En Desfila La Habana —la novela de Antonio José Ponte que acaba de publicar Tusquets México— uno de los personajes, Ted Scott, lleva a su suite de hotel al escritor Norman Lewis, recién llegado a La Habana. Al entrar, el visitante se encuentra a una mujer negra desnuda, acostada en un sofá. La primera impresión de Lewis es la de estar ante una estatua. El anfitrión no encuentra pertinente aclarar nada ni pedirle a la mujer que se cubra. Cuando Lewis regresa a la puerta para salir del apartamento, vuelve a encontrarla, igualmente desnuda e inmóvil. No consigue precisar si la mujer duerme o finge estar dormida. Más adelante, en otro capítulo, la reconoce en plena calle. Sin saber a ciencia cierta por qué, decide perseguirla. Al cabo de un rato la pierde de vista. Se había internado en un vecindario no frecuentado por turistas en el que el escritor es asaltado por un hombre que había interpelado a la negra.
La mujer vuelve a aparecer en un sueño erótico y siniestro de Lewis. En las páginas finales del libro, cuando pregunta por ella, Ted Scott no sabe decirle dónde se encuentra. Solo consigue conjeturar sobre lo que habría podido ocurrirle.
Cito a esta mujer negra porque la veo como un pequeño signo dentro del relato, que resulta imprescindible como parte del tejido narrativo de la novela. El color de su piel, su desnudez, su silencio, su desaparición y el sueño en el que su sexo es una cicatriz contribuyen a configurar la textura, la atmósfera, la tensión narrativa y, sobre todo, la carga simbólica del texto, hasta el punto de que en ella parece encarnar lo que tal vez sea el conflicto central de Desfila La Habana.
Norman Lewis es uno de los personajes más destacados del libro, pero encuentro discutible afirmar que sea el protagonista. Uno de los rasgos más distintivos de la novela consiste en que el tejido narrativo en el que interactúan los personajes (muchos de ellos celebridades internacionales, entre quienes sobresalen escritores, espías, actores hollywoodenses, políticos, gánsteres, empresarios y periodistas) parece tener mucha más relevancia que cada una de las individualidades que desfilan a lo largo del libro. Por muy singulares que sean los personajes, por muy enconadas que resulten sus rivalidades o sus obsesiones, todos —incluido Lewis— parecen estar supeditados a dicho tejido narrativo, como si fuesen piezas de un rompecabezas. En esa red reside seguramente gran parte de la fruición que produce la lectura de Desfila La Habana. También su dinamismo, sus numerosísimas situaciones de humor y su apariencia caótica, que refleja muy acertadamente el convulso momento histórico por el que atravesaba el país.
En Cuba, Ponte fue un escritor controversial, hasta el punto de ser ninguneado por las instituciones culturales del país. Sus trabajos, desde ensayos como "Por Los años de Orígenes" y "El abrigo de aire", hasta el cuento "Un arte de hacer ruinas", integraron la crítica cultural y la política. Posteriormente, sus mordaces y muy divertidas tiradas de La lengua suelta —publicadas en La Habana Elegante, bajo el seudónimo de Fermín Gabor— la emprendieron contra reconocidas personalidades de la cultura cubana, muchas de ellas consagradas por el oficialismo. Al igual que en los textos que conformaron La lengua suelta, compilados en un volumen que vio la luz en 2020, y en su novela La fiesta vigilada —donde la ficción, el ensayo y la autobiografía parecen fusionarse—, lo cómico atraviesa constantemente las páginas de Desfila La Habana. En esta entrevista he querido centrarme en esta última novela.
Cuando pienso en la palabra desfile en el caso cubano, lo primero que me viene a la mente son las convocatorias multitudinarias que fueron frecuentes después de 1959. Sin embargo, estas marchas y conmemoraciones no aparecen en el libro. Háblanos un poco del título de la novela. ¿Por qué Desfila La Habana?
El título tiene algo de trampa porque quienes desfilan a lo largo de la novela no son milicianos ni trabajadores en un Primero de Mayo, que es lo primero que nos vendría a la mente, sino espías, reporteros, mafiosos, gente de cine, un dictador agotado, un dictador emergente y varios desfilantes más. En realidad, es La Habana quien desfila ante toda esa gente. La novela transcurre entre fines de 1958 y primeros meses de régimen revolucionario, pero gracias a su título se cuela, como un fantasma o una sombra del futuro, la historia que vendrá después.
