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Opinión

La madrugada que estuve con el esbirro Francisco Estrada

El teniente coronel Estrada es quien está al frente de las investigaciones de los 'ataques acústicos' en la Isla.

Lucerna

Martes 21 de enero de 1997. Tomé café en la casa y a falta de pan, en la esquina de la calle O'Farrill, compré dos frituras de harina de castilla sazonadas con sal y cebollinos, a peso cada una. Pagué con un billete de cinco pesos.

Caminé hasta la Avenida de Acosta, a buscar el M-3, el "camello" que procedente de Alamar terminaba su recorrido en la Ciudad Deportiva. Antes de emprender la caminata por la Calle 26 hasta el Zoológico, entré a un timbiriche donde vendían batidos, a tres pesos el vaso. Pedí uno de mamey. En el bolsillo del pantalón me quedarían tres pesetas, para coger una guagua o "camello".

Había quedado con Juan Antonio Sánchez, Ñico, también periodista independiente de Cuba Press, en encontrarnos a las diez de la mañana en el domicilio del disidente Vladimiro Roca. De ahí partiríamos hacia la embajada checa, cercana a su casa. Alrededor de las 11:30 salimos de la embajada y a unos 200 metros, Ñico y yo fuimos interceptados por un carro patrullero.

Un policía alto y fornido de pelo claro, con más pinta de alemán que de cubano, después de pedir nuestros carnés de identidad y pese a nuestras protestas, nos obligó a montar en el asiento trasero del patrullero. El grandulón se sentó en el medio, Ñico quedó a la izquierda y yo mirando por la ventanilla derecha. Delante iban dos policías más: uno manejando y el otro debe haber estado para ayudar a reducirnos, en caso de ponernos pesados.

En unos pocos minutos llegamos a la estación de policía de Zapata y C, Vedado, en la esquina del Hospital Fajardo. Cuando nos bajamos, el gigantón de pelo claro fue a sacar los dos bolsos del maletero, oportunidad que Ñico aprovechó para acercarse y susurrarme: "Mántente así, tranquila. Tú no sabes nada, cualquier cosa, me echas a mí la culpa".

El rubio se dio cuenta, lo mandó a callar y nos dijo que en lo adelante teníamos prohibido hablar. Entramos a la estación, cada uno con sus respectivos bolsos. A Ñico lo sentaron en un banco alejado del mío, pero nos podíamos ver y empezamos a comunicarnos por señas.

En cuanto se percataron, a Ñico lo ubicaron fuera del alcance de mi vista. Me quedé en el mismo banco, debajo de una ventana cuyas persianas tuve que cerrar por el aire frío que entraba. Llevaba casi dos años como periodista independiente en Cuba Press y era la primera vez que me detenía el DSE (Departamento de Seguridad del Estado). Transcurrió una hora y nadie se acercaba a explicarnos el motivo de nuestra detención. Pero las constantes
idas y venidas de "segurosos" vestidos de civil me hizo deducir que a Ñico y a mí nos registrarían, nos quitarían las cosas y nos mandarían a los calabozos.

Al policía de guardia le habían dado la encomienda de mantenerme vigilada: después de cerrar la ventana ya no pude pararme más y si alguien intentaba sentarse en el mismo banco, lo mandaba a levantar. Llegó el horario de almuerzo y el policía-vigilante dejó su puesto, imagino que fue a almorzar. En eso, una mujer negra, joven y delgada, se sentó a mi lado y nadie se percató. "Ahora es la mía", pensé.

—Compañera, no te muevas ni me mires. ¿Me puedes hacer un favor? Necesito avisar a mi familia que estoy detenida. ¿Tienes papel y lápiz para anotar?

—Sí, me respondió también en un susurro. Buscó un bolígrafo y sacó un periódico de su cartera y sin volverse me dijo: "Lo voy a anotar aquí".

—Anota ahí estos dos números de teléfono. A cualquiera que te salga dile que Tania y Ñico están en la unidad de Zapata y C.

—¿Más nada?

—No, con eso basta. Mira, dentro de ese bolso verde tengo bastante dinero, pero si lo cojo y lo abro voy a llamar la atención. Todo lo que te puedo dar son tres pesetas que tengo en el pantalón.

—No importa, compañera, ¿no me pediste un favor?

Antes de levantarse y aprovechando que continuaban sin darse cuenta, le dije que en un papelito me pusiera su nombre y un teléfono donde la pudiera localizar. Lo anotó en el borde superior del periódico, lo arrancó y me lo dio. Lo guardé en el bolsillito del pantalón donde tenía las tres monedas de 20 centavos.

En cuanto pudo, la mujer llamó a casa de Raúl Rivero. Blanca Reyes, su esposa, fue quien recibió el recado. Inmediatamente después lo sabría también Vladimiro y él se encargaría de comunicar nuestra detención a Frances Kerry, corresponsal de Reuters, quien se disponía a asistir a la conferencia de prensa que al término de su visita a Cuba ofrecería el ministro de asuntos exteriores de Canadá, Lloyd Axworthy, en el Centro de Prensa Internacional. Lo acompañaba el entonces canciller Roberto Robaina.

