En la prisión de Aguadores, Santiago de Cuba, a finales de 2010, conocí a un canadiense de unos 40 años. Lo llamaban Johnny. Estaba siendo procesado por corrupción de menores. Lo acusaban de tener relaciones sexuales con menores de edad en Cuba. No lo negaba; al contrario, confesaba con naturalidad que le gustaban mucho las jovencitas cubanas y que, cuando saliera de aquel "problema", pensaba regresar a la Isla. Soñaba con montar una finca de piñas y bananas y seguir disfrutando, según sus propias palabras, del sexo "maravilloso" con chicas cubanas.
Johnny decía que le gustaba la "revolución". Como hábil pillo, entendía que en una prisión de una dictadura, para sobrevivir, hay que sonreírle al carcelero, elogiar al poder y mostrarse dócil ante los que mandan. Se había adaptado perfectamente a esa "doble moral" que en Cuba se disfraza de prudencia o de "sentido práctico". Decía el poeta Raúl Rivero: "Los cubanos somos tan hiperbólicos que a quien no tiene moral decimos que la tiene doble".
Johnny quería llevarse bien con los carceleros para evitar malos tratos y para que le facilitaran visitas con su novia cubana y llamadas telefónicas. Era amigo de quienes maltrataban, golpeaban y torturaban a presos políticos y comunes. No le importaban los crímenes de la cárcel ni la miseria moral y material del país. Solo quería "resolver su problema" y volver a disfrutar de la Isla como un rey que regresa a su reino tropical.
Johnny no es Canadá. Sería injusto decir que un individuo representa a toda una nación. Pero sí encarna una mentalidad que durante años ha acompañado a una parte considerable del turismo canadiense hacia Cuba: la idea de que la Isla es un destino barato, cómodo, soleado, exótico y moralmente permisivo; un lugar donde se puede disfrutar de playas, alcohol, servidumbre sonriente y sexo barato sin darle importancia a la opresión, la miseria y la represión que sufren millones de cubanos.
Canadá ha sido durante años el principal emisor de turistas hacia Cuba. Muchos viajan de "buena fe", buscando descanso, sol, mar y cultura. Pero ese turismo alimenta una economía levantada sobre la desigualdad, la necesidad extrema y la falta de libertades. El turista llega a disfrutar de instalaciones modernas donde no puede entrar el trabajador cubano, que sobrevive con un salario miserable, incapaz de alimentar dignamente a su familia.
El llamado "turismo sensual" no puede separarse de la tragedia nacional cubana. En una sociedad libre y próspera, el consentimiento del adulto es una cosa. En una nación empobrecida por una cruel dictadura, donde una joven puede ver en un extranjero la única salida a la miseria, la posibilidad de alimentar a su hijo, acceder a una cena decente, a un teléfono, a una recarga, a ropa nueva o la oportunidad de emigrar, la frontera entre libertad y explotación se vuelve dramáticamente turbia. Y cuando hablamos de menores, ya no hay matices: estamos ante una forma criminal y abominable de abuso.
La postura de Canadá hacia Cuba ha sido, generalmente, superficial, cómoda y complaciente. Mientras otros países han
denunciado con claridad la represión, los presos políticos, los juicios amañados y las torturas, una parte considerable de la clase política canadiense ha preferido hablar de cooperación, diálogo, turismo, intercambio, ayuda humanitaria y "relaciones constructivas", mientras el régimen castrocomunista sigue aplastando a los cubanos que reclaman sus derechos.
Canadá, una nación democrática, civilizada, próspera y con instituciones fuertes, debería comprender mejor lo que significa vivir sin libertad. Sin embargo, para muchos canadienses, Cuba es solo sol, playa y sexo. Para millones de cubanos, es una prisión, injusticia, miseria, apagones, colas, vigilancia, miedo, hambre y exilio.
Recientemente, un amigo defensor de los derechos humanos me comentaba algo doloroso: muchos políticos canadienses parecen más interesados en criticar el embargo estadounidense y enviar ayuda humanitaria a Cuba que en exigir el fin del bloqueo interno del régimen comunista contra los derechos de los cubanos y en garantizar que esas ayudas lleguen realmente al pueblo necesitado.
Enviar ayuda humanitaria a Cuba sin mecanismos independientes de distribución, no equivale necesariamente a ayudar al pueblo. Al contrario, fortalece las estructuras de poder. Cuando la ayuda pasa por manos del régimen, el pueblo recibe migajas o no recibe nada. Los dirigentes, los militares, los órganos de control y las redes clientelares del poder se quedan con la mayor parte. Los beneficiarios reales son los que usan la escasez como instrumento de dominación.
Las cárceles cubanas son una de las pruebas más terribles de esa realidad: hambre extrema, enfermedades, hacinamiento, falta de atención médica, violencia, castigos crueles, suciedad, agua contaminada, abuso, desesperación y muerte. Johnny vivió algo de ese mundo desde dentro, pero no sintió compasión. No se solidarizó con los presos políticos. No comprendió el drama de Cuba. Solo pensó en salir bien, quedar bien con los carceleros y regresar algún día a su paraíso de playas, piñas, bananas y hermosas jovencitas pobres.
Esa imagen moralmente repugnante sirve como metáfora de una relación más amplia: la de quienes se benefician de la miseria cubana mientras elogian, justifican o toleran al régimen que la produce.
Cuba necesita solidaridad, medicinas, alimentos, apoyo a los presos políticos, respaldo a familias vulnerables, ayuda para ancianos, acompañamiento a iglesias, protección para activistas y apoyo a periodistas independientes. Pero esa ayuda no debe entregarse al victimario. Debe llegar directamente al pueblo a través de instituciones independientes, iglesias confiables, redes de la sociedad civil y familiares de presos políticos.
Es una vergüenza que naciones civilizadas como Canadá mantengan una postura tan superficial, tibia y hasta cómplice hacia la tiranía castrocomunista. Johnny, el canadiense de Aguadores, no es una excepción moral aislada. Su postura refleja la mentalidad de sociedades que se creen las más civilizadas y solidarias del planeta, según su cosmovisión woke, pero que en realidad terminan siendo demasiado tolerantes, y hasta cómplices, de las tiranías más criminales del planeta.
El artículo parte de generalizaciones y eso lleva a imprecisiones para criticar la posición política de los distintos gobiernos canadienses hacia Cuba, y además lo hace a partir de las emisores de turistas canadienses a Cuba, lo cual me parece poco serio. El gobierno conservador de Harper hacia Cuba no puede compararse con el liberal de Trudeau, y entre los liberales el de Jean Chretien se distingue por sus críticas acérrimas hacia el régimen en materia de ddhh, aunque haya invitado a Fidel Castro al funeral del viejo Trudeau. En cuanto a los turistas hay de todo como en botica entre canadienses, españoles, rusos o italianos. A la vivencia de Ferrer en la cárcel con un canadiense pedófilo le puedo anteponer la de mis vecinos, retirados todos cuyas pensiones solo les alcanzan para ir a destinos baratos, como Cuba, todos son personas decentes y de respeto. El problema de los turistas pedófilos dónde está, si no en la permisibilidad de las autoridades cubanas en esos recintos (Cont)
Cont... con los menores cubanos, con la luz verde para la prostitución, y en la concepción y propaganda de sus centros turísticos, en la que la sensualidad y la manera de presentar a las cubanas es más que barata.
No entro en la relación de amor-odio que ha existido siempre entre Can y EEUU, y los vaivenes y consecuencias que esas políticas han tenido hacia Cuba, ni tampoco que en los últimos años ha sido de total enfrentamiento por la política de Trump-
Sí; el gobierno canadiense de Carney bien que puede denunciar las violaciones de ddhh que su Carta condena, y hacer más. Y sí, Canadá ha priorizado sus vínculos comerciales con Cuba en detrimento de las denuncias a la dictadura. Pero seamos un poco serios a la hora de escribir análisis.
Canada, después de una década de gobierno liberal, es un infierno woke, un basurero multicultural aderezado con fentanilo, delincuencia y casas de cartón a partir de los 700 000 dolares. La connivencia canadiense con la aberración comunista en Cuba es de muy larga data. NADA han hecho por nosotros ni haran.