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Opinión

El fallido intento de someter a Manuel Cuesta Morúa

Amenazas, golpes y humillaciones contra una de las voces más moderadas de la oposición retratan la inseguridad del poder en Cuba.

Madrid
El opositor cubano Manuel Cuesta Morúa.
El opositor cubano Manuel Cuesta Morúa. EFE

La cultura del miedo es inherente al autoritarismo, es el arma intimidatoria que nos mantiene secuestrados en una realidad que nos supera, pero que tratamos no nos derribe y controle totalmente a través del permanente ejercicio de las disciplinas mentales.

Esa cultura no solo afecta a los amenazados; los amenazantes también se convierten en victimarios-víctimas de un perverso juego de degradación moral. Estos, sometidos a un poder ineficaz e injusto que languidece, dan vuelta en círculos permanentes dentro de sus propios errores y horrores.

¿Hay salidas? Sin duda tienen que existir posibilidades para despertar de este mal sueño.

Hay quien dice que las mejores vacunas son la razón y el pensamiento libre. Pero creo que para conseguirlo se ha de pasar, indefectiblemente, por el cambio a nivel personal. El campo de batalla está en uno mismo; es ahí donde debemos empezar a actuar ya que la revolución comienza a nivel personal.  Este es el camino que preconiza el Consejo para la Transición Democrática en Cuba, impulsado con determinación desde la presidencia.

La detención, la amenaza, los golpes y la humillación sufrida por Manuel Cuesta Morúa —esta última según me dijo la convertirá en un vivido testimonio en su momento— es la muestra más evidente del desasosiego y el temor que se esconde tras el régimen castrista.  

Craso error, que solo demuestra la fragilidad y el temor de un sistema que intenta acallar a una de las voces más sensatas de la oposición cubana, quien solo busca desde el CTDC encontrar un camino de la Ley a la Ley para que Cuba, su país, el nuestro, el de todos, pueda superar la dramática situación que vive. Enquistado por la deficiente y nociva gestión de la dictadura cubana.

Querer aplicar un correctivo a quien abiertamente cree que el campo de batalla para conseguir la libertad y la reconciliación nacional ha de pasar indefectiblemente por el cambio a nivel personal, y desconocer los esfuerzos que se están haciendo para lograr un futuro para Cuba, es una gran estulticia y una enorme irresponsabilidad que caerá sobre los hombros de quien lo aplica.

Irónico que todo esto coincida con el paquete ultraliberal que avizoran las 176 medidas y sus 23 ejes de transformación económica.

¿Es de fiar un régimen que amenaza de muerte a un ciudadano pacífico y promete apertura total al capitalismo global? Pregunta retórica para una respuesta evidente: solo el Estado de derecho, la convocatoria a todos los ciudadanos para una conversación nacional y la eliminación de las dos obsolescencias políticas que recogen los Artículos 4 y 5 de la Constitución cubana despejarán la puerta hacia la confianza necesaria para estas dos cosas imprescindibles: la seguridad jurídica a la inversión y la legitimidad de las decisiones públicas a nombre de los ciudadanos cubanos.

Las opciones para no seguir perseverando en el error continúan abiertas. 

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