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Crisis energética

Cuba a oscuras: cuánto cuesta sobrevivir a los apagones

Los cortes de electricidad, que pueden llegar a las 50 horas, paralizan el país y profundizan la pobreza.

La Habana
Una tarde de apagón en La Habana.
Una tarde de apagón en La Habana. Diario de Cuba

"Esto es apagonia", dice Emilio, de 75 años, quien vive solo en el reparto Buena Vista, de Las Tunas. Ha aprendido a cocinar con leña, y hasta con cartones y bolsas que recoge de la basura. Tiene un anafre en el patio y se prepara una comida al día. Por las noches, se alumbra durante un rato con un bombillo recargable que debe llevar de una habitación a otra. Se acuesta temprano para no soportar la oscuridad y los mosquitos.

"Ya a las 9:00pm estoy debajo del mosquitero. Lo más malo es levantarme a orinar porque tengo que ir tanteando con las manos por las paredes. Ya el otro día me di un golpe con un mueble. Voy a tener que conseguir una olla vieja para usarla como tibor, aunque eso no me gusta porque se bota el orine por fuera y tendré que dormir con la peste. Esto es lo que me ha tocado, ya no hay más nada que esperar la muerte, que pronto llegará", lamenta el anciano.

Cada hogar cubano enfrenta como puede los apagones, que parecen no tener fin. Dentro de la policrisis económica y social cubana, la del servicio eléctrico es la más grave, porque atraviesa todos los servicios públicos y privados y se agudiza cada día con la falta de combustible y la obsolescencia del Sistema Electroenergético Nacional (SEN).

Sin electricidad se detiene el bombeo de los acueductos y el agua no llega a los hogares. Después de 24 horas sin fluido eléctrico, se descongelan los refrigeradores, se corrompen los alimentos, no es posible cocinar con hornillas u ollas eléctricas y se inutilizan los medicamentos que necesitan refrigeración. Sin ventiladores o equipos de climatización tampoco se puede dormir en el duro verano cubano, lleno de mosquitos. Los apagones continuos causan daños psicológicos, especialmente en los ancianos.

La duración de los apagones varía en dependencia del territorio y de la ubicación de los circuitos, pero la tendencia es que aumenten su duración. Circuitos antiguamente protegidos, como los de hospitales, soterrados y distribuidores, también han quedado expuestos a los cortes del servicio.

Walfrido, de 63 años, vive en el reparto Callejas, de Arroyo Naranjo, La Habana. En su zona las afectaciones son menores.

"A nosotros nunca se nos va la luz, salvo con las caídas del SEN. Mi circuito es priorizado o protegido porque es un circuito de distribución de la electricidad para todos los barrios más allá de La Palma, como Párraga, Mantilla, el reparto Eléctrico y otros. Incluso con las caídas del SEN somos los primeros en recuperar el servicio eléctrico, y ya a partir de las seis horas, por lo general, tenemos corriente".

"De todas formas, mi hija, que está fuera, me va a enviar un EcoFlow y paneles solares para paliar las caídas del SEN, que cada vez son más numerosas. Este año llevamos siete en La Habana. Además, como se está poniendo de mala la situación, puede ser que no nos respeten más como circuito protegido, al igual que ya ha ocurrido con los circuitos soterrados en La Habana Vieja y Bahía. Por el momento, estamos bien, sin afectaciones, pero no sabemos qué pasará en el futuro", añade.

Hay zonas en las que los apagones duran entre 20 y 30 horas seguidas, aunque ejemplos sobran de cortes de hasta más de 50 horas de duración, especialmente cuando ocurren las frecuentes caídas del SEN o averías locales en subestaciones eléctricas.

Las estadísticas se complican porque, con frecuencia, en muchos circuitos, luego de más de 20 horas de apagón, llega la electricidad durante cinco o diez minutos, se interrumpe nuevamente el servicio y el proceso se repite una o dos veces. Finalmente, el apagón continúa durante otras 20 horas o más. Si se suman las horas seguidas sin un servicio eléctrico estable, aunque sea de dos o tres horas, los usuarios van acumulando entre 50 y 60 horas de oscuridad.

La crisis energética aumenta la brecha social

Los más afectados son los hogares. Esta crisis energética muestra con total crudeza la diferenciación social y económica que se ha producido en Cuba en los últimos años. La manera de lidiar con los apagones muestra el lugar que ocupa cada cubano en la sociedad.

Los más vulnerables —jubilados, ancianos solitarios, madres solteras y trabajadores sin otros ingresos— enfrentan como pueden la oscuridad nocturna, con velas, mechones, lamparitas de pilas o recargables.

