciente a la prisión 1580, en Guanabacoa, donde concluyó los cuatro años y seis meses que pasó recluido por los supuestos delitos de "propaganda enemiga" y "desobediencia".
En prisión, Robles sufrió humillaciones, maltratos, torturas, interrogatorios, celdas de castigo y falta de atención médica para sus padecimientos renales, de hemorroides y de la piel, entre otros. En varias ocasiones, las autoridades cubanas le negaron la libertad condicional. Por estas razones, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) otorgó medidas cautelares a su favor y Amnistía Internacional lo declaró preso de conciencia.
Robles fue liberado en enero de 2025 como parte de un grupo de más de 500 presos excarcelados por el régimen cubano. Meses después, en octubre, se exilió en Madrid, España, desde donde conversó con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas sobre su experiencia como preso político.
¿Cómo fue tu proceso?
Mi proceso penal fue bastante turbio. Ellos no tenían base legal para acusarme. Tardaron un año y un mes para construirme todo. Me aplicaron "desobediencia" y "propaganda enemiga". El abogado fue bastante claro. Me dejó saber que, aunque legalmente no había causa para tenerme preso, yo iba a ser sancionado; que aunque no hubiera modo, ellos lo iban a inventar; que como mi caso era político, no iba a estar basado en la ley, sino usado como escarmiento para la población. Ahí no hay ley ni derecho que valga.
¿Te informaron tus derechos cuando ingresaste en prisión?
Lo pedí, pero me dejaron claro que al ser considerado un contrarrevolucionario mis derechos desaparecían automáticamente. Lo que pasara conmigo era plenamente decisión del Estado. Como ciudadano, como recluso, como interno, no tenía nada que me defendiera. Solo se me hizo saber que tenía que callar y aguantar. Cuando uno cae preso en Cuba, tus derechos como ser humano desaparecen. Te conviertes en un objeto del Estado, del Ministerio del Interior, que decide qué hacer contigo. Usted legalmente no tiene derecho sobre su vida. Yo no tenía que haber ido preso, menos a un régimen de máxima seguridad. Mi caso fue por una protesta, no por un asesinato ni nada grave. Fueron injustos conmigo al meterme en un centro para asesinos, violadores, para lo peor del país.
¿Cómo eran las condiciones de los penales donde estuviste?
Insalubres e inhumanas. Las construcciones estaban en malas condiciones. Tenías que tener cuidado porque te podía caer un pedazo de techo en la cabeza y matarte. Las paredes, que en realidad eran barrotes, estaban verdes de la humedad, que se te metía en los huesos porque aquello era prácticamente a la intemperie. Cuando llovía, entraba el agua; cuando hacía frío, entraba el frío, y así. Aquello no era apto para seres humanos ni para animales. Eran condiciones horribles para tener personas encerradas allí por años.
Yo estuve en varios tipos de celda. Estuve en una de 3x2 metros en la que vivíamos tres reclusos. Estuve en una de más o menos 4x4 metros donde normalmente había entre 45 y 50 reclusos, pero cuando las prisiones se llenaban mucho, como sucedió después del 11J, había más de 100 personas. Metían más literas y cuando ya no cabían más, los nuevos dormían en el piso con colchones, los que alcanzaban, porque algunos tenían que dormir sobre una tabla o una sábana. Allí no había espacio para tener a tantas personas.
Las condiciones de los baños eran asquerosas, insuficientes para cumplir con un mínimo de higiene. Los baños eran un hueco en el piso, tres o cuatro para 100 personas. Ahí veías los desechos, las heces, y todo ese olor se respiraba dentro de la compañía el día entero. Las duchas igual, tres o cuatro, las colas para bañarse eran largas. Sobrevivir ahí era horrible.
¿Les facilitaban artículos de aseo?
Por reglamento tendrían que darlo. Cuando yo ingresé, te entregaban un jabón de baño y de lavar, una pasta dental y un papel sanitario. Pero a raíz de que la situación se fue poniendo más difícil, ya no te daban dos jabones, sino solo el de lavar, después la mitad de ese y, en lugar de la pasta de dientes, un papel sanitario. O sea, que al principio eran cuatro cosas, después dos, después una y así. Un desastre. La familia era la que tenía que proveer a los presos de las cosas esenciales de aseo. El uniforme, tenía entendido, debían cambiarlo cada tres meses, pero yo estuve dos años con el mismo. Al que no tuviera toalla le resolvían alguna, pero de uso y en muy malas condiciones. Y en los cuatro años y medio que estuve preso, solo vi repartir mantas dos veces y porque hacía un frío insoportable, que incluso hubo personas mayores que fallecieron.
¿Cómo era la alimentación?
