1
En el último cuarto o en el patio juego con minerales, monedas antiguas, el tren eléctrico o soldaditos de plomo.
Él se acerca por el pasillo de mosaicos.
Alto, erguido, delgado; en guayabera, planchados los pantalones de raya y pulidos los zapatos; la cabellera cana cepillada hacia atrás; en el tabique, imparciales a los reojos que se los disputan al revisar documentos, lentes de presbicia; el bastón firme en la mano derecha; el paso sin rodillas, como si las piernas fueran un par de bastones adicionales; así atraviesa la casa, llega hasta la cocina y le pide un café a Nestora.
Fijo en el recuerdo como un paisaje que no se resigna a convertirse en mapa, lo veo acercarse a mi escritorio desde la infancia arrancada del espacio por el tiempo, como si lo sucesivo se rindiera a instantes más duraderos que el transcurso y las imágenes fueran más confiables que la historia.
Allá es aquí y entonces, ahora mismo.
Ante el visitante tengo 79 y siete años, siete en mis 79 y 79 en mis siete, un niño con un pasado que roza con la arqueología o la geología y un anciano con tanto porvenir que ni siquiera puede imaginar la muerte propia.
Juntos, aferrados como náufragos a pecios, pretendemos sobrevivir las chispas llamadas antes y después sin carbonizarnos, dando vueltas dentro de un círculo sin centro que se multiplica en circunferencias cada vez más amplias.
Me busco hasta verme azogado entre la espléndida luz de la mañana caraqueña y las palmeritas y violetas rusas del pequeño patio que es mi sala de juego favorita, donde, si lograba el permiso, me podía bañar en la lluvia.
Soy allá de cada ahora, allá de cada aquí, burbujas en la luz y llovizna para palmeritas y violetas rusas.
Giro en el recuerdo como en las espirales de un caracol.
La columela se la debo a Pedro Escalante.
Está frente a mí. Suele prescindir de las palabras al saludar. Un gesto basta, un leve movimiento de la cabeza dice soy amigo de tu padre, soy de absoluta confianza aquí.
Tras anunciarse en la sala ha atravesado la casa hasta llegar al patio y la cocina. Es la única persona que puede hacerlo. Ni mis tíos ni mis tías lo hacen. Solo Pedro Escalante.
Mi padre, autoridad dentro y fuera del hogar, a quien nunca oí alzar la voz ni decir una mala palabra, ha dicho que Pedro Escalante puede pasar hasta el último cuarto, y eso se acata como ley. Mi madre, desde su matrimonio en 1928; y desde nuestro nacimiento, Asela en 1929, Luis, del 42, y yo, del 46, nos hemos acostumbrado a sus visitas.
2
En dos o tres ocasiones, antes de pedir café a Nestora, frena los tres bastones y dice:
—Tavito, toma
mientras me entrega colmillos curvos como cimitarras, colmillos de machos cimarrones que habían sido acorralados y apuñalados por Cheo Quevedo, un amigo de mi padre que los caza a pulso, con perros, soga y cuchillo.
Esas peligrosas curvas me intrigan tanto como los colmillos de elefante del abuelo Octavio. Según el calendario elástico de la infancia los africanos han estado en casa desde hace siglos. Por azar los he heredado de un acontecer ajeno.
No así los que me llegan de mano a mano como augurios de mi propio destino. Detener las manecillas de un devenir luego desbocado, perpetuándolo como una foto recién tomada hace décadas, donde nada ni nadie ha envejecido ni envejecerá, resulta ser un aprendizaje regido por asombros.
Ritualizado, diferido por interrupciones del destino que se ha ido tornando incumplible aunque se suponía confiable, el extraño aprendizaje no tiene por qué someterse mansamente al reloj; sabrá matar el tiempo, adueñándose de algunas horas para vivir en minúsculas una historia que sobreviva a la Otra.
Por eso los colmillos que han confundido sus filos con la blancura de la guayabera despiertan, sumada a la curiosidad, una ideología del agradecimiento que me ha caracterizado desde aquellas iniciaciones en la violencia reducida a curva, forma y belleza.
3
Entonces bastaba saber que se trataba de Pedro Escalante como bastaba saber que mi padre era mi padre. Nunca pregunté quién era, ni a qué se debía la amistad entre ellos, ni por qué era de absoluta confianza en la casa. Eso solo lo haría muchos años más tarde, durante el segundo exilio, cuando yo recibía cartas de mis amigos, sobre todo de George Shilletto, y mi padre de muchos guantanameros, entre las cuales nunca faltaban las de Pedro Escalante.
