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Opinión

Raúl Castro, el terror y la legitimación de los fusilamientos

Así empezó la historia de violencia desde el Gobierno del general hoy imputado en EEUU por el asesinato de dos pilotos civiles.

Madrid
Raúl Castro (izq.) y Ernesto 'Che' Guevara, 1964.
Raúl Castro (izq.) y Ernesto 'Che' Guevara, 1964. Getty Images

El 24 de febrero de 1996 Raúl Castro dio la orden de derribar dos avionetas civiles de la organización Hermanos al Rescate, que fueron abatidas por cazas de combate cubanos. La campaña mediática del régimen lo presentó entonces como un gesto de patriotismo y virilidad suprema.  

El 20 de mayo pasado se anunció oficialmente que Raúl Castro fue imputado de cargos en EEUU por ser el responsable directo del asesinato de dos pilotos civiles.  Desde entonces se desató en redes una campaña de apoyo a ultranza al nonagenario general. Esta perseguía sobre todo dos direcciones: remarcar la hombría (que no es lo mismo que el valor) del imputado y reconstruir la casi desusada leyenda que durante décadas presentó al menor de los dictadores Castro como modelo de padre amoroso, persona familiar, líder preocupado siempre por el pueblo, aquel que en todo momento habla claro, que es sensible, justo y ajeno, por tanto, a actos de naturaleza criminal. 

En las ciencias sociales a veces es necesario deconstruir con hechos planteamientos que a todas luces se conoce que son falsos. Preguntémonos entonces: ¿ha sido Raúl Castro un hombre ajeno a la violencia y al empleo de métodos de terror? 

En la Cuba de enero de 1959, entre el 8 y el 17, se fusilaron en Santiago 114 personas, lo que supone un promedio de 12,6 personas por día. Durante el primer mes del terror jacobino se ejecutó en Francia, según WorldHistory, un promedio de una persona al día. En ese año, uno de los años más sangrientos de la historia de las revoluciones, la media general ascendió a entre 40 y 45 ejecuciones diarias. O sea, en tres días se ejecutó en Cuba a más personas que en el primer mes del terror jacobino. 

La exorbitante cantidad de fusilamientos, precedidos de procesos expeditos, tuvo como asidero legal la "Ley de la Sierra" y no el Código Penal. Ello se sustentó en el hecho de que los crímenes juzgados habían sido cometidos en tiempos de guerra. Pese al baño de sangre desatado, y con independencia de si eran culpables o no, Raúl Castro se lamentaba el 18 de enero en una entrevista concedida a la revista Bohemia: "¡hay que matar como a doscientos más!". 
 
Los inicios del terror 

El 17 de enero de 1959, ante la tremenda repercusión de los fusilamientos en Oriente, el Gobierno revolucionario dio la orden de detener las ejecuciones de manera momentánea.  

Los hermanos Castro entraron inmediatamente en modo control de daños, e iniciaron una intensa campaña de prensa destinada a justificar, de distintas maneras, la necesidad de esos procesos. 

El tema fue el centro de la entrevista que, el día 18 de enero, realizó el periodista de Bohemia Bernardo Viera Trejo al joven Raúl (la entrevista puede ser consultada en el segundo tomo de sus Obras escogidas, disponibles en el sitio oficial del PCC).  

El análisis de esta corta entrevista, de apenas seis páginas, revela claves muy interesantes que, al ser analizadas en contexto, adquieren mayor sentido. 

En primer lugar, llama la atención que, mientras su hermano Fidel hace de manera constante responsable al pueblo de los fusilamientos, pues según sostenía era quien exigía justicia, Raúl no lo menciona ni una sola vez. No habla del pueblo ni bien ni mal, ni en tono discursivo neutro; es como si no existiera. En su lugar sustituye el término por colectivos específicos y emocionales: "nuestros muertos", "las madres orientales", "los guajiros". 

A su vez, "justicia" y "Constitución" apenas se mencionan dos veces, y una de ellas es para afirmar, enfáticamente, que se oponía de manera absoluta a convocar una Asamblea Constituyente.  

La entrevista se articuló en tres nodos: sacrificial-emocional, a través del cual Raúl Castro justifica el martirologio revolucionario y los caídos no son simples muertos, sino el capital simbólico que legitima las acciones presentes. Este nodo se sustenta en la relación entre los términos: sacrificio, espíritu, muertos, nuestro/nuestros, y lucha.  

En este punto, un aspecto se vuelve importante: Raúl está hablando constantemente de "sus hombres del Segundo Frente". El término "nuestro" apunta a ellos y a sus muertos, no a los de todos los demás. Lo reafirma cuando, ante la pregunta del entrevistador sobre por qué se había mantenido en Oriente, al margen de los homenajes propiciados por el pueblo a los libertadores, dice: "Que me dejen aquí con nuestros muertos y nuestro espíritu de sacrificio. Con las heroicas madres orientales…". 

El segundo nodo es el bélico-punitivo, basado en "Batista, los americanos, fotografías, documentos y pruebas". Mediante las descripciones de cientos de fosas comunes encontradas, pretendía justificar las violaciones al Estado de derecho que ocasionaban los fusilamientos expeditos

Por último, el más revelador de todos los nodos es el constitucional-programático, donde, una vez más, la Revolución es la fuente del Derecho y haría cumplir la Constitución del 40. ¡No dijo que la restablecerían, sino que la harían cumplir! Lo cual, como demostró el proceso, encerraba una trampa destinada a despertar apoyo. Pues, para hacer cumplir las exigencias sociales, la Revolución no tenía que restituir la Carta Magna, en nombre de la cual se había llevado a cabo el proceso.  

Lo que sí dice en esta entrevista, de manera clara, es que le parecía que dos años era muy poco tiempo para convocar a elecciones.  

Al parecer, 67 años después, Raúl Castro sigue creyendo que es poco tiempo, y sigue convencido de que es posible mantener el engaño y la manipulación que sobre el pueblo de Cuba han llevado a cabo desde enero de 1959. Presas de sus propios egos nos han facilitado, con la publicación de 12 tomos de sus Obras escogidas, las herramientas para combatir esas campañas.  

Si algo demuestra la lectura de estas declaraciones y su contraste con los hechos es que la violencia no fue un recurso coyuntural ni una respuesta desesperada, sino un componente estructural del proyecto político que Raúl Castro ayudó a edificar desde sus inicios.

La legitimación del fusilamiento, revestida de épica, dolor y supuesta justicia revolucionaria, sirvió para aniquilar adversarios, y para sentar las bases de un sistema donde la ley quedaba subordinada a la voluntad del poder. Entender su origen es una necesidad si queremos desmontar, con evidencias, la narrativa que aún hoy intenta absolver lo que fue, desde el principio, una política consciente de terror. 

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1 comentario

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Profile picture for user EL BOBO DE LA YUCA

No olvidar que eso (fusilamientos, etc) solo fue posible porque la mayoría lo apoyó, aplaudió y estimuló.