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Teatro

Con Salvador Lemis, un abrazo hasta la próxima conversación

El autor recuerda al recién fallecido dramaturgo 'con sus travesuras, sus escapadas, su fe en la poesía y en el escenario'.

Ciudad de México
Salvador Lemis (der.) y Norge Espinosa en Ciudad de México.
Salvador Lemis (der.) y Norge Espinosa en Ciudad de México. Cortesía del autor

La última vez que nos vimos, ya él sabía que estaba enfermo. Nos encontramos en un auditorio de la Universidad Iberoamericana, el 8 de octubre del pasado año, durante la presentación de un nuevo libro del director italiano Eugenio Barba. Esa tarde, que compartimos con Eugenio, el fundador del Odin Teatret, y Eberto García Abreu, hizo lo que se le antojó, como el espíritu pícaro y provocador que siempre fue. Rompió la formalidad del acto, sacó de su mochila objetos inesperados, arrancó su presentación del volumen maldiciendo a todos los dictadores y poderes totalitarios, y más que limitarse a hablar del libro, nos regaló una infinita descarga de anhelos, memorias y deseos.

Era probablemente un preludio de su despedida, con el impulso de quien no desea callarse ya nada, de dejar algún testimonio de todo lo que en su mente aún se agolpaba y quería verbalizarse y hacerse teatro. También, era otro rapto de su cubanía, de esa condición inquieta y desafiante que aparece siempre en sus personajes más logrados, en el afán de volver al juego para romper sus propias reglas. Eso era parte de su encanto, y Salvador Lemis, sin duda, tenía de sobra. Así lo recordamos ahora, con sus travesuras, sus escapadas, su fe en la poesía y en el escenario, cuando de pronto ya no está, y este 18 de diciembre se fue a otros sitios, tras los meses finales de esa enfermedad que ahora nos impuso esta despedida: golpe duro que junto a sus familiares hemos compartido quienes le quisimos y le admiramos hasta el final.

Había nacido en Holguín, el 29 de julio de 1962. Su rostro apareció a toda página en el número uno de la revista Tablas de 1986, en cuya portada podía leerse: "Aventura de un nuevo autor: Salvador Lemis". Era toda una entrada en sociedad que además incluía en esa publicación el texto de Galápago, su obra más representada y conocida, a la que antecedía un texto firmado por Raquel Carrió, nada más y nada menos.

Leer ahora ese texto y repasar esa entrega de Tablas, dedicada al IX Festival de Teatro para Niños, da una idea muy precisa de lo que él aportó, en un instante en el que se reconfiguraban varias profecías acerca de Cuba y su teatro, incluyendo el dedicado a la infancia y la adolescencia. En la ficha de autor que aparece ahí con el libreto, puede leerse que desde niño estuvo vinculado a círculos de interés de locución, artes plásticas, computación y periodismo, lo que da fe de esa curiosidad voraz que siempre lo caracterizó. Ganó varios concursos escolares de literatura en su provincia y a nivel nacional, y en julio de 1985 ya se había graduado como dramaturgo y teatrólogo en la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde comenzó a trabajar como profesor.

El contacto en ese espacio con el núcleo dirigido por Flora Lauten, que daría pie al nacimiento del Teatro Buendía, fue crucial. Fue asistente durante sus años de estudio de montajes como El pequeño príncipe, Electra Garrigó y Lila, la mariposa. Esos espectáculos, cuyo elenco integraban los estudiantes que Flora comandaba, sacudieron a la escena nacional, molestaron, inquietaron y sobre todo, hicieron despertar a muchos espectadores. El cuestionamiento implícito a la imagen de una sociedad y una juventud perfecta, el acercamiento sin prejuicios ni anquilosamientos a los clásicos, la frescura con la cual ese equipo de trabajo plantó su bandera en la escena de la Isla, son también parte de la biografía de Lemis, y eso también lo acompañó hasta sus últimos empeños.