A la hora de las preguntas, la corresponsal de Reuters se paró y le comunicó al ministro canadiense que dos periodistas independientes de Cuba Press habían sido detenidos esa mañana cuando salían de la embajada checa. Axworthy quiso saber detalles y se dirigió a Robaina y este, cogido fuera de base, pidió a uno de sus ayudantes que con urgencia averiguara. Unos minutos más tarde Robaina le diría: "Señor ministro, los detenidos no son periodistas, son unos delincuentes".

El pedacito de papel donde la buena mujer había anotado su nombre y teléfono de una vecina, no fue detectado cuando me desnudaron y registraron mi ropa y mi cuerpo, con cuclillas incluidas. Era tan minúsculo que quedó adherido al bolsillito. A falta del estuche idóneo, ese cachito de papel me serviría para guardar mis lentes de contacto la larga noche que pasé en uno de los calabozos de Zapata y C.

Han pasado 20 años y todavía lamento no haberle dado a aquella mujer de apariencia humilde, el bolso verde que hasta ese momento permanecía a mi lado. En su interior, además de obsequios pequeños, había un sobre con 2.000 dólares: 1,200, como pago por los trabajos publicados a una treintena de colaboradores de Cuba Press, y 800 que le enviaban al periodista José Rivero, para los trámites de viaje a Miami, cuyo padre había fallecido
recientemente en esa ciudad.

Han pasado 20 años y aún me pregunto: ¿a dónde fueron a parar esos 2.000 dólares? La respuesta me la podría dar Francisco Estrada, quien en 1997 era capitán en el DSE y aquella mañana dirigió un fuerte operativo por los alrededores de la embajada checa, en Nuevo Vedado, y dio la orden de detenernos a Ñico y a mí cuando saliéramos de la sede diplomática.

He visto la foto de Estrada que publicó DIARIO DE CUBA. En 1997 calculo que rondaba 40, ahora está canoso, usa espejuelos, se ha dejado un bigote, es teniente-coronel y jefe de Investigación Criminal del Ministerio del Interior. En dos décadas ascendió de capitán a mayor, luego a teniente-coronel y a lo mejor pronto le dan el grado de coronel. Evidentemente, ya no se ocupa de perseguir, detener e interrogar a opositores al régimen.

En la madrugada del 21 al 22 de enero de 1997 fui interrogada por dos oficiales del DSE. El primero, un mulato tipo oriental con uniforme verde olivo que dijo llamarse Manuel Artime. Durante más de una hora me hizo un interrogatorio blando y al no sacarme nada, me mandó de nuevo al calabozo que compartía con tres mujeres, ninguna de fiar, por su aspecto y vocabulario. En el piso, en una colchoneta sucia y dura, me acosté y calculo que serían las 2:00 de la madrugada cuando un policía vino de nuevo a buscarme.

En el mismo cuarto desolado, con solo una mesa y una silla de madera, estaba el segundo oficial, otro mulato, de piel más clara, "jabao". Estaba vestido de civil y dijo llamarse Francisco Estrada. Por su voz y actitud desafiante, me di cuenta que su interrogatorio no iba a ser como el anterior, que no iba a perder tiempo conmigo. Estrada pretendía que yo "echara palante" a un diplomático checo, que después me di cuenta había sido el objetivo principal del operativo y de nuestra detención. Parece que él quería tener pruebas suficientes para expulsarlo del país, pero nunca supe cuál era el verdadero motivo que la Seguridad tenía con aquel checo y su embajada, que siempre ha sido solidaria con la disidencia cubana.

Lo que sí sé es que a Ñico y a mí intentaron cogernos de "conejillos de indias delatores". Mirándole a los ojos, a Estrada le dije la verdad, que en esa embajada no conocía a nadie y que cuando pasamos al despacho del checo que nos entregó los dos bolsos, uno verde más ligero, con el dinero y regalitos, el que yo llevé, y otro más pesado que llevó Ñico, con medicamentos, materiales de oficina y una cámara fotográfica que mandaban a alguien, estuvimos menos de diez minutos. Y que yo apenas me fijé en el rostro del checo, porque la atención me la desvió un televisor que estaba a su espalda, de gran pantalla, trasmitiendo noticias de la CNN, y un perro negro grande a su lado.

Pero Estrada, dale que dale, que sí, que tú sabes quién es, que si pito que si flauta. Y yo que no, que no sabía quién era el checo que nos entregó las cosas (él u otro checo había pasado por Miami y nos hizo el favor de traernos esos 2.000 dólares, medicinas, material de oficina, la cámara y unos regalitos que por Navidad enviaba la representante que entonces tenía Cuba Press). Que apenas hablamos con él ni con nadie, ni tomamos agua o café. Entre el sueño y el dolor de cabeza por no haberme echado las gotas de Pilocarpina por la glaucoma que padecía —y aún padezco—, no sé si pasó una hora o dos o tres. Solo recuerdo que lo de Estrada era atosigante, una matraquilla, una majomía.

