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Crítica

Las precisas puntadas de la costurera

'Una historia narrada con belleza y precisión, con pasión y con pulso firme, una bien disimulada hondura, y con una excelente escritura': la novela más reciente de Wendy Guerra.

Cienfuegos
Gabrielle 'Coco' Chanel.
Gabrielle 'Coco' Chanel. Vogue

Cuando un novelista se propone crear un mundo de ficción a partir de una figura histórica, o al menos tener una de ellas como personaje protagónico, corre siempre el riesgo (pegajosa tentación, voluntaria o no) de rozar eso que en cine llaman biopic, término más cercano a una fehaciente intención biográfica. La pretensión literaria, en estos casos, queda sujeta a —o dependiente de— lo fidedigno que ese autor sea capaz de ser con relación al sujeto original escogido. A la veracidad de lo narrado. A lo verosímil de las situaciones. Cierto que existen exquisitas biografías que casi podemos llegar a leer como "novelas", sumergidos en una peripecia que, tal vez por conocida, no por ello deje de resultarnos apasionante. Pero hasta ahí —que ya es bastante, claro. Crear un mundo de ficción con el (co)protagonismo de una figura histórica exige un puño más firme, un tono más cuidadoso, un afán sugerente, dominio y control de la información, una voz persuasiva, y, sobre todo, un resultado creíble. Estas "virtudes" son las que, entre otras, hacen de La costurera de Chanel, de Wendy Guerra, una excelente novela. La mejor de sus novelas, a mi modo de ver, junto a Posar desnuda en La Habana —esa que tiene a Anais Nin como "figura histórica", tal como sucede con Gabrielle Chanel en esta.

Comienzos del siglo XX: bajo el falso relumbre de lo que conocemos como Belle Époque, Europa parecía hacer todo lo posible por entrar cuanto antes en su propia destrucción. Una carrera indetenible que arrastraba, al mismo tiempo, algunas de las mentes más portentosas de la época junto a las más bajas pasiones, imperios en decadencia y nacimiento de obras maestras. Todo en un mismo escenario que, al decir de un amigo, era como un gigantesco teatro de Bayreuth, con El crepúsculo de los dioses como la obra a representar, "montaje wagneriano a escala continental" (Humberto Nansen T.) Son los mismos años de la Primera Guerra Mundial y La tierra baldía, Ulysses y la primera parte de En busca del tiempo perdido. Los mismos que, poco después, lanzan en dirección contraria a Heidegger y a Thomas Mann. No es que la tragedia fuese inminente: ya estaba ahí, de una u otra manera. Era el zeitgeist imperante. Y es este precisamente el contexto donde Wendy Guerra ubica la trama de su novela, un "contexto" que no es simple telón de fondo —por más interesante que nos parezca—, o resonancia lejana, sino más bien espejo contradictorio: el afán de modernidad y el espíritu de la destrucción lidian en el mismo campo.

El trabajo paciente, bordado casi, de reconstrucción de esta atmósfera dual resulta encomiable en La costurera…, lo que supone una minuciosa labor de investigación y reconstrucción de la historia, las costumbres, las pasiones y el pensamiento de una época que ya nos parece remota, y que la autora ha sabido recrear de forma amena y sugerente, con una naturalidad que el lector agradece no solo por su precisión, su encanto moderado o su poder de evocación, sino sobre todo porque el inevitable reflejo de ese mundo alrededor, de esa incertidumbre "ambiental" que lo cubre todo como un cielo de tormenta, no menoscaba la fluidez de la acción y el desarrollo de la historia que se narra, no obstante la tentación que supone dejarse llevar por los acontecimientos, tan ricos, tan tremendos. El escritor se impone al curioso historiador. De ahí el pulso firme.

La novela está dividida en cuatro partes, con un prólogo y un epílogo, y un eje transversal conformado por esos tres personajes femeninos que son Simone Leblanc, Teresa Lenormand de Mezy y Gabrielle Chanel, unidas por un caprichoso destino. (Y no creo que ello, como alguien ha dicho, haga de esta novela una historia sobre la condición femenina: todo lo contrario).

Al inicio vemos la figura tutelar de Manon, abuela de Simone, de quien esta hereda el gusto por la moda, la costura, las telas primorosas, el afán de emprendimiento y el regusto por la luz que inunda la casa familiar. En esta estructura, el prólogo y el epílogo se relacionan con las reflexiones de una modelo cubana a propósito del famoso desfile que la casa Chanel realizó en el Paseo del Prado de La Habana en 2017, mientras que las cuatro partes principales relatan la historia de Simone, "la costurera": un personaje de ficción —a diferencia de Gabrielle— que llega a seducirnos como resultado de una hábil construcción psicológica, su riqueza de matices, su verosimilitud y —además— su encanto. Un personaje que, también, puede ser esa misma muchacha que, más de medio siglo después, se cuestiona desde la capital de una lejana y devastada isla por el sentido de todo lo que la rodea: "Los vecinos preguntan qué hacen aquí. ¿Quién de nosotros puede comprarse estas carteras o estos zapatos? Pero yo formo parte del espectáculo (…) Suelto los tacones prestados y camino descalza, avanzo por el Paseo del Prado intentando escapar de la multitud, pero los fotógrafos comienzan a dispararme. ¿Por qué La Habana? (…) Mañana todo volverá a ser ruinas y recuerdos…"

