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Narrativa

'Algo así como un acceso de fiebre o de locura colectiva'

Un fragmento de la novela 'Memoria de siglos', reeditada ahora en versión ampliada.

París
Cubanos en la Embajada de Perú, 1980.
Cubanos en la Embajada de Perú, 1980. Diario Las Américas

 

—Hace un tiempito de eso, ocurrió algo muy extraño en este lugar. Algo así como un acceso de fiebre, o de locura colectiva, una cosa difícil de entender. Tú sabes, en este país, mucha gente, no toda la gente, pero sí mucha, lo único de que tiene ganas es de irse pa'l carajo, lo más lejos posible, de cualquier manera, cogiendo un bote, una lancha, montándose en el tren de aterrizaje de un avión, a nado, como sea. A pesar de la policía, de los guardacostas o de los tiburones. No sé muy bien por qué, o quizás sí que lo sé, demasiado bien, pero bueno, así es. Y entonces un día, no sabría decirte cómo fue que ocurrió exactamente, a mí me lo contaron, yo no lo viví de adentro, hubo un grupito de gente, de esa gente que no tiene más remedio que irse, que se metió en un lugar extraño, uno de esos lugares fuera de todo alcance, una embajada de un país extranjero, un lugar de donde nadie los pudiera sacar, porque allí se sentían protegidos, como si estuvieran fuera del país, definitivamente. Y luego, otro día, se abrieron las puertas de esa embajada, como por arte de magia o de milagro, como si fuera la cueva de Alí Babá, y se fue metiendo allí un montón de gente, no ya un grupito, un montón, una cantidad impresionante de gente, miles, no exagero, miles y miles, cada vez más gente, con la desesperación en el cerebro y la locura en el cuerpo, con la absurda intención de no salir más de allí, o de irse muy lejos, o de morirse allí mismo, no les importaba un pito de todas formas. Pero después, ya no cabía nadie, todo el mundo se trepaba uno por encima de otro, no había ni dónde sentarse, ni dónde acostarse, ni dónde moverse. Entonces cerraron las puertas y ya no pudo entrar ninguno más. A los que quedaron dentro, les empezaron a tirar comida a través de las rejas como si fueran monos, o perros enjaulados, rabiosos. Y les ladraron encima, como se les ladra a los perros, con altavoces, con mordiscos, con gritos, patadas e insultos. Los perros no podían resistir, solo intentar protegerse, del sol, de los gritos y de los golpes. Se protegían como podían, mecánicamente casi, con las uñas y la rabia y los llantos, con la mirada perdida hacia un afuera lejano, que parecía inalcanzable. Se iban empapando de un olor a trópico particular, un olor a trópico que sabía a infierno, a suciedad, sudor, y sobre todo a humillación. A pesar de todo, aguantaron, Dada, aguantaron. En medio del miedo y del calor. Y se hicieron más fuertes y más libres, Dada, con absoluta dignidad.

—Es curioso... Yo nunca me hubiera podido imaginar tanta miseria bajo un sol tan violento... Y dime, Papá, ¿qué pasó al final con toda esa gente?

—Les dijeron de todo, Dada, los trataron de asesinos, de ladrones, de lumpen, de escoria, de maricones, pero lograron irse, escaparse, huyendo, volando, hacia otro lugar, fuera de la isla.

—Aquí no se habla mucho de eso, ¿verdad?

—Es que no se puede, Dada. Ya son tiempos pasados. La cosa fue hace mucho tiempo, hace años. Y está el miedo, permanente, que persiste cuando se esfuma el terror. Yo me acuerdo, un día yo me atreví a hablar. Fue en un lugar medio raro, lleno de sombras y de tranquilidad. Había como una fiesta, o una reunión, o una fiesta y una reunión al mismo tiempo. Yo había tomado un poquito, por eso fue que me atreví a hablar allí. No tenía miedo, realmente. No es que me crea muy valiente, Dada, pero el miedo nunca ha logrado apoderarse de mí. No sabría decirte por qué, pero así es... Bueno, te estaba diciendo que estaba un poco borrachito y así, de repente, me puse a hablar. Nadie me había preguntado nada pero, como todo el mundo repetía mil veces lo mismo, yo, como siempre, me lancé a soltar todo lo que me salía de los adentros. Eso sí, en términos muy pausados, razonables, casi civilizados, aunque en realidad estuviera ardiendo por los cuatro costados. Pero me tenía que controlar, lo más posible. Para que entendieran bien clarito todo lo que salía de mi boca, para que tuvieran que tragarse todas sus repugnantes certidumbres, el veneno de sus palabras, la violencia de sus dogmas. Y entendieron, Dada, créeme. Los obligué a que me escucharan durante casi media hora, sin que ninguno de ellos se atreviera a interrumpirme. Y yo hablaba, hablaba, y seguía hablando. Lo que decía era terriblemente sencillo. Simplemente que no tenían derecho de tratar así a la gente. Que entre la escoria y el lumpen estaba mi vecina, una viejita de casi 80 años que lo único que quería era volver a ver a su hijo que hacía tanto tiempo que se había ido... Lejos, sin poder regresar al país. Que también, en medio de la basura esa, estaba Plácida, que era como mi madrina, que era como si me hubiera criado, que se había derramado en llanto cuando me había vuelto a ver, después de tantos años, ¿diez? ¿15?, una eternidad. Y el hermano de Chucho, que un día había tenido la ingenuidad y la desgracia de llevar una Biblia al colegio pensando quizás que podía ser un libro como todos los demás, y que la maestra se lo había quitado, diciéndole, gritándole casi, que eso era cosa del pasado, que eso no era un libro, sino mierda, que ese Dios no existía... Después de todo ¿qué sabía ella si existía o no? Y además, ¿qué coño le importaba? No era su problema, era problema del hermano de Chucho, que había acabado por volverse loco, pobrecito, no de una vez, de a poquito, y Chucho también se había vuelto completamente tarado, no por las mismas razones, pero él también, debía ser cosa de familia. Porque los padres lo habían mandado a él solito a casa de unos tíos, a otro país, hacía ya mucho tiempo de eso, anda a saber por qué, Dada, tenían miedo de que les quitaran la patria potestad, eso era lo que se decía en aquella época, o se querían deshacer del pobre Chucho, que había nacido todo torcido, con su forma ridícula de caminar o de correr, parecía que estuviera corriendo al mismo tiempo con una pata y un brazo, o su manera de hablar, babeando, sollozando o llorando, como un niño atrasado, Dada. Todavía me acuerdo del día de la vuelta de Chucho a La Habana. Fue también el día de mi vuelta, pero mi llegada no tenía nada que ver con la de Chucho. La de él fue todo un espectáculo, la mía no.

—Pero, dime una cosa, Papá, ¿ya tú habías estado aquí?

—Por supuesto, mi niño, si yo nací aquí mismito, allá arriba, en la Loma del Cerro. Lo que pasa es que uno, después de tantos viajes, se olvida hasta del lugar donde ha nacido, o confunde las ciudades y las visiones de todas esas ciudades, agarrándose de los cuerpos y de los olores, de los acentos y del recuerdo... Pero yo no te estaba hablando de mí, te estaba hablando de Chucho.

 


Jacobo Machover nació en La Habana en 1954. Sus libros publicados más recientes son El sueño de la barbarie. La complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista (Atmósfera Literaria, Madrid, 2012),  El exilio, lejos del paraíso (Atmósfera Literaria, Madrid, 2016) y Memoria de siglos (segunda edición revisada y aumentada, Betania, Madrid, 2026), al cual pertenece este fragmento.
 

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