La comida era un asco. A veces venía descompuesta, otras veces llegaba con animales muertos: una rata, una cucaracha. Allí no había condiciones higiénico-sanitarias suficientes para manipular los alimentos. A veces se caía comida al suelo y así mismo la volvían a echar en la bandeja. Aquello parecía comida para puercos, no para personas. Era desagradable y totalmente antihigiénico. Sobre el agua, varias veces llegamos a enfermarnos con parásitos y desórdenes digestivos por su mala calidad. A veces llegaba con mal olor y con un color amarillento, y era que donde la almacenaban había animales muertos. Esa era el agua que tomábamos, sin tratamiento ninguno.
¿Los médicos inspeccionaban la higiene y la alimentación de los reclusos?
A la prisión iban comisiones médicas, pero realmente nunca hacían su trabajo. Nunca revisaron la comida de los presos ni fueron a ver las condiciones en que vivíamos. Además, cuando esas comisiones iban, ellos —los oficiales y trabajadores de la prisión— arreglaban todo de una manera diferente. Aún así los problemas se veían, pero ellos hacían la vista gorda porque todos son cómplices de la misma maquinaria.
¿Fuiste discriminado en prisión?
Sí. A mí no me trataba igual que a los otros presos comunes. Por mis creencias y pensamientos políticos, me maltrataban, me humillaban, me denigraban e intentaban hacerme cosas denigrantes frente a los otros reclusos. Eso lo hacían los jefes de la prisión y muchos guardias, gente a la que yo en mi vida había visto, pero a las que, al parecer, le daban órdenes de maltratarme y humillarme. Yo estaba fichado dentro de la prisión por mi pensamiento político. Eso era una marca. Tenía que ponerme bastante fuerte porque lo de ellos es destruirte moralmente, hacerte sentir que no vales nada. Yo sentí la presión de ser un disidente político de esa dictadura.
¿Recibiste tratos hostiles por parte de los oficiales de la prisión?
Sí, sufrí persecución por parte de los jefes de la prisión: el teniente coronel Yordani, al que le decían El Chino, que trabaja en el órgano central de prisiones de La Habana; el teniente coronel Osmani García Frías, que me hizo bastante guerra, humillaciones y tortura psicológica; había otro de la Seguridad del Estado, cuyo alias era Pedro, al que le encantaba amenazar a mi familia.
Me tuvieron en celda de castigo varios días, sin comer, sin ropa, sin colchón, durmiendo en una cama de cemento. Otras veces me aislaban y me dejaban sin comunicación. Allí, producto de la misma insalubridad y la humedad, me salieron unas erupciones en la piel. Pedí atención médica y no me la dieron. Me tuvieron más de 15 días así, hasta que las erupciones se me infectaron. Prácticamente mudé toda la piel. Parecían quemaduras; fue algo sumamente doloroso. Recuerdo que cuando ese oficial de la Seguridad del Estado, Pedro, me vio en ese estado, se sonrió y me dijo que la única manera que yo tenía de terminar con ese sufrimiento era que me doblegara ante ellos, que aceptara colaborar, que depusiera mis convicciones.
Otra tortura que me impactó mucho, porque me parecía estar viviendo una película de terror, era cuando me cambiaban de celda entre tres y cuatro oficiales, pero como si fuera un terrorista, sin ropa. Me parecía algo humillante e inhumano. También me encadenaban de pies, manos y cintura. A cada rato me lo hacían: me ponían contra una pared, parado, encadenado de pies y manos, y no podía ni agacharme ni descansar. A veces desde por la mañana, sin comer, hasta por la tarde, encadenado en una esquina, sin motivo ninguno, solo por ser un disidente político. Al rato, los pies se empiezan a hinchar y aquello se te empieza a incrustar en la piel, en la carne; te lastima e incluso empiezas a sangrar. Ellos disfrutaban eso.
¿Hubo algún tipo de castigo para quienes te torturaron?
No. De hecho, entre más bajos y sanguinarios son, más los premia el régimen. Mi familia presentó muchas quejas, pero las respuestas siempre fueron superficiales. Nunca se investigó nada a profundidad, no había la voluntad de hacerlo. Cada vez que mi familia se quejaba, ellos arremetían contra mí.
¿Fuiste interrogado por agentes de la Seguridad del Estado mientras estuviste recluido?
Sí, casi todas las semanas tenía interrogatorio con la Seguridad del Estado. Me interrogaban a prácticamente cualquier hora, incluso a las 12:00 de la noche o a la 1:00 de la madrugada, cuando todos los reclusos estaban durmiendo. Allí me amenazaban con meter presa a mi familia o con que me podía pasar cualquier cosa si no colaboraba con ellos. Fue algo con lo que tuve que aprender a vivir. Nunca en vida me habían amenazado tanto ni tan seguido.
Antes mencionaste las celdas de castigo. ¿Pudieras describir sus condiciones?
Son un pedacito de cuarto de 2x2 metros con un baño atrás que es un hueco en el piso que nunca se limpia, que siempre está lleno de papeles, de heces fecales, de todo tipo de desechos, por lo que el olor característico de la celda es el del amoniaco. Como esas celdas son mayormente subterráneas, las paredes se ponen verdes de la humedad. Y casi siempre quedan frente a un pasillo aislado, que no da a ningún lugar y por donde no se ve pasar a nadie.
