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Poesía

Perdigón de sal

'Esta tarde en que decido no cortarme la mano/ sino cortar lo que ata mi mano ávida,/ mi mano sola que solo quiere que no sea roce inútil.'

Nueva York
Detalle de un grabado.
Detalle de un grabado. Freepik

 

Una gota, un tercio de luz
que atraviese cristal.
Que no hay otra memoria líquida.
Que no hay nada que refleje y ya borbotea
el gris opaco de esta tarde en que renuncio.
Esta tarde en que decido no cortarme la mano
sino cortar lo que ata mi mano ávida,
mi mano sola que solo quiere que no sea roce inútil.
Que se aleje lo que nacido
una vez en aquella esquina, en aquella calle, en aquella ciudad,
en aquella isla donde todos los nombres se pudren por humedad,
por miedo, por hastío, ya no es más.
Yo tuve. Yo fui. Yo amé.
No hay reflejo.
No hay candor, no hay otra memoria líquida,
no hay nota clara que haga visible
lo que el ojo gris opaco borbotea.
¡Ah Rayo! ¡Ah piedra con filo! ¡Ah Arista!
Deja que mi mano la corte, deja que se desprenda.
Déjame respirar. Déjame ir a contra luz, que no me vean la cicatriz,
que no vean mi expresión, que el dolor no empañe
cristal, que no avise, que corte, pero no mutile.
A un costado aún algo de risa, a un costado roza el esmeril.
Y aún aguanto, aguanto, aguanto.
Ah que no se me muera, que no sufra,
que olvide solo que estoy solo,
que no vea y que no sepa por qué.
Que no me olvide.
Que no haya rasguño en el iris.

 


Armando Suárez Cobián nació en Antilla, en 1957. Ha publicado los libros de poemas Corre ve y dile (Extramuros, La Habana, 1986) y Nueva York no eres tú (Torre de Letras, La Habana, 2013), y el volumen de cuentos El libro de los amores breves (Lingkua, Barcelona, 2014). Este poema pertenece a un libro inédito.

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