La historiografía escrita en Cuba con posterioridad a 1959 está basada en mitos con los que el castrismo ha pretendido legitimar su actuación. Se trata de afirmaciones o consignas, con alto grado de subjetividad, repetidas una y otra vez con el objetivo de que penetran en las mentes de los cubanos, en especial de las nuevas generaciones. Eso ha dado lugar a que el análisis objetivo del pasado haya sido sustituido por la interpretación parcializada de los hechos.
El primer episodio de una saga que parece no tener fin, y en el que trató de que lo vieran como continuador de la obra de nuestros libertadores, aconteció cuando Fidel Castro le endilgó a Martí la responsabilidad intelectual del asalto al cuartel Moncada, esa alocada acción que enlutó a infinidad de familias cubanas.
Así, la escena quedó lista para que el 10 de octubre de 1968 el gobernante declarara que en Cuba había existido una sola revolución, la que comenzó Céspedes en 1868, y que continuaban sus huestes en ese momento.
En aquella ocasión el máximo líder pronunció una frase que ha quedado instaurada en la teleología de la revolución cubana: "Nosotros ayer habríamos sido como ellos; ellos hoy hubieran sido como nosotros".
Basta, sin embargo, un mínimo conocimiento de la historia de Cuba para constatar la falsedad de dicha pretensión. Son muchas las diferencias que separan a nuestros independentistas del siglo XIX de la tropa de Fidel Castro y sus seguidores. Entre ellas nos vamos a detener en la institucionalidad derivada de ambas revoluciones.
Todas las constituciones de la República en Armas promulgadas por los mambises, en especial la inicial de Guáimaro en 1869, contenían un matiz liberal que protegía las libertades individuales, y prevenían contra la tiranía de cualquier caudillo. En ese sentido destacaba la separación y equilibrio de poderes exaltada por el filósofo de la Ilustración francesa de los siglos XVII y XVIII, el barón de Montesquieu, y que nuestros constituyentes mambises llevaron a la práctica para hacer que la Cámara de Representantes (el Poder Legislativo) contuviera el ímpetu del Poder Ejecutivo, personalizado por el presidente Carlos Manuel de Céspedes.
Por el contrario, la revolución castrista proveyó a Cuba de una mescolanza de los tres poderes, donde el Poder Legislativo y el Poder Judicial se vieron absorbidos por el omnipotente Poder Ejecutivo. Aquí no hay separación de poderes, pues en el supuesto órgano legislativo se sientan por igual la cúpula del poder, los ministros, los militares, y el resto de los diputados. El resultado: una Asamblea Nacional que se limita a dar el visto bueno a todas las directivas que provengan de arriba.
Es decir, que la institucionalidad liberal que presidió todo el accionar de los luchadores independentistas contra el colonialismo español, ha dado paso a una institucionalidad que garantiza el sistema totalitario de partido único que hoy detenta el poder en el país.
A lo anterior podríamos agregar, entre otras cosas, la visión diferente hacia el Gobierno de EEUU. En los mambises del siglo XIX, por lo general, existió siempre un sentimiento de amistad y admiración por los vecinos del norte, que se transformó en agradecimiento tras la intervención militar de Washington para ayudar a los cubanos a expulsar a los españoles de Cuba.
Ahora, por el contrario, la imagen que se tiene de EEUU en la Isla es la de "el enemigo" que quiere acabar con la revolución.
Todo lo expuesto hasta aquí, en vísperas de otro 10 de octubre, aniversario del inicio de nuestras guerras de independencia, debe reforzar en nosotros la convicción de que en Cuba no ha habido una sola revolución. No hubo continuidad, sino ruptura por parte de los actuales gobernantes de la Isla.