¿Las autoridades toman en cuenta el criterio de los médicos antes de enviar a un recluso a aislamiento?
Tendrían que hacerlo, pero no lo hacen. A mí me metieron en una celda de castigo estando con una crisis de hemorroides. Llevaba varios días perdiendo mucha sangre, casi sin poder pararme de la cama, y aún así el médico puso en el informe que yo estaba apto. Y luego no te visitan a menos que estés muriéndote. El deseo del médico es que te mueras rápido. Lo escuché una vez que llevaron a uno a atender a un recluso que estaba casi muriéndose y el médico dijo: "ojalá se muera rápido y salimos de eso". Esos médicos son cómplices, crueles, de la misma calaña.
Según tu experiencia, ¿hay prisioneros que reciben mejor trato que otros?
A los que colaboran con la Policía o hacen el trabajo sucio dentro de la prisión les dan más comida, más tiempo para que hablen con sus familiares, más visitas, incluso la posibilidad de ir a sus casas. Los oficiales los ponen como jefes de disciplina porque les son útiles para mantener el control sobre los demás reclusos.
¿Cuando ingresaste en prisión, te hicieron exámenes médicos?
Sí, me hicieron una prueba de sangre y una de salud mental, pero no tuve acceso a los resultados. Tampoco llevaron registro de mi historial médico. De hecho, yo llevé mi historial y, para no atenderme, lo desaparecieron. Al principio, cuando me enfermaba, yo exigía que se me atendiera, pero llegó el momento en que dejé de pelear por eso porque me di cuenta que no tenían interés. Nunca recibí la atención médica necesaria. El deseo de ellos era que yo me muriera dentro de la prisión. Usaron mi salud como método de castigo.
Esa es una de las cuestiones más precarias de la prisión: no hay medicamentos, nunca hay médicos para atender a nadie; si los presos tienen un dolor, no los quieren llevar al centro médico. Podías pasarte un año solicitando servicios médicos y nunca te atendían, a menos que fueras familiar de alguien importante. Siempre se limpiaban con que la situación del país estaba mala por culpa del bloqueo. Es horrible. Los presos no cuentan con ninguna condición médica dentro de la prisión, al menos en ninguna de las que yo estuve. Muchos han muerto por eso.
¿Te ofrecieron la posibilidad de trabajar en la prisión?
En el campamento, sí era obligatorio trabajar en lo que ellos quisieran. Pero dentro de la prisión, no. Allí el trabajo es un privilegio porque es la única forma que tienen los presos de no estar encerrados el día entero y, por supuesto, a mí no me iban a dar ningún tipo de beneficio por ser opositor político.
¿Practicas alguna religión?
Sí, desde niño profeso la religión cristiana. En prisión no me permitían recibir asistencia espiritual. Oí que a veces se hacían encuentros entre la iglesia y algunos reclusos, pero eran reclusos seleccionados por ellos, afines a su discurso. No cualquiera que solicitara el servicio podía recibirlo, solamente los privilegiados.
¿Tenías comunicación regular con tu familia?
Irregular, y las autoridades controlaban lo que yo hablaba. Si le decía a mi familia que me estaban haciendo algo, me quitaban el teléfono un mes o me desaparecían en una celda de castigo. Para mantener una comunicación más o menos regular, tenía que mentir.
¿Tus familiares y allegados recibieron algún tipo de represalia por tu encarcelamiento?
Sí, mi familia recibió mucha persecución política. Mi madre, mis hermanos. Interrogatorios, amenazas, asedio. Incluso hoy, que logré salir de Cuba con parte de mi familia, la que quedó adentro sigue recibiendo amenazas, persecución, intimidación. Para ellos no es suficiente haber castigado a una persona. Ellos van a por la familia completa.
¿Supiste de alguna muerte o intento de suicidio en la prisión?
Sí, en la prisión supe de presos que se suicidaron o que lo intentaron. Eso se ve mucho cuando les imponen sanciones injustas o penas muy altas. Algunos intentan ahorcarse, otros cortarse las venas. Recuerdo a un muchacho del 11J [las protestas de julio de 2021] que se ahorcó. Cuando alguien hace eso, es duro y traumático hasta para los otros reclusos.
¿Crees que las autoridades tienen la intención de facilitar la vida de los reclusos y reducir su reincidencia?
No creo que haya una mínima intención de reintegrar o reeducar, más bien siento que desde las mismas autoridades hay discriminación hacia quien ha estado preso. El Estado, el Gobierno, son los primeros que alejan de la sociedad a estas personas, que las estigmatizan. Para ellos, cuando vas preso eres un delincuente, dejas de ser un ser humano. Es una deshumanización total. No obstante, yo estoy muy orgulloso de haber ido preso por defender lo que pienso, lo que siento, la verdad de los cubanos.