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Crítica

Las siete vidas del gato

'Vicente Echerri es hombre de portentosa memoria: estoy seguro de que ni una sola de las anécdotas que se cuentan en el libro, por inverosímiles que nos parezcan, es fruto de su invención'.

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Vicente Echerri.
Vicente Echerri. Fulgencio Pimentel

 

No encuentro mejor pórtico para presentar este libro de Vicente Echerri, que estos versos de Jaime Gil de Biedma: "Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde:/ como todos los jóvenes, yo vine/ a llevarme la vida por delante".

Quizá demasiado famoso para figurar en la galería de este grupo de amigos, el  perfil de Gil de Biedma sin embargo cuadraría bien en el conjunto: hijo de buena familia, abogado, hombre de vasta cultura, políglota, homosexual inveterado e inconfeso, muñidor de famas, ser de conciencia torturada y extraordinario poeta. Y es que en este libro de retratos vemos la vida en estado puro: por sus páginas van de la mano, como si fuera el fruto dulce y amargo de nuestra propia vida, el arribismo y la cultura, el idealismo revolucionario y la prostitución, la búsqueda de libertad y la lucha por la supervivencia, el nihilismo desencantado y el ansia de salvación, todo ello teñido con el sentimiento de nostalgia de los que han perdido su tierra, y su infancia, y la luz que los vio nacer.

Vicente Echerri es hombre de portentosa memoria: estoy seguro de que ni una sola de las anécdotas que se cuentan en el libro, por inverosímiles que nos parezcan, es fruto de su invención. Las tertulias literarias en el prostíbulo de Roberto "La Fea", la huida a nado puro de Cuba a la base norteamericana de Guantánamo, la mujer a la que daba tanto reparo defecar que no paraba de tomar astringentes, el disparo en el propio pecho para conmover a una amante insensible… Siete vidas disparatadas y muy humanas que componen un fresco de vivencias en el que se dejan entrever, al final del siglo XX, El Satiricón y Las ilusiones perdidas. Porque aunque sea cierto el tópico de que la vida supera a la ficción, quizás sería más justo decir que la vida es la ficción que hacemos de ella, y que todos somos personajes de nuestra propia historia. Entonces, no queda fuera de estas páginas, de estos retratos de almas, la búsqueda de la verdad: esquiva y difícil, pero en algunos momentos al alcance de la mano de un escritor honesto. Y habría que añadir que la búsqueda de la verdad, la mirada crítica del observador, no tiene por qué excluir el sentimiento, o aún mejor, el afecto: sin este, aunque no se diga, algo nos faltaría para rozar la piel, el tejido humano de estos raros testigos.

Estas vidas cruzadas en la mente del autor tienen en común, creo yo, un hondo sentimiento de libertad. Si la Guerra Civil Española supuso un antes y un después en nuestra historia, poniendo fin a lo que se dio en llamar la Edad de plata de nuestra literatura, algo semejante supuso para la cultura cubana la revolución castrista. La imposición del realismo socialista, la persecución sistemática de todo aquello que pudiera ser considerado como "desviacionismo", ya fuera ideológico, artístico o literario, e incluso sexual, destruyeron el riquísimo tejido cultural del país hermano y dieron lugar a una diáspora que desgraciadamente todavía hoy continúa.

En parte para recuperar aquel pasado, Guillermo Cabrera Infante publicó en 1992 Vidas para leerlas, libro en el que daba cuenta de algunos personajes fundamentales de la literatura cubana del siglo XX. Con su prosa porosa e incisiva, Cabrera Infante ajustaba cuentas o rendía honores, levantando un sanedrín de hombres muertos y erigiéndose en juez de un tiempo perdido. Pero Vicente Echerri nos trae otra cosa. Sus raros testigos no son gente que alcanzó la fama. Son seres de carne y hueso con sus anhelos y sus contradicciones, sus picardías y su generosidad, su talento y su fracaso a cuestas. Y es esta mezcla palpitante, divertida y abismal a un tiempo, la que sentimos al leer estas hermosas páginas. Decía Graham Greene que el éxito es un fracaso postergado. Casi todos lo persiguieron, pese a que el sistema comunista truncó sus aspiraciones de una manera más honda que lo que ellos mismos creían. Y solo les quedó el recuerdo de una capa de agua o, lo que es lo mismo, esa bola de cristal con nieve llamada "Rosebud".

Pero quizás estoy desvelando demasiado el libro que les urjo a leer. De su autor, poeta, novelista, excelente traductor y otros varios etcéteras, nada diré, porque desde hace un tiempo tenemos la fortuna de llamarlo amigo. Vicente Echerri ha puesto en este libro que hoy presentamos una mirada caleidoscópica: es decir, comprensiva, irónica, nostálgica, histórica, reflexiva y abierta. Y por encima de todas, leal. Leal a sus amigos y leal a la vida. Notario de vidas disímiles, su autor ha visto la historia de sus amigos, quizá, como ven los poetas, porque Raros testigos es, en el fondo, un libro celebratorio: así fuimos y este era el mundo que nos tocó vivir.

Yo veo a Vicente sonriendo entre las líneas de estas vidas contadas a la vez que mira con un punto de nostalgia aquella Cuba que fue y que no pudo ser. Pero es en vano, claro. Y sin embargo, también es casi imposible no mirar atrás y no hacer de ello un símbolo, una condición de la existencia, como pensaba Cernuda. Pero creo que me estoy excediendo en mis funciones de exegeta. A fin de cuentas son solo siete vidas —fascinantes y raras—, siete fragmentos hipnóticos del vasto mundo humano, siete testigos de la azarosa vida. Por sobre ellos brilla, además de este escondido sentimiento de nostalgia, lo más sencillo y profundo que tenemos: nuestra contradictoria y luminosa humanidad.


Vicente Echerri, Raros testigos (Fulgencio Pimentel, Logroño, 2026).

Estas palabras fueron leídas en la presentación del libro en Logroño el 8 de julio de 2026.

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