"Si tuviera que definir una habilidad de Salvador diría la siguiente: su capacidad para relacionarlo, asimilarlo todo y hacer algo suyo", afirma Raquel Carrió en su texto para esa edición de Galápago en la revista Tablas, donde las ocho escenas de esta pieza fueron además ilustradas por el maestro Armando Morales. Como si se tratase de un cuento de hadas, el protagonista de esa "aventura de iniciación", recibía todos los regalos posibles de nombres firmes en el ámbito teatral de su tiempo. Y esos regalos eran merecidos y fueron bien aprovechados. La experiencia, que también comenta Carrió, de unir su voz de dramaturgo al conocimiento interior de la práctica teatral junto al naciente Buendía, resultó fructífera.

En los años 90, poco antes de irse de Cuba, mientras Galápago era representada por diversos grupos y compañías, Salvador Lemis seguiría entendiendo al teatro desde sus secretos más íntimos, colaborando con otras figuras y directores, firmando obras más ambiciosas. En Galápago, con la que había obtenido mención en el concurso La Edad de Oro, ya se adelantan temas tabúes (como la muerte) o preocupaciones acerca de la ecología, que distinguen al texto del resto de lo que se concebía para la infancia en aquel contexto. La carga poética de sus imágenes, la influencia asumida a plenitud de El pequeño príncipe de Saint-Exúpery, y el final abierto, eran recursos con los cuales Galápago no solo se entendía como un magnífico texto que hablaba a la niñez y a la adolescencia sin ñoñerías, sino como una invitación a la metáfora y a la imaginación que dejaba de lado la carga doctrinaria y didáctica de mucha de la dramaturgia que hasta ese instante se había impuesto ante esos públicos. También, en eso, fue un anticipado.

Cuando se gradúa como dramaturgo, lo hace con Mascarada Casal, un hermoso texto de amplio elenco que rinde tributo al extraordinario poeta modernista cubano, y que amén de extender la línea de obras firmadas por Abelardo Estorino, Gerardo Fulleda León o Abilio Estévez inspiradas en autores de la lírica cubana del siglo XIX, sirve como espejo de las propias dudas e incomodidades que el joven autor ya sentía, en pos de otras libertades, en su paisaje más inmediato.

Antes de marcharse a México, donde residió hasta el fin de su vida sin regresar al país natal, colaboró con Rolando Tarajano en la hermosa aventura de Teatro en Las Nubes, que estrenó su pieza Tres tazas de trigo, y una versión suya a partir de un relato de Marguerite Yourcenar sobre el mito de Clitemnestra, que se integró al espectáculos Las culpables, y que defendió brillantemente en escena la gran actriz cubana Grettel Trujillo. Otras piezas suyas de ese periodo son Un girasol pequeñito, Zoológico y El tren de la alegría.

Para cuando se radica en México, ya su nombre forma parte de la nueva hornada de autores en los que se va forjando una imagen más quebrantadora y desafiante de la dramaturgia nacional. Junto a Joel Cano, Carmen Duarte, Lira Campoamor, Raúl Alfonso y otras figuras, Salvador Lemis defiende esa otra perspectiva que desde la escritura dramática, pide más a los espectadores, y reta a quienes tratan de controlar la materia explosiva que es siempre la verdad escénica. Son los años de La Cuarta Pared y Víctor Varela, de Marianela Boán y Danza Abierta, de Caridad Martínez y el Ballet Teatro de La Habana, de Teatro 2 en Santa Clara y el montaje de El hijo… Más que puestas en escena y colectivos, esos instantes eran chispas que lograron, en la entrada de los 90, hacer de los escenarios una zona de conflictos menos predecibles y de rostros y no máscaras ya impostergables. Pero acaso presintiendo que la batalla iba a ser mucho más dura que esas profecías, Salvador se va a México, donde tendrá el resto de su vida profesional.

Se ganará la vida como maestro, dramaturgo, guionista. Tendrá periodos de altas y bajas en su trabajo. Pero nunca se estuvo completamente quieto. Y fue agradecido siempre con quienes, desde Cuba, seguían mencionándolo y antologándolo. Mascarada Casal fue publicada en 1994, en la colección Pinos Nuevos. Armando Suárez del Villar la había estrenado, un año antes, en el centenario del poeta.

Fue profesor de la Universidad Veracruzana entre 1996 y 2001, y en la Escuela Superior de Artes de Yucatán. Obtuvo el Premio Bellas Artes Baja California de Dramaturgia Luisa Josefina Hernández con su pieza La ciruela, que Teatro en las Nubes comenzó a ensayar en Cuba sin lograr estrenarlo. Otras piezas suyas son La cebra, y Asno-asna, y una hermosa adaptación de un episodio de la novela Momo, de Michael Ende. Trabajó también con la editorial Paso de Gato, escribió para telenovelas de la empresa AZTECA. Colaboró con la Escuela Latinoamericana del Arte del Títere Mireya Cuesto, cursó un Diplomado en Arte, Cultura y Contemporaneidad en Aguascalientes. Fue incansable. Fue también un notable seductor, en el sentido más amplio del término.

Su teatro se representó en Cuba, España, Venezuela, Suiza, Chile, Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Perú, entre otras naciones. Participó en congresos internacionales, talleres y conferencias sobre teatro. El teatrólogo e investigador Ernesto Fundora lo incluyó en dos antologías: Dramaturgia cubana contemporánea (Paso de Gato, 2015) y Cuba Queer (Hypermedia, 2017).

En México al fin nos reencontramos y nos abrazamos, y pude entregarle uno de los ejemplares de esa última compilación. Sus mensajes iban y venían, y a veces, cuando alguna amistad común visitaba Ciudad de México, nos encontrábamos para hablar y fotografiarnos, lo mismo con Nelda Castillo que con Esther María Hernández, o con los maestros como Miguel Rubio, Teresa Ralli, o Eugenio Barba. En uno de esos encuentros pude presentarle a Marien Fernández, ese talento tan notable de la poesía y la dramaturgia cubana, con el que quise que hubiera hablado más.

Y es que con Salvador Lemis sucedía eso, siempre quedaba un tema por hablar y una conversación pendiente. En los mensajes electrónicos de madrugada, entre imágenes y versos que a él le gustaban, entre chismes y juegos de doble sentido, y comentarios políticos en los que subrayaba su distancia de la política cubana reciente a veces con encono, él fue siempre así: transparente y libre, incorregible en su propio grado de soberanía y felicidad. En la Isla, sus últimas publicaciones fueron un breve poemario que Rubén Darío Salazar gestionó, con ilustraciones de Zenén Calero para Ediciones Vigía: El titiritero Florencio, y la antología Retablo para múltiples paisajes, de Ediciones Matanzas.

Tuve la dicha, en México, de ver un montaje reciente de Galápago, y esas escenas volvieron a mi memoria como cuando las leí por vez primera en aquella revista Tablas, y se añadieron los rostros de estos nuevos intérpretes a los del montaje que en 1988, también en Tablas, aparecían en otra portada a la orilla del río Quibú, y en el que Roxana Pineda era la protagonista junto a otros estudiantes de actuación del ISA. 

Ojalá esa institución nombrara algún día una de sus aulas con el nombre de Salvador, que se forjó allí y ayudó a forjar a muchos, en esa operación de cambio que desde la cultura quisieron muchos aportar a Cuba. Aunque ahora, tras su muerte, esa otra conversación quede pendiente. Pero nos queda la esperanza de recuperar no solo el ISA y su ahora abandonado castillo Elsinor, en el cual aparece retratado en aquella revista de 1986. Sino también muchas de las profecías y las metáforas que Salvador Lemis nos legó con su cariño, con su talento y con sus muchas obras. 

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