Luego están las personas que reciben remesas familiares, los dueños de MIPYMES, emprendedores y funcionarios partidistas y estatales, que pueden disponer de otros medios, como baterías con inversores, EcoFlow, paneles solares, plantas de gasolina y de gas de la calle u otras opciones para disponer de electricidad en sus casas.

Los precios de estos medios para paliar los apagones son los que marcan la diferencia entre los cubanos, teniendo en cuenta que el nuevo salario mínimo del sector presupuestado es de 3.210 pesos mensuales, las pensiones para los jubilados oscilan entre 3.000 y 4.000 pesos mensuales y el salario medio es de 6.930 pesos mensuales.

Las simples velas cuestan más de 100 pesos cada una, mientras que las lamparitas y bombillos recargables oscilan entre 2.000 y 5.000 pesos, dependiendo de su luminosidad. Los ventiladores recargables se pagan en dólares estadounidenses y cuestan entre 50 y 100 dólares, en dependencia de su autonomía.

El precio del dólar estadounidense en el mercado negro está sujeto a fuertes oscilaciones. Al momento de redactar este reporte, el cambio supera los 660 pesos por un dólar.

Existen muchas ofertas y marcas, pero los paneles solares rondan los 500 dólares, al igual que las plantas de gasolina o híbridas con gas manufacturado, que son las más solicitadas en las zonas de La Habana que reciben el servicio de gas de la calle. Estas tecnologías se encarecen por los elevados costos de instalación y de complementos como cables conectores, mangueras y reguladores.

Las baterías son más baratas, entre 100 y 300 dólares, pero requieren la compra de inversores y cables conectores, así como una correcta instalación, y no tienen mucha potencia. Un EcoFlow Delta 3 Clásico con panel solar de 590 W, más el cable, se oferta en 1.170 dólares en La Habana, pero todos estos equipos y tecnologías cuestan mucho más en las provincias por los costos de transportación.

La crisis eléctrica paraliza el país

La mayoría de los centros laborales se paralizan durante los prolongados apagones, aunque existen ejemplos puntuales de inventivas para seguir trabajando.

La compañía de marionetas Hilos Mágicos, con sede en el teatro La Edad de Oro, en Santa Catalina y Juan Delgado, Santos Suárez, La Habana, continúa brindando funciones infantiles con lámparas recargables y equipos de audio con baterías. Los centros industriales y de servicios, sin embargo, necesitan electricidad para trabajar.

Los barberos compran máquinas de pelar recargables para poder atender a sus clientes. Algunas MIPYMES y cafeterías privadas adquieren plantas eléctricas y paneles solares para seguir prestando servicios.

En La Víbora, La Habana, Ernesto, un emprendedor, tuvo que comprar una planta híbrida de gas.

"Me costó entre la planta, mangueras, regulador y la instalación como 600 dólares. Es caro, pero es una inversión necesaria, sobre todo para guardar la comida en el freezer. Aquí los apagones son muy largos, sobre las veintipico de horas todos los días. A veces de treinta y pico de horas seguidas y, cuando se cae el SEN, que es a cada rato, son mínimo 72 horas de apagón".

"Con la última caída del SEN, hasta los huevos se me echaron a perder", recuerda.

La planta, explica, también tiene inconvenientes. "Es molesta porque hace mucho ruido, también se rompe con facilidad, y cada tres meses hay que darle mantenimiento porque el gas de la calle viene muy sucio".

"Estoy muy preocupado porque últimamente la presión del gas ha bajado mucho, afectando mi plantica, que tengo que reiniciarla a cada rato. También se están dando roturas de la planta generadora del gas de la calle y el servicio ha faltado, que eso nunca pasaba", añade.

"Lo último que me dijeron es que, como tantas personas se han conectado al servicio del gas de la calle con plantas eléctricas, van a subir el precio del gas, que ya hace unos años lo habían subido. La gasolina está muy cara y no me es rentable para mi planta. Estuvo en más de 5.000 pesos el litro y, aunque ha bajado un poco el precio, eso es irrentable. No hay bolsillo que aguante echarle un litro de gasolina a la planta para algunas horas de luz".

"Básicamente, utilizo la planta de gas para alumbrarme, enfriar las neveras y ver un poco de televisor", concluye Ernesto.

Para otros, como Emilio, el anciano que vive solo en Las Tunas, disponer de una fuente alternativa de electricidad es imposible.

Para comer, "recojo el bodrio que me dan en el comedor del SAF (Sistema de Ayuda a la Familia), y con eso voy tirando, más lo que me ayudan mis vecinos", dice.

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