Las cartas reivindicaban la ilusión de saltar del mapa al territorio y del ahora al entonces. Escribiéndolas o leyéndolas, los rostros de los amigos nos miraban de frente; y nosotros también los encarábamos sin quejas ni reclamos, aunque vivíamos la historia de perfil, en subjuntivo, como si estuviéramos trazados entre jeroglíficos mayas o egipcios.
Iban y venían aquellas cartas como donativos que dábamos y nos daban para sobrellevar los veinticuatro días de cada hora, paliando la resaca del exilio y la emigración interna, como decía Trotsky de quienes vivían fuera adentro.
Quizá por eso mi padre solía incluir entre las hojas caligrafiadas cuchillas de afeitar muy planas, lisas, casi imperceptibles al tacto de los carteros.
—Van cuatro, anotaba. Una para el Indio, otra para Alfonso, dos para ti.
Pedro seguía visitándonos en Nueva York. Llegaba en un sobre al 40-40 de la calle Hampton, donde se entraba por la cocina. Ya no tenía que atravesar la casa para llegar al café, que en el largo exilio fue ocupación de mi padre, así que de inmediato pasaba hasta donde estuviera su viejo amigo para saludarlo y conversar un rato.
Nunca ha llegado hasta Caracas. Ni siquiera bajo estampillas ni encaramado como remitente. Pero tampoco ha salido de aquí. Quedan cartas suyas y hay un sobre de mi padre para él, hasta una carta devuelta, porque se detectaron las cuchillas.
Conservo, de su puño y letra, este apunte de mi padre:
El 22 julio 1973
Escribo a:
Ramírez Cristóbal. María Soler R. El Indio.
Queralt José Ma. Escalante Pedro. Vega Martín
El día 18 sept/73 escribo a
Coseta. Axel Heimer. Sabina. Toby y Morín.
Cachita Boti. Pedro Escalante.
sobre lo remitido en dos días de 1973; eso tras doce años de la separación que en vano sugería la extinción de la amistad. En ambas fechas aparece un nombre: Pedro Escalante.
4
Las despedidas:
Tu negro esclavo,
Pedro
me intrigaban. Y me inquietaban. Parecían documentos de una época remota, mejor olvidada. No las podía desconocer. Temía que entrañaran experiencias que vincularan a la familia con un pasado cargado de misterios y culpas. Multiplicaban las dudas emboscadas en mis convicciones y las ansiedades que irrumpían en repentes durante aquellos días de trescientas sesenta y cinco horas que amenazaban con arrancarme hasta de mi sombra.
Yo había duplicado una y otra y otra vez mi apuesta por la cubanía. No permitiría que me la anulasen adentro ni que se fosilizara afuera. La resaca de una borrachera llamada revolución, como antes se llamó independencia, me obligaba a enfrentar el temor de que rindiera su huracanada raíz a la templanza de culturas entonces convergentes, la sajona sobre todo, a la cual debía mis estudios, muchas amistades y mis compañeras.
Hacía preguntas difíciles a quienes consideraba capaces de contestarlas sin escudarse en justificaciones previsibles, espurias; visitaba con frecuencia a Pedro Perich para conversar con este veterano guantanamero del 95; leía cuantas memorias y biografías de héroes y mártires de las guerras del XIX caían en mis manos; para que mi propia lengua no terminara moribunda bajo el cielo de la boca, consultaba gramáticas y diccionarios; en los etimológicos me cautivaban como novelas los orígenes de las palabras, que se transformaban como diosas de una escandalosa mitología; sentía que en el castellano descubría ruinas del latín; que de hecho, al hablarlo, por hablarlo, yo habitaba una ruina; y a eso sumaba cada día, día tras día, guajiras, sones y changüís para permanecer en el trópico a pesar del rock y los rascacielos.
5
Mi padre nació el 6 de abril de 1893 en lo que a pesar del empeño bayamés por la libertad todavía era una colonia española: la siempre fiel isla de Cuba, y vivió sus primeros años en Romelié. Como ninguno de los amigos de Octavio que vivían en el central o sus alrededores tenían hijos menores, se presumía que Sito, como le decían a Luisito, estaba condenado a crecer en soledad.
Era el único niño en la comarca.
Así hasta que tras una de sus curiosas aventuras se pudo verificar que había otro niño muy cerca.
