Las lluvias de junio han lavado
las raíces del laurel,
por sus más ásperas rutas.
Hormigas vienen y van, trasiegan
bayas rojizas, huesecillos de gato,
una hoja pálida
como una despedida.
Tres veces los deudos
dieron vueltas en torno al tronco,
mientras giraban
vertían el polvo del ánfora
formando anillos concéntricos.
Los autos pasaban aturdidos,
algunos hacían sonar el claxon en la esquina
cuando alguien, sobre un montón de lodo,
leía la Elegía primera de Rilke:
…escucha corazón
como solo los santos escucharon…
Dicen que iba cada tarde
a leer en ese banco,
quizá esa misma elegía,
olvidan que también buscaba
la sombra del laurel
para masticar los agravios
o sencillamente escapar de las voces,
los susurros, los insistentes
fantasmas de la víspera.
En parte alguna un hombre solitario que lee
es interesante para los que surcan la calzada
como si pusieran proa a una fiesta.
Ninguno hubiera dispuesto de un instante
para ofrecerte una palabra, un pañuelo,
un adiós aunque fuera rugoso
como la cáscara de una vieja naranja.
Quizá en ese rincón
donde acabas de disolverte
haya todavía una pizca
del nombre que exhibiste, de los deseos
que te llevaron puntualmente hasta el morir.
A lo mejor, entre uno y otro grumo
que las hormigas respetan
estén las preguntas que no te atreviste
a formular en voz alta.
Se hace oscuro.
Donde alguna vez pudiste llorar
otros juegan o se hacen el amor.
Como en la elegía, el vacío
ha iniciado su vibración
pero, entre los autos y el hollín,
esa música no puede consolarnos.
Roberto Méndez Martínez nació en Camagüey en 1958. Poeta, ensayista y narrador. Sus libros de poemas más recientes son Descenso de Alcestes (Casa Vacía, Richmond, 2024), Cartas de la plaga (Premio Nicolás Guillén, Letras Cubanas, La Habana, 2024) y Las bibliotecas perdidas (Betania, Madrid, 2025), al cual pertenece este poema.
Gracias a la editorial Betania, Las bibliotecas perdidas puede descargarse gratuitamente aquí.