Me gustan los domingos. No suelo hacer nada en ellos salvo tomar té con crema, comer golosinas rusas del mercado Markis, escuchar música clásica, leer o mirar imágenes. Tengo una hermosa colección de imágenes de cuerpos femeninos, desde postales francesas reveladas con nitrato de plata hasta posters de voluptuosas pin-ups de Alberto Vargas. Me traen chisporroteos de juventud y a la vez me dan cierta paz. Son el reposo del guerrero, la flor que ostenta en una mano el samurai, mientras con la otra blande la espada. Entre mis últimas adquisiciones está la colección de dibujos de Rochelle. Le he regalado unos carboncillos, así que ahora los autorretratos de la adolescente nubia tienen unos efectos adorables de claroscuro. La otra es más maliciosa: ¿recuerdan el perrito faldero que se esmeraba en practicar el cunnilingus con su ama, o debo decir su dama? Ese netsuke reclamado en mi informe, y que por supuesto, nunca llegó a su destino en Boston. ¡Qué apacibles momentos en que no tengo que guerrear con ningún falo pues mis predios han sido blindados para que ese objeto punzante no roce este templo! Puedo aceptar la voz de un tenor, hasta la presencia de un eunuco si se diera el caso, pero hasta ahí. Hoy me deleitaré con mi adorable colección de postales eróticas que tienen más de cien años, de esa época en que las mujeres usaban regularmente medias largas de suavísima seda y no se afeitaban las axilas ni el pubis.
Este es mi día de reconciliarme con el mundo como me apetece y disfruto. La visión de estas mujeres jóvenes, hoy en la mayoría muertas, me alarga un poco más la vida. No disfruto la pornografía de masas, soy muy elitista. Tampoco soy tan cruel como la condesa Báthory que se rejuvenecía con la sangre de bellas doncellas a las que sacrificaba luego de apoteósicas orgías. Soy una mujer menos exigente en mi intimidad, aunque tengo mi propio consolador artificial llegado el caso en que me vengan al cuerpo vibrátiles estertores de juventud. Cada vez mis placeres de este tipo son más mentales, pero pudiera añadir que más confortantes, porque están más desligados de la carne, esa materia nuestra que tan fácilmente se crispa o se corrompe. No diré que es un "plácido domingo", porque ese pervertido cantor fue un acosador sexual de mujeres que callaron para no arruinar sus carreras en la ópera. Yo hubiese gritado, clamado, castrado, pero eso lo digo ahora. Por muchos años yo también aguanté y callé. Una vez fui joven y mi vientre fue violentado a causa de esa dulce juventud.
Me prepararé otra taza de té y pondré un disco de la inmortal Renata Tebaldi. ¡Ay, mi bella nubia, si me dejaran, cómo compartiría contigo todas estas maravillas que te ayudarían a crecer, a espabilarte! Al menos he logrado que dibujes algo más que esas insulsas caricaturas japonesas. Mañana te llevaré algunos creyones pasteles y más papel hecho a mano, comprado en una de esas tiendas de arte que no sobrevivirán a la pandemia, y que pronto nadie en esta ciudad ingrata, recordará.
María Cristina Fernández nació en Santiago de Cuba, en 1970. La editorial Casa Vacía ha publicado sus poemarios Miracle Mile y Mandorla. Sus libros de narrativa más recientes son P (Ediciones Furtivas, Miami, 2020) y la novela breve En el nombre de la rusa (Bokeh, Gainesville, 2025), al cual pertenece este fragmento