Al ver lo poco fructífero de su interrogatorio, Estrada se levantó y se fue. Me quedé esperando hasta que un policía vino a buscarme y me llevó de nuevo al calabozo. Y yo de nuevo me tiré en la colchoneta sucia y dura, que había descosido por un lado y cada vez que iba a orinar (al hueco o "baño turco" que hay en todos los calabozos y cárceles de la Isla), le sacaba un poco guata, que encontré más higiénica que los papeles viejos, amarillosos y cucarachentos que la policía le da a las mujeres detenidas. Llevaría un par de horas durmiendo cuando de nuevo vino a buscarme un policía y me llevó hasta el mismo cuarto desolado, donde ya me esperaba Estrada.

Lo noté menos agresivo y deduje que por algo sería y mentalmente me preparé. Y así fue. Traía una hoja mecanografiada, con una especie de relato o declaración, donde decía que nos habíamos entrevistado con el diplomático checo —ponía su nombre— y que había sido él quien nos había entregado los dos bolsos con las cosas (en ese momento desconocía que a ese checo el DSE hacía tiempo lo tenía en su mirilla represiva).

Ahí fue cuando, como buena mulata habanera, nacida en 1942, solté la chancleta y le dije que no iba a firmar nada, y que ya me podía estar mandando para Manto Negro, como le dicen a la prisión de mujeres en las afueras de La Habana. Se encabronó y se puso refunfuñar, al tener que redactar y mecanografiar nuevamente. Y yo, con sueño y dolor de cabeza, con ganas de volver a la colchoneta sucia y dura. Por fin se fue, vino el policía y otra vez pa'l calabozo. Supuse que no demorarían mucho en volver a buscarme y me quedé sentada en la colchoneta, recostada a la pared. Como a la hora volví al cuarto desolado. Leí el texto y al ver que después de mi tángana, había hecho una versión distinta, acorde a mi exigencia, la firmé.

Camino al calabozo, me percaté que ya había amanecido y pensé que nos darían desayuno. Nananina. Me acosté y habría estado durmiendo un par de horas cuando un policía abrió el candado, dijo mi nombre y por la estrecha escalera me condujo a la entrada de la estación y de ahí a una amplia oficina que quedaba a la derecha y desde sus ventanas se veía el Hospital Fajardo.

Me devolvieron mis pertenencias, pero de la billetera me habían extraído los carnés que aunque nunca los utilicé, aún conservaba, de cuando trabajé en Bohemia y el ICRT, también el de la Unión de Periodistas de Cuba. En la oficina había cuatro "segurosos": Estrada, Aramís, Michel, los tres de civil, y Artime, con su uniforme verde olivo. Pregunté cuál de ellos era el jefe y Estrada dijo "Yo". Le respondí: "Lo supuse, por esa cara de esbirro que tienes".

A raíz de que Francisco Estrada ha sido noticia, pues al parecer está al frente de las investigaciones sobre los misteriosos ataques acústicos que durante sus estancias en La Habana habrían afectado la salud de 24 diplomáticos estadounidenses y 4 canadienses, amistades que sabían que él veinte años atrás me había interrogado, me han preguntado quién es Estrada y cómo lo definiría.

Desconozco su curriculum profesional y su vida personal, pero me imagino que como la mayoría de los militares cubanos, se casó, tal vez más de una vez, y tuvo hijos. Por aquel interrogatorio, aquella madrugada, definiría a Estrada como un tipo astuto, frío, seco, áspero, manipulador, que si el detenido se deja impresionar por su dura personalidad, y él se percata que ha logrado ponerlo nervioso, atemorizarlo, apendejarlo, te conduce al terreno al que aspira todo represor: ablandarte y hacerte confesar sin tener que golpearte ni torturarte.

Desde el punto de vista intelectual, aunque en su interrogatorio no se extendió demasiado en otros temas, creo que Estrada, a pesar de su cara de esbirro, posee un buen nivel cultural y de información nacional e internacional. Al menos por encima de la media de los actuales agentes del DSE, sobre todo de los reclutados a finales del siglo XX o principios del XXI, militantes de la UJC hoy tildados de "cowboys", por sus bravuconerías, o de "tronco e' yuca", por su incultura y mala educación.

A modo de postdata. Una semana después de la detención de Ñico y mía, el 21 de enero de 1997, la Seguridad me citó a la una de la tarde, a la misma unidad de Zapata y C. Era para devolverme una cadenita de oro 14k con un gatico que le enviaban a mi nieta de dos años. ¿Y los 2.000 dólares y el resto de las cosas? ¿Se los robaron o fueron a parar al mismo "cajón" donde el DSE "guarda" todos los objetos confiscados a disidentes y periodistas independientes?

Pensaba que era todo y ya me iba cuando entró un policía de mediana edad, negro y corpulento. Traía un acta de advertencia, para que yo la firmara. Me negué rotundamente. El "seguroso" le pidió al policía que dejara constancia de mi negativa a firmarla, escribiera su nombre y firmara. Sobre la cadenita: una amiga creyente me dijo que no se la pusiera a mi nieta, por haber estado en manos de "fuerzas oscuras". Soy agnóstica, pero seguí su consejo y la vendí por diez dólares.

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