Es amplio el espectro de matices de este personaje. Un ejemplo entre tantos: el destino de Simone pudo haber sido muy distinto si, en cierto momento —crucial— de su vida hacía ciertas concesiones. Diseñar el uniforme militar del enemigo, que ocupa su país, podría ser la más importante de ellas. Pero no lo hace. No concede. No piensa siquiera en el beneficio económico que dicha acción podría reportarle. Ni en las inexorables consecuencias de su negativa. Y no es que Simone descuelle por sus virtudes patrióticas; es solo una simple costurera convencida de que esa podría ser una forma de traición. Eso es una actitud política, en cualquier lugar, amén de las circunstancias. Una actitud que no tiene que ser heroica, solo digna. Mucho más en un momento crucial de la historia contemporánea. "Detalles" como este son los que matizan la sólida estructura del personaje, su concepción fascinante, su bien labrada —y orgánica— caracterización.

¿Qué no está Cuba en esta nueva novela como en sus libros anteriores? Pues no. Tampoco es un "requisito". O no está, digamos, de la misma manera. Porque siempre estará, de una forma u otra (tratándose de Wendy Guerra). Aquí, incluso, esa presencia viene a cerrar el libro: "La Habana, iluminada de abajo hacia arriba, parece una ciudad europea", dice. Es cierto. Y ciertas zonas de Cienfuegos también (¡Arcachón como Cienfuegos! No por gusto es la única ciudad de Cuba fundada por franceses).

Wendy Guerra ha logrado con La costurera de Chanel algo realmente encomiable: crear toda una fabulación sobre el mundo de la moda, tan criticado —muchas veces con razón— por su frivolidad, su desgarradora frialdad, sus entresijos cuasi macabros, y convertirla no solo en una historia disfrutable, que se lee con placer y fluidez sino, y sobre todo, en una historia narrada con belleza y precisión, con pasión y con pulso firme, una bien disimulada hondura, y con una excelente escritura (para decirlo mal y pronto —aunque entendible). Escrita, como afirma pretenciosamente la misma Wendy, "con la sofisticación de un poema de 376 páginas".

Alguien puede entender que el tema escogido sea susceptible de una cierta vocación —e intención— comercial, y es posible, solo que esta no menoscaba su rigor literario. Debemos recordar, no obstante, que aquí no se trata solo de "la moda" como suele entenderse comúnmente: aquí se habla, sobre todo, de la alta costura, del buen gusto. Del diseño como un acto de creación. Y del cuerpo como ícono cultural de la modernidad. Como asevera la propia novelista en una entrevista reciente, "lo verdaderamente importante es la historia bajo el vestido, el dolor que no está en el maniquí sino en quien se pone la ropa y la asume como armadura para ir a una guerra visible o invisible, es un jamo de seda para atrapar mariposas…"

Todo está expuesto en un discurso novelesco más bien tradicional, sin grandes mudas, cambios de punto de vista o fragmentación del tiempo en que se desarrollan los acontecimientos. Una estructura compuesta por capítulos cortos, incisivos como ráfagas, breves esquelas donde podemos encontrar, con mucha frecuencia, la combinación de pasajes descriptivos, o de simple exposición de los acontecimientos, con sutiles —y a veces no tanto— reflexiones más cercanas a una posible disquisición filosófica, sobre todo en Simone y Teresa. Es decir, una preocupación de orden estético que, como todo afán formal, se convierte en un gesto ético, porque el mundo necesita belleza. Y ya sabemos: ante la premura de todo, en este mundo de hoy en día donde todo —o casi todo— se hace rápido —y muchas veces mal— esta pretensión es lo que hace la diferencia.

Es de destacar también esa tensión perceptible y gradual que descubrimos, a partir de la mitad de la novela, entre Simone y Gabrielle Chanel, motivada en buena medida por la mezquindad de esta última, un poco siniestra también; una tensión que emerge en momentos puntuales —no obstante el "ambiente" que permea las situaciones, de aparente relajación, que parece recrearse en una vida disipada y tranquila, sin conflictos; esa especie de sensorialidad de "incienso y lavanda, valses de Chopin y brisa del Atlántico"—, y que contribuye al desarrollo de una potencia narrativa que parece ser reflejo de la tirantez entre estos personajes, causada sobre todo por la ansiedad y la incertidumbre —cuando no abierto despotismo— que asedia a Gabrielle casi todo el tiempo, una densidad crispada que aporta un "espesor de signos" enriquecedor. A lo que se añade una especie de subtrama que asoma quedamente, como escondida, hasta que estalla, en la figura de Teresa Lenormand de Mezy, conformando así un triángulo de filosas aristas, tres universos, vértices que se yuxtaponen y se distancian como puntos de fuga, reflejando un discurrir que avanza inexorablemente. Es, tal vez, la impronta de un sentido melancólico del tiempo, del tiempo histórico y del tiempo individual.

Termino de leer La costurera… y recuerdo una frase de mi admirado Sebald: "A veces creo que escribir es como el trabajo del sastre. La ficción es el corte del traje, pero el buen corte de nada sirve si la tela, el material, no es de primera". Aquí hay un corte y un género de calidad.


Wendy Guerra, La costurera de Chanel (Lumen, Barcelona, 2025)

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