Solitario, Sito trataba de jugar con los perros y los gatos que había en Romelié. Pero como estos no le hacían caso decidió unirse a una tropa de Meleagris gallopavo, bípedos con plumas cuya jefa le permitía sumarse, como retaguardia o impedimenta, a la cola de crías paseadas a remolque.
Temprano una mañana el par de soldados españoles apostados entre matorrales se percataron de un barullo inusual.
De inmediato dieron el
— ¡Alto! ¿Quién va?
solo para escuchar una voz tan insólita como intrépida que contestaba:
—¡La guanaja con los guanajitos!
La sorpresa les garantizó que ese día morirían de risa, no de disparos ni machetazos. Y esa muerte de risa fue celebrada por todo el batey, que se unió de buena gana a la algarabía.
—¡Al fin bien acompañado, Sito se cuenta feliz de la vida como guanajito!
El episodio pasó de veras a burla. Primero, la de los soldados; luego la de la población del ingenio, comenzando por la del padre del meleagris, y casi al unísono, la de los demás franceses y cubanos, blancos y negros. Y esas burlas de veras perduraron, tanto que llegaron hasta mí más de medio siglo después, y que ahora, con estas líneas, acaso pasen a un tercer siglo.
Tras la algarabía se ablandaron los corazones, todos los corazones, militares y civiles, españoles, franceses y cubanos, blancos y negros.
Hasta hubo sentimientos de culpa en quienes se percataron de que se habían burlado de la inocencia de un niño, culpa similar a la que sentimos ante don Quijote, cuando con vergüenza reconocemos que nos hemos estado riendo de un hombre mucho mejor que nosotros.
El episodio fue determinante en el cambio que se impuso para los dos años de soledad del extrañísimo mealegris que retaba a Darwin como especie ajena a la lentísima evolución natural.
La afortunada solución para el pobre Sito fue Pedrito.
6
Le llevaba unos años a mi padre. No sé exactamente cuántos pues no conozco su fecha de nacimiento. Había nacido libre de una lavandera esclava, que luego, ya libre también tras las estipulaciones de la Ley Moret, siguió empleada como lavandera.
Era el único otro niño en Romelié más que menos contemporáneo de mi padre. Por eso sin vacilación ni demora fue escogido para que acompañara a Sito todos los días durante todo el día. Jugaban juntos, almorzaban juntos, recorrían juntos el batey y los cañaverales sin necesidad de definirse como guanajos.
Al hijo de la lavandera no solo se le pidió que jugara con Sito; también que lo orientara y lo protegiera. Debía ser algo así como su hermano mayor.
De forma espontánea, no dirigida ni amenizada por adultos, que suelen tergiversar la naturaleza, adulterándola tanto como a los niños, Sito aprendió a diferenciarse de sí mismo para reconocerse en el otro. Lo mismo haría Pedrito, como imagino que entonces Sito le diría a su viejo amigo.
7
Nacido libre, Pedro Escalante renuncia en su fuero íntimo a la libertad. Sospecho que en plena juventud, hacia 1912, a raíz
de la Guerra de los Negros. Y lo hace al asumir la amistad como esclavitud, asignando al trato con mi padre promesas de obediencia, servicio y lealtad; al hacerlo, se muestra renuente, como esclavo, a dar la libertad al amo, reteniéndolo en su condición de protector.
Ni la renuncia ni la renuencia denigran su humanidad; logran, al contrario, que amo y esclavo confundan sus raíces en libres obligaciones mutuas: uno para servir con humildad y total abnegación al otro, quien, en reciprocidad, siempre lo protegería, ayudándolo en las necesidades y apoyándolo en sus proyectos y empresas.
Por haber contado con Pedro Escalante como su primer amigo, en mi padre jamás hubo asomos de racismo. Y quizá por lo mismo, en mí tampoco los ha habido.
Quiero agradecer las verdades que me ha dejado esa extraña pero conmovedora amistad. Verdades que resultan fáciles de resumir si cobijo bajo el cielo de la boca a un muerto:
—Hubiera sido motivo de orgullo para mí haber tenido un negro esclavo como tú. O haber sido esclavo tuyo.
Caracas, 28 de agosto 2025
Octavio Armand nació en Guantánamo en 1946. Poeta y ensayista, sus poemas han sido recogidos en los dos volúmenes de Canto rodado. Poesía reunida, 1970-2015 (Calygramma, Querétaro, México, 2017) y sus ensayos en Contra la página. Ensayos reunidos, 1980-2013 (Calygramma, Querétaro, México, 2015). Este texto pertenece a un libro en preparación.