En Desfila La Habana me deslumbró la esmerada investigación histórica. Constantemente trataba de pensar qué momentos de la narración estaban sustentados en eventos ya confirmados en las fuentes bibliográficas que consultaste y cuáles se debían más bien a la fabulación del autor. La página de agradecimientos contesta parcialmente esa interrogante. Como un lector interesado en el tiempo histórico en el que transcurre la novela, creo haber acertado en muchas ocasiones. En otras, como la propuesta de Ian Fleming para derrocar al Gobierno de Fidel Castro —que me hizo recordar un chiste del comediante Álvarez Guedes— me equivoqué. Parece más bien una ficción literaria.
Terminada la novela, con el pretexto de agradecer a los autores de varios libros consultados, dejé al lector ciertas precisiones sobre los personajes, sobre cuáles son históricos y cuáles de invención. Y una de las razones principales para entrar en esos deslindes es la propuesta de Ian Fleming, el creador de la saga de James Bond, de cómo deshacerse de Fidel Castro. La encontré en una biografía de Fleming y me pareció tan rocambolesca, una astracanada tal, que tuve que evitar que la achacaran a mala invención mía. Aunque por nada del mundo iba a privarme de ella, que resultaba perfecta para cerrar la trama.
¿Encontraste referencias bibliográficas al álbum en el que Francisco de Miranda atesoró los vellos púbicos de sus amantes, incluidos los de la emperatriz Catalina la Grande, o se trata de una ficción?
El álbum está en una crónica de Norman Lewis. Lewis visitó en su casa del Vedado al general Carlos García Vélez, hijo del general Calixto García, y coincidió en la visita con otro general mambí, Enrique Loynaz del Castillo, el padre de Dulce María Loynaz. Ambos generales le mostraron el álbum. Según él cuenta, García Vélez descendía del venezolano Francisco de Miranda, quien había sido amante de Catalina II de Rusia.
¿Qué hay de cierto en esto? Bueno, se non è vero è ben trovato.
Los paseos solitarios por el Malecón, en los que Meyer Lansky soñaba con crear Montecarlo también me parecieron otros de los momentos en los que la ficción literaria se me hacía difícil de distinguir de datos biográficos confirmados.
Está documentado que Meyer Lansky planeaba el Montecarlo de La Habana y documentado que tenía por costumbre usar, de madrugada, un rincón solitario del Malecón para afinar sus visiones empresariales. Lo que sí le inventé fue su recitación de unas líneas de Macbeth. Sin embargo, no debo haberme desviado demasiado de la verdad histórica porque él solía recitar de memoria a Shakespeare —especialmente El mercader de Venecia—, y a su única estancia en la cárcel se llevó un tomo con todo Shakespeare y un diccionario para desentrañarlo.
Fuera ya de la época que cuento en mi novela, y fuera de La Habana, Lansky se encaró con un agente del FBI que lo seguía por Collins Avenue (Miami Beach) y le soltó los versos iniciales de "If", que hablan de valor y aplomo personal. Le aseguró al agente que haría bien en leerse ese poema de Kipling. Era, pues, un gánster con curiosidad literaria.
¿El filme que se hizo a escondidas, en el que se grabó una orgía del Senador John F. Kennedy con tres mujeres es una invención tuya?
No es una orgía inventada. O, al menos, no ha sido inventada por mí. Se ha dicho que Santo Trafficante la organizó en el hotel Copacabana para quien luego llegaría a presidente de los Estados Unidos. Sin embargo, no llegó a ser filmada ni fotografiada. Algo que le escucharon lamentar a Trafficante años después, cuando pudo haberle servido para sacarse de encima a los Kennedy. Especialmente a Robert, fiscal general.
¿Consideraste alguna vez escribir Desfila La Habana como un libro de historia? En ese caso, ¿qué te hizo decidirte por una novela?
Bueno, para hacerlo libro de historia tendría que considerarme, no ya un historiador, sino un historiador muy ducho. Fue desde el comienzo una idea para novela.
¿Cuándo y cómo se te ocurrió hacer Desfila La Habana?
Hace una década publiqué en la revista dominical de El País un reportaje sobre Norman Lewis y su estancia en La Habana de los años 50. Orlando Jiménez Leal, con quien tanto he conversado sobre La Habana de aquellos años, me avisó de que allí había novela. Y otro amigo, José Antonio García Simón, me recomendó que apartara otros proyectos y me pusiera a trabajar en este. Mientras tanto, fueron llegándome otras historias apasionantes que entramar a las contadas por Norman Lewis.
Me resultó providencial la lectura de los dos libros sobre el final del batistato y el inicio del castrismo publicados por Ruby Hart Phillips, la corresponsal en La Habana de The New York Times desde los años 30 hasta el cierre de esa redacción habanera por el régimen revolucionario.
Gran personaje Phillips, y no hablo de la que aparece en mi novela, sino la de sus libros, que creo que no han sido traducidos al español.
