Desde febrero de 2022, la guerra entre Rusia y Ucrania ha sido eje de la política internacional europea y foco de atención para EEUU. Durante el primer año del conflicto, la cobertura mediática fue masiva y los paquetes de ayuda militar y económica se sucedieron con rapidez. Sin embargo, esa guerra ya ha perdido visibilidad en el espacio público occidental.
Hasta la fecha, el monto aprobado por EEUU a Ucrania supera los 175.000 millones de dólares en ayuda militar, económica y humanitaria. Por su parte, la Unión Europea ha aportado decenas de miles de millones en asistencia. A pesar de lo anterior, la visibilidad pública del conflicto sigue mermando.
De dominar los titulares internacionales a diario, la cobertura hoy compite con una multiplicidad de crisis mundiales. Por lo tanto, la frecuencia relativa de menciones de este conflicto en portadas y noticieros ha disminuido, según el mismo ha entrado en una fase sin cambios dramáticos.
Hoy existe en el planeta una policrisis caracterizada por incontables problemas interconectados. Entre los fenómenos que compiten por la atención están las tensiones entre EEUU y China en torno a Taiwán y el Indo-Pacífico, las escaladas recurrentes en el Medio Oriente, las crisis energéticas vinculadas a rutas marítimas estratégicas, las presiones económicas internas en Europa y EEUU, los anuncios intervencionistas de EEUU en Latinoamérica, y las disputas tecnológicas y comerciales entre las grandes potencias. Siendo la atención pública un recurso limitado, no todas las crisis caben simultáneamente en un primer plano.
Tras los movimientos territoriales significativos de 2022 y parte de 2023, el conflicto ruso-ucraniano evolucionó hacia combates localizados y avances graduales. Este tipo de guerra será militarmente muy relevante, pero carece de impacto visual en la memoria de corto plazo del público general. De ahí, la normalización perceptiva: se pierde la percepción inicial de excepcionalidad