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Arquitectura

Edificios universitarios habaneros: el campus de La Colina

La Universidad de La Habana 'al transitar entre el neoclasicismo, el art déco y el racionalismo, asumió lo mejor del vertiginoso ritmo que distinguió el arte de la primera mitad del siglo XX'.

Madrid
Colina Universitaria, La Habana.
Colina Universitaria, La Habana. Imer Noticias

La Universidad de La Habana estuvo funcionando durante 173 años en La Habana Vieja, a un pasito de la Plaza de Armas, justo al fondo del Palacio de los Capitanes Generales. Se contaba entonces entre los edificios más emblemáticos en torno al centro fundacional. Sin embargo, estrenado el siglo XX, fue objeto de las renovaciones que impulsó el Gobierno interventor norteamericano, en afán de modernizar y dar un cambio de signo a la nueva era que inauguraba la República.

En 1902, la Universidad de La Habana fue trasladada a la colina donde termina la calle San Lázaro, en una zona de nueva expansión urbana, donde se le construiría un moderno campus. Así dejaba de concentrar sus funciones en un solo inmueble para convertirse en una ciudad universitaria.

En esta ubicación radicaban las instalaciones del antiguo cuartel de la pirotecnia militar desactivado después de la guerra, que fueron adaptadas para servir a la docencia mientras se hacían las nuevas obras. Esta acción fue parte del plan de convertir cuarteles en escuelas con que el Gobierno interventor subrayaba el mensaje de cambio y progreso transmitido en esos años. De esta forma, el 7 de mayo de 1902 la Universidad de La Habana fue reinaugurada en dicha localización. Aunque la Facultad de Medicina y Farmacia ocupó inicialmente un edificio de la esquina de Ayestarán y Carlos III, reedificado en 1945 como Escuela de Veterinaria.

Poco a poco el campus de La Colina, como se le ha conocido, sustituyó los pabellones militares por portentosos edificios neoclásicos que, de conjunto, crearon una especie de acrópolis del saber. Entre las distintas tendencias que definieron el lenguaje arquitectónico de la primera mitad de la República, el neoclasicismo tuvo una presencia significativa en edificios públicos y privados, particularmente en escuelas, bancos, hospitales, juzgados y edificios gubernamentales. La reproducción de elementos de la Antigüedad grecolatina en sus fachadas e interiores sugería seguridad, poder institucional y filiación con lo más elevado de la cultura universal, por lo que era el estilo más propicio para vestir el nuevo campus universitario.

Ejemplos internacionales muy reconocidos le antecedían en esta línea de acción: las universidades de Virginia (1819), diseñada por Thomas Jefferson; de Londres (1836), de William Wilkins; y de Atenas (1850), de Christian Hansen. En La Habana, donde el catálogo de edificios neoclásicos monumentales es enorme, el conjunto de la Colina Universitaria constituye ejemplo paradigmático.

Cuatro décadas pasaron antes de completarse tal y como lo conocemos hoy. Un periodo durante el cual también se incorporaron nuevas carreras que requirieron sus propios espacios, talleres y museos. Asimismo desde 1906, el recinto de la Quinta de los Molinos quedó a disposición de la Universidad, quién la adquirió jurídicamente en 1937. En ella pudo crear espacios para la enseñanza experimental en Agronomía y Botánica. Algo parecido sucedió con el Hospital Calixto García, transferido por decreto a la Universidad en 1943, pero que desde antes servía a la docencia. Los pabellones que le integran también conforman un notable conjunto neoclásico.

En la Colina el primer edificio nuevo fue el Aula Magna (1911). Este bellísimo inmueble fue diseñado por el arquitecto Emilio Heredia y decorado en su interior con lienzos de Armando García Menocal. En 1916, le siguieron los edificios gemelos de Física y Química (hoy Filosofía e Historia), que comenzaron a definir el grupo de cuatro que enmarca el acceso principal. En 1918, la Universidad compró 51.000 metros cuadrados del terreno ubicado entre la Colina, la Quinta de los Molinos, el Hospital y el Castillo del Príncipe, e instaló allí sus campos deportivos, aunque no fue hasta 1934 que construyó el estadio universitario.

