El sábado 25 de julio, Javier Milei subió al escenario del estadio Pacaembú en São Paulo y llamó al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva "ladrón", "presidiario" y "basura socialista". Calificó al juez de la Corte Suprema Alexandre de Moraes como "la basura calva" y convocó al público a votar contra el oficialismo en el lanzamiento de la candidatura de Flávio Bolsonaro.
La respuesta de Brasilia fue inmediata: convocó al embajador argentino y el canciller Mauro Vieira declaró el episodio como sin precedentes. Milei replicó acusando al Gobierno brasileño de haber financiado una "campaña antiargentina" e intervenido en las elecciones de 2023.
El episodio coyuntural pasará: el embajador regresará y el Mercosur seguirá funcionando. Sin embargo, algo habrá cambiado de manera irreversible: se ha demostrado inexistente un límite diplomático tácito que todos entendían. Y esa demostración no se deshace.
Conviene partir de una distinción elemental: cualquier ciudadano tiene derecho a opinar, criticar o expresar su preferencia por un candidato en otro país. Pero un presidente no es un ciudadano cualquiera. Cuando habla, lo hace en nombre del Estado que representa y de los ciudadanos que lo eligieron. Sus declaraciones no son opiniones personales con consecuencias individuales, sino actos políticos con impacto real en la economía, las instituciones y las relaciones bilaterales.
Esto no exige un silencio complaciente. Los líderes tienen el derecho y el deber de pronunciarse ante violaciones graves a los derechos humanos o amenazas a la democracia. La soberanía no puede ser un escudo para el abuso. Se puede criticar al Gobierno de Lula —su política fiscal, su gestión de la seguridad o sus alianzas internacionales—, pero existe una frontera clara entre la discrepancia política y el insulto personal.
Llamar a un jefe de Estado "ladrón" y "basura" en su propio territorio no es crítica política: es degradación deliberada. Los países están obligados a convivir aunque sus líderes se detesten. Argentina y Brasil comparten una extensa historia y una relación comercial millonaria. Cuando se destruyen los canales de comunicación, el costo no lo pagan los presidentes, sino los ciudadanos.
Esta práctica no es exclusiva de este eje geopolítico ni es un fenómeno aislado. Desde Donald Trump interviniendo en los debates de otros países, pasando por Gustavo Petro o Nicolás Maduro opinando abiertamente sobre procesos electorales ajenos para validar o deslegitimar resultados, la injerencia política cruzada se ha vuelto moneda corriente.
En este caso, Lula tampoco es inocente: su respaldo al candidato peronista en 2023 fue un antecedente claro. La diferencia con Milei radica en la forma y el grado, pero la dirección es la misma. Todos están atrapados en el argumento del "tú también": una lógica donde la transgresión ajena justifica y duplica la propia.
Y hay un hecho que lo indica con claridad: Lula y Milei no han sostenido una sola reunión bilateral oficial desde diciembre de 2023. La parálisis institucional genera costos reales, y cada exabrupto extiende esa parálisis en el tiempo.
La diplomacia descansa sobre normas no codificadas y sobre el entendimiento tácito de que rebasar ciertos diques destruye la convivencia de todos. Al borrarse esos límites de un plumazo por mero rédito político interno, la consecuencia más grave no es solo el insulto coyuntural, sino la eliminación de cualquier techo o contención para la escalada. Sin contrapesos institucionales ni voluntad política de frenar, las agresiones continuarán profundizando el deterioro de las relaciones bilaterales y erosionando las instituciones diplomáticas de la región a un ritmo del que nadie sabe cuál será el límite final.
Milei es un representante de la llamada estética bizarra en la que se mezclan la inteligencia con lo vulgar y lo grotesco, signos que no son exclusivos de ninguna corriente político-ideológica.
Y no es que un mandatario tenga que ser perfecto, pero cuando ya naturaliza el insulto y la obscenidad como identidad política, no solo está destruyendo su autoridad moral, sino también la imagen cultural del poder en el país.
Como bien dice HG más abajo, Milei es una versión ampliada y descarnada del mismo lenguaje insultante, agresivo y desbordado que mantuvo el equipo argentino en el recién finalizado mundial de fútbol.
Lo de Milei fue un claro error. Podría haber ido y no mencionar esas barbaridades hacia Lula. Pero también tenemos que tener en cuenta que el brasileño hizo política en Argentina, y cuando el entonces presidente argentino Alberto Fernández estuvo en Brasil, visitó a Lula en la cárcel. De todas maneras, coincido en que se traspasó un límite de respeto, y que Castro I fue un pionero en estas conductas transgresoras.
Balsero: en efecto. Los cubanos tenemos amargos recuerdos de cuando nos llamaron gusanos, escoria, vendepatrias.....
Balsero: en efecto. Lo cortes no quita lo valiente, pero la descortesia demerita. Un Jefe de Estado no debe caer tan bajo en sus expresiones. Como bien dice, Castro fue el pionero en este deleznable comportamiento, junto a Nikita golpeando con su zapato en una mesa en la ONU.
A Milei se le va la mano muchas veces y no se por qué el artículo me recordó la actitud del equipo argentino de fútbol en el mundial, y no es que sea un tipo que no tiene preparación, posiblemente sea uno de los presidentes mejor preparados para el cargo, es el nivel de la política en estos momentos, me imagino que en unos años cuando los fans de Bad Bunny lleguen a presidentes y embajadores cosas peores se verán.
👍
Recordemos que cuando el Sr. Lula visitó Brasil, lo primero que hizo en Buenos Aires, fue visitas a la delincuente Cristina en prisión domiciliaria y expresar su apoyo, cuando ahora Milei va a Brasil pidió ver a Bolsonaro en también prisión domiciliaria y se lo negaron, Recordemos que Lula está en la calle no porque era inocente, sino por un procedimiento erróneo de la fiscalía en el juicio demostrado por los abogados de su defensa que invalidaron el fallo y como es un regimen democrático salió a la calle, limpio de polvo y paja.
Juan Oscar: Eso no justifica el lenguaje soez y barriotero. Si empezamos por justificar a unos tendremos entonces que justificar a otros. Cuando usted analiza lo que pasó con Lula olvida establecer un simil con los problemas legales de Trump, que sí fue condfenado y sentenciado. La inteligencia se mide por el poder de análisis...¿no cree? pero a eso hay que agregar el juicio sereno sin fanatismos. Eso pasó en Cuba cuando todo lo que Castro decia y hacía era aceptado y aplaudido...
El insulto soez es el arma de la canalla. No importa quien sea. Castro, Chavez y Maduro insultaron sin limites.Inadmisible en un Jefe de Estado, censurable en todos los casos.
Ud. puede pensar y decir lo que mejor desee pero eso no cambia la realidad, Lula es todo eso y aun mas, Milei tiene razon..!!
Bolufe: Gracias por decir que pienso. No es cambiar la realidad, sino el discurso.
Bolufe: Hay mas de uno corrupto que ha escapado...hasta ahora. Esperemos y confiemos en que todos paguen.