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Crítica

Del verano y la muerte

Alfonso Martínez Galilea recoge cuatro décadas de su poesía de una 'contención traspasada de claridad, de deslumbrante transparencia'.

Madrid
De der. a izq.: Alfonso Martínez Galilea, José M. González Zapatero y Paulino Lorenzo, en Logroño.
De der. a izq.: Alfonso Martínez Galilea, José M. González Zapatero y Paulino Lorenzo, en Logroño. Spoonful

¡Qué sorpresa suele depararnos siempre un libro de poemas! La mayor de todas es la de su propia existencia, que se hace rara —y hasta sospechosa— según nos adentramos, en el sentido de empozarnos, en la época más prosaica y vulgar de la historia contemporánea.

Puertos de paso de Alfonso Martínez Galilea (Logroño, 1959) cumple con esa primera premisa de sorprendernos, por su afinidad con lo que algunos —lectores y escritores— tenemos y celebramos como poesía. Llega de la mano de un hombre que ha escrito mucho, pero ha publicado poco, de suerte que este vendría a ser su primer libro, enteramente suyo —más allá de textos sueltos y obras en colaboración. En él recoge poemas que ha ido revisando y puliendo por casi cuatro décadas, resultado de una obsesiva y amorosa labor de reducción y acendramiento. Allí donde en otros predomina la desaforada abundancia, la desmesura verbal, esta poesía se afirma en la contención, pero una contención traspasada de claridad, de deslumbrante transparencia.

Todo el libro puede considerarse un diálogo meditativo entre el hablante y el entorno, casi siempre un paisaje idílico, en el que inciden, a veces, otras voces, más bien otras presencias, amigos íntimos con quienes el autor comparte su memoria: grandes cuadros que lo devuelven a una Arcadia perdida y recobrada ahora por el conjuro de su palabra. Ese recuerdo se hace prístino cuando el poeta lo evoca —no hay que creerle que fuera la verdad— pero la esencia rescatada es siempre espléndida:

        Hubo una vida al fondo de mi vida,
        una vida granada,
        venero inagotable de prodigios,
        oro engastado en fábulas. ("Edad de oro")

No creo que pueda expresarse más precisa y bellamente ese anhelo de rescatar al que alguna vez fuimos, al tiempo de reconocer la fantasía de esa memoria que todo lo tiñe de plácida hermosura. Todo —el paisaje, la gente, los sucesos— ha sido como nos lo devuelve la memoria, la realidad auténtica es un magma primordial, del que se desprende lo feo como la ganga del metal reluciente, ese "…largo pasaje/ al que el verano arroja sus despojos" ("Estrategia otoñal").

Pero el verano no es solo un detrito que se vierte en la próxima estación, sino una constancia cálida y luminosa, plena de los dones que le son propios:

      E igual que el horizonte se contrae
      con brusca luz y témpanos parduzcos,
      en la estación del barro,
      los ojos del que mira se contraen
      cuando los campos arden. ("El estío")

El verano, centro del año, metáfora de la pujanza de nuestra vida, es —acaso sin que el autor se lo proponga— punto de irradiación central de este libro de Martínez Galilea, su incandescencia traspasa todo el texto:

    Esa luz que se instala en las cosas,
    en sus perfiles graves […]
    Cambiante y poderosa […]. Lacia
    cuando el sol se disipa… ("La ventana")

O cuando describe el milagro de la plenitud de la estación fructífera:

    Han volado cien pájaros por los árboles flojos.
    La silenciosa yerba ha crecido dos palmos.
    El viento es lento y tibio y sonriente y calmo
    y los montes pasmados fluyen del verde al rojo. ("Junio").

    U olvidado de todo, componiendo
    con una sombra cómplice y severa
    elegantes escenas de verano.

    El corazón furtivamente ardiendo. ("Cuenca del Salado").

Sin embargo, esa luz cenital que ilumina un ambiente entrañable está teñida de nostalgia. El panorama exaltado no es el que está delante de los ojos del poeta en el momento de escribir, sino un ejercicio de rememoración, que revela una dolorosa sensación de pérdida, un ansia de rescate, un profundo deseo de recuperar no solo una visión, sino la inocencia extraviada con que alguna vez se asomó a ella. Esta queja, esta saudade, aparece una y otra vez a lo largo de todo el libro:

    […] dame permiso para entrar, que hurgue
    en la ruidosa bolsa de nuestras pertenencias,
    cosas nuestras dejadas al acaso,
    entre artificios y prohibiciones,
    en la humeante saca del verano. ("Música vespertina").

    
    Tentar allá la fruta de las tardes
    olvidado de Dios, entre los perros
    y las cabras amables, cercenando
    mi memoria bastarda con los sables
    de las primeras puras apariciones:
    pedregales y rubicundos árboles,
    barrancas que dejé, sedientas y hondas,
    antes de todas las edades
    y que estarán allí, probablemente,
    con nidos en sus grietas, esperándome. ("La suave patria").

    ¿Recuerdas el cambiante atardecer
    en los días de estío por la larga avenida
    que iba a desembocar al campo?
                   ..............
    Solo el brillo del día me conmueve
    y las verdes praderas por donde caminamos
    ebrios de juventud, mascullando canciones
    y enfangando propósitos mientras velaba el tiempo
    sus oprobiosas armas ("Carta").


El final de esta estrofa que destaco (las itálicas son mías)  es ominoso: la imagen del tiempo como un caballero medieval que vela sus armas —que el poeta califica de oprobiosas— mientras se apresta a la aniquilación de sueños y memorias. Esto me lleva a considerar otro elemento presente en estos poemas: la reflexión rebelde o resignada sobre la muerte, la extinción de toda ilusión o proyecto que alguna vez nos animara.

    Vamos por el sendero
    [...]
    siempre en el borde mismo de la más pura nada.

    […]
    A derecha e izquierda
    las ramas de los árboles han tejido un tupido
    sudario de hojarasca para que tú te pierdas
    sin desvelo y sin ruido.
    […] 
    Es día de espejismos y día de difuntos
    y acompañándonos va plácida la muerte,
    nuestra mejor amiga. ("Vamos por el sendero").


Esta certeza de término, esta fatiga, constituye la declaración inicial de Martínez Galilea en el primer poema de este libro, con lo cual nos da un aviso y nos brinda un punto de partida para adentrarnos en la meditación que nos ofrece a lo largo del texto. Es sincero desde la primera palabra. No nos engaña, revive su temprana visión del mundo desde la orilla de la desilusión que es suya y de todos, de esta raza nuestra que contempla y sueña y ama y recuerda y se abisma luego en el olvido.
 

    Viene la muerte con su rostro de animal que espera
    a sepultarme en el alud de escombros de los sábados
    cabalgando entre ojos desmesuradamente abiertos
    y azuzando a los blancos mastines de su cortejo
    con profundas aspiraciones y estrépito de objetos que se quiebran,
    cruzándome la cara con su guante,
    dejándome mirar en el espejo roto de mis manos
    la gestación verde y cálida de un amasijo de insectos
    que penetran mi cuerpo y ascienden lentamente hasta cubrirme de cieno ("Horizonte").

Esta especie de prólogo no puede ser más desoladora, pero no le impide al autor, luego de hacernos esa terrible advertencia, cantar con hermosas palabras a un mundo que ya ha desertado de él y que se empeña en revivir con los ojos del niño y del joven que alguna vez fue, y así también al amor, a la amistad, a la fraterna solidaridad del animal entusiasta y precario que somos.

Gracias, como lector, a Alfonso Martínez Galilea por este libro primoroso que sirve para afirmarnos la vitalidad de la poesía y para reconciliarnos con ella si alguna vez hemos dudado de su existencia en medio de tantas creaciones lamentables que intentan usurpar su buen nombre. No conozco la totalidad de su obra que se extiende en muchos manuscritos, pero esta selección, este breviario, que él mismo ha compilado con escrupulosa concisión, basta como testimonio y apreciable legado. No hace falta más: "el cuarto es una cripta y es el bosque" ("Horizonte"). 


Puertos de paso. Poemas (1978-2015) de Alfonso Martínez Galilea (Editorial EAFIT, Medellín, Colombia, 2025)
 

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