En la década siguiente se inauguraron el edificio del Rectorado (1921), la Facultad de Derecho y el magnífico pabellón de Ingeniería y Arquitectura (hoy Física), de Moenck y Quintana, con fachada a la antigua Avenida Universidad. En 1927, con los últimos dos inmuebles quedaron concluidas las obras de la monumental escalinata de la calle L. Esta fue una de las pocas obras ejecutadas del amplio plan diseñado para La Habana por el prestigioso urbanista francés Jean-Claude-Nicolas Forestier. Es un acceso perfecto que reforzó la idea de acrópolis que envuelve al campus, majestuoso y a la vez práctico desde el diseño de un cuerpo central con amplios descansos, y las escaleras laterales que permiten un paso diferenciado más rápido y menos ceremonioso.

En la década de 1930 se terminaron los inmuebles que cierran la Plaza Cadenas, llamada así en honor al ingeniero agrónomo José Manuel Cadenas, que mucho hizo por el desarrollo de la Universidad. Estos edificios son la Biblioteca Central (1937), del arquitecto Joaquín Weiss; la Escuela de Pedagogía (Varona); y el edificio Felipe Poey o Facultad de Letras y Ciencias (hoy Matemáticas), de Pedro Martínez Inclán. El último es tal vez uno de los más hermosos del campus, pues mucho le favorece la incorporación de un patio interior ajardinado.

La Biblioteca Central, por su parte, es el edificio más peculiar del recinto. Aunque armoniza y se integra al ortodoxo neoclasicismo del campus, es de estilo art déco. Es por eso el más atrevido de su tipo en toda La Habana, ya que logra lucir la pureza de sus líneas modernas en un contexto de gran fuerza estilística. Vale la pena la visita a este inmueble para observar la singular integración de los dos lenguajes artísticos en su diseño integral, así como en todos sus detalles decorativos. Conserva además gran parte del mobiliario y de la luminaria déco, y los bellísimos murales de Domingo Ravenet en la sala de lectura.

En lo adelante, la Universidad incorporó nuevas dependencias que completaron el campus que conocemos hoy y que habría que entender no limitado a la Colina, sino extendido hacia el sur con la Quinta de los Molinos y hacia el oeste hasta el Castillo del Príncipe. Allí se ubicaron las facultades de Ingeniería Agronómica, dentro de la Quinta, del arquitecto Aquiles Capablanca (1938); la de Medicina en 25 e/ I y J (hoy Bioquímica), y las de Ciencias Comerciales y Farmacia, en 1940. Estas últimas son los primeros bloques que a ambos lados de la escalinata copiaron el modelo de las de 1916.

En 1942 se construyó la Facultad de Odontología, en Carlos III y G, del arquitecto Esteban Rodríguez Castells, quien una década atrás había diseñado el edificio Bacardí en el más exuberante estilo art déco. Con la misma maestría, en esta facultad aplicó la elegante simplificación del "monumental moderno", por algunos autores entendido como etapa final del art déco, y sin duda, bisagra hacia el Movimiento Moderno. Representa una lectura estética diferente de la que hiciera el edificio de la Biblioteca Central, pero a la vez interesante desde la interrelación de algunos elementos.

La última facultad construida durante la República fue la sede de Filosofía y Letras (1952), del arquitecto Víctor M. Morales, en Zapata y G. Como cierre de la intensa trayectoria constructiva de la Universidad en El Vedado, este inmueble asumió la modernidad de su época, evitando la ornamentación, la simetría y realzando los volúmenes y los materiales modernos. Fue en definitiva una universidad a la moda, pues al transitar entre el neoclasicismo, el art déco y el racionalismo, asumió lo mejor del vertiginoso ritmo que distinguió el arte de la primera mitad del siglo XX.

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