Uno de los referentes de Desfila La Habana es Nuestro hombre en La Habana. Danos algunas alusiones al libro de Greene que incluiste en tu novela.
Alusiones mías al Greene de Nuestro hombre en La Habana pueden rastrearse en La fiesta vigilada (Anagrama, 2006). Allí está el Graham Greene novelista principalmente. En esta novela el lector encontrará al guionista Greene, quien regresa a La Habana para filmar una película basada en su novela, descubre que su adorado teatro Shanghai no existe ya, clausurado por las nuevas autoridades, y choca con la censura revolucionaria.
Existe alguna que otra alusión velada a Greene, pero a un libro suyo posterior, de los años 80, donde él cuenta su relación con el general Omar Torrijos: Getting to Know the General. The Story of an Involvement. Porque, tal como luego se acercaría a Torrijos, en Desfila La Habana Greene arde en deseos de conocer a Fidel Castro.
Desfila La Habana parece aludir a una circularidad. ¿Qué te llevó a optar por esa solución como un modo de concluir el libro?
Las primeras páginas transcurren en una fiesta londinense, en la fiesta anual de la legendaria editorial Jonathan Cape, que publica los libros de Norman Lewis, Ian Fleming y Ernest Hemingway. De la conversación allí entre Fleming y Lewis sale para este último su misión en La Habana. Y en las páginas finales vuelve a celebrarse la fiesta anual de la editorial Jonathan Cape, coinciden otra vez Lewis y Fleming, hablan entre ellos y el círculo se cierra.
Los personajes de Desfila La Habana tienen en común la interrogante de qué está por ocurrir en Cuba y acaban recibiendo esta respuesta: una revolución política. Revolución, en sus acepciones astronómicas, geométricas y mecánicas, supone circularidad, rotación alrededor de un eje. De ahí la estructura de la novela. Para avanzar, para que el desfile se cumpla, la historia rota.
El momento histórico en el que se desarrolla Desfila la Habana, es el mismo que encontramos en Gestos, de Severo Sarduy. Sin embargo, es obvio que se trata de textos muy diferentes. Si tuvieses que comparar ambas novelas, ¿qué contrastes y similitudes señalarías entre una y otra?
Volví a leerme Gestos cuando la escribía y, a diferencia de lo que me ha ocurrido con otras novelas de Sarduy, Gestos resistió con creces mi relectura.
Debo confesar que soy mejor lector de sus poemas y ensayos que de sus novelas. Y un lector rendido de El Cristo de la Rue Jacob. Sin embargo, incluso en páginas suyas que no me interesan demasiado, lo encuentro magnífico en cuanto se pone a describir.
Fue por eso por lo que volví a leer Gestos. Porque sabía de antemano que iba a poner muy poca descripción en lo que escribiría (espacio lo más libre posible para la acción y los diálogos) y necesitaba la ayuda de Sarduy.
Cuando escribimos una historia nos toca descubrir cómo ciertas historias de otros logran ayudarnos. Y, ya que hablaba antes de geometría, podría decir que se trata de una suerte de traslación geométrica: gracias a la profusión de detalles en la novela de Sarduy pude legitimar la ausencia de detalles en la mía. Alcancé a ver una Habana que no me proponía describir porque esa Habana ya existía en Gestos.
Alguna vez leí una entrevista con un escritor, quien afirmó que todo autor escribe pensando en un lector ideal. ¿Compartes esta opinión?, ¿qué aspiras que disfrute un lector ideal de Desfila La Habana?
El lector es el ser más inimaginable entre todos los seres inimaginables. No hay modo de aclarar si se trata de un personaje de ficción o de un personaje real. No alcanzamos a imaginarlo ni alcanzamos a creer del todo en su existencia.
El lector es ese que está siempre por venir, menos un ser que una inminencia. Le dejo, entonces, donde pueda leerlo cuando llegue, este post-it que reza: "Seas quien seas, me gustaría que encontraras divertida esta novela. También me gustaría que, en algún momento, te entraran dudas de hacia dónde va todo lo que ella cuenta. Muchas gracias".
Antonio José Ponte, Desfila La Habana (Tusquets México, Ciudad de México, 2026).
¿Es posible comprarlo en Amazon? ¿Hay versión digital epub o Kindle?
Amadeus, en Amazon desde Europa o EEUU la edición en papel estará en unas semanas, aunque ya se puede preordenar. Desde Amazon México ya puede ordenarse. Y en versión digital ya está disponible. Saludos
https://www.amazon.com/-/es…
En Amazon (de; Alemania) no está la versión digital todavía; sí la impresa, pero me imagino que la digital debe estar disponible en algún momento.
Gracias!!