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Ensayo

Babel

'No nos hemos olvidado de los dioses. Por el contrario, el hombre moderno se ha empeñado en darles nacimiento a través de sí'.

Caracas
'Construcción de la Torre de Babel' de Maerten van Valkenborch.
'Construcción de la Torre de Babel' de Maerten van Valkenborch. Reprodart

 

No hay que olvidar que en aquel tiempo se realizaron cosas apenas inferiores a la erección de la Torre de Babel, pero de la que diferían mucho —si nuestros cálculos humanos no yerran— en lo que respecta a la aprobación divina. Digo esto, porque en los días iniciales de la obra un letrado compuso un libro que desarrollaba precisamente ese paralelo. Ese libro quería demostrar que el fracaso de la Torre de Babel no se debía a las razones que generalmente se aducen o mejor dicho, que esas conocidas razones no eran las esenciales. Sus pruebas no sólo se apoyaban en informes y documentos: pretendía haber hecho investigaciones en el sitio mismo y haber descubierto que la Torre se malogró —y tenía que malograrse— a causa de lo débil de sus cimientos.


                                                                                        Franz Kafka, La construcción

 

 

Días pensando en escribir.

Lo impropio de escribir no es pensar, no es tener voluntad.

El verbo escribir es transitivo. No es escribir sino escribir qué.

Para ello, hay que atravesar las fronteras de la representación (el hombre está mediado por la representación y reconocerle como lo que es: un animal que, a falta de medios para garantizar su subsistencia, es ofrendado con el don de nombrar). Primero nombrar, después narrar.

Narrar es un instinto natural. Es la experiencia aferrándose a la única naturaleza que torpemente se empeña en transformar y transmitirla. La experiencia se transmite y se delega a la memoria colectiva; la utopía de la historia.

La historia trabaja con los hechos aparentes, la legitimación, las ideologías. El lenguaje, con los mundos posibles.

Hay que  pensar primero y escribir después; el hacer de los pensadores. El narrador piensa con el lenguaje, lo desdobla, se enfrenta a las preceptivas y al cambio de siglo y a una realidad; que habiendo sido pensada desde los antiguos, no está hecha.

El pensador trabaja con la legitimación de las citas: escribe después de haber leído. Un narrador como Cervantes descarta el trabajo de abrir y cerrar las comillas.

Se escribe para pensar. Un pensamiento individual que ampara el sufrimiento colectivo: un tejer y destejer sobre las partes sueltas que la historia no recoge o por ser recientes para su comprensión, o porque al enfrentarse con la vida, aferrándose a su único bien terreno, no encuentra las palabras para nombrarla.

Se escribe de manera personal en cuanto se evita la primera persona.

La escritura que tras encarnar una materialidad producto de siglos y siglos de perfeccionamiento de los signos, sobra por su falta de utilidad para calmar los males de una época.

Primero se atienden las necesidades inmediatas, después se escribe.

***

Hay una voz rendida entre los escombros. Pronuncia el nombre de Dios por no conocer a ningún otro, y por creerse incapaz de esperar acaso la misma misericordia que en vida le ha sido impuesta.  

Su primera palabra es una plegaria, es una oración.

Viene desde la falta de sosiego donde se es incapaz de pronunciar otro nombre, más, asediado por la culpa de perder la lengua con que Dios habló a los hombres, que por la simpatía que obliga a creerle en la capacidad de hablar a cada uno en su propia lengua.

No hay tiempo para pensar en escribir. El texto se escribe y se reescribe con la misma paciencia con que no se espera nada de él.

Acaso pensando en el lector, en un lector que cuando mucho le haga espacio entre el cúmulo de notas que se publican a la primera hora de la mañana siguiente. No es la mañana siguiente. Antes, se ha escrito y descrito, leído releído el texto; ora desde los anhelos de corrección o de revisitar los cimientos indeterminados entre historias que se comienzan y se abandonan sin esperanza del final. Acaso, desde la compasión: no se vuelve a leer para juzgar, sino para hacer preguntas.

Se pregunta para seguir ahondando en lo que se espera decir desde un principio: una palabra ilegítima que no se ajusta a la realidad entreverada por sus signos y por sus atributos, que sobreviva a la relectura.

El problema de tratar la realidad deviene de un problema de intereses: hacer perdurar el discurso cuando se hace frente a una sociedad a oscuras y amedrentada, puesta del revés y que sin pretensiones de dignificar, desplaza sus dominios a la imposibilidad de comprenderla bajo cualquier otro término.

Escribir es añorar una lengua donde cada palabra diga lo que diga y no depare en los infortunios que queriendo nombrar le revele la insignia de sus desperfectos. Cuando mucho, se busca volver a conciliar.  

No se concilia. Se pelea entre el morbo de los noticieros y una verdad que no redunde a la espera de su legitimación.

Narrar también es el arte de los extravíos y de no terminar.

No se busca la legitimación en el pensamiento individual. Antes se construye una imagen. La imagen de un país, una historia que queriendo ser particular resguarda los pormenores de los siglos.

***

La historia de Babel es la historia de la primera lengua, y los esfuerzos por delegar todo sentido de unidad a la lengua de los descendientes. 

Es la esencia de la historia universal: la diversidad. Anticipa el fin último de todo bien cultural: encontrar en la fragmentación sus anhelos de unidad.

La unidad no es la unidad lingüística como la de los esfuerzos que se hacen frente a su relación con el poder. El poder, no por ser poder divino.

La escritura, como la lengua misma, es un instrumento de poder: el colonizado adopta la lengua dominante. En el sistema capitalista o se designa a los recovecos de la sociedad de masas o se adopta la frase corta y se da al lector el texto digerido, sin espacios para la abstracción.

Se dice que la lengua original se pierde al momento de la   creación —el nombre estaba en un suspiro, en   el bramar de los animales, en la existencia  misma—. Adán, en cambio, fue heredero de todas las lenguas al momento de la separación.

La separación de la naturaleza humana y divina anticipa sus delirios de volver a unificar, que con el paso de los siglos se traduce en destinar la primera como creadora a su imagen y semejanza de la segunda.

No nos hemos olvidado de los dioses. Por el contrario, el hombre moderno se ha empeñado en darles nacimiento a través de sí.

No se pretende la comunión entre la naturaleza humana y la divina en el acto mismo del lenguaje. Como por encontrar en la lengua compartida la potencia para conquistar y crear ciudades y someter todo anhelo de progreso al fin último de toda civilización: la vuelta a su condición primaria.

El momento de la confusión no aparece como castigo. Sino por desplazar todo sentido de unidad a la unidad del lenguaje. 

La dialéctica que en las religiones monoteístas se traduce en dependencia de una inteligencia superior. Se traslada a la misma pretensión en el poder político y en la fe ciega por el porvenir de un bien común. El poder existe ante la imposibilidad de unir dos voluntades. 

Cuando uno es débil y otro fuerte: uno ejecuta lo posible y el otro obedece.

 


Viviana García Hoyos nació en Mérida, Venezuela, en 2001. Sus textos han aparecido en revistas y suplementos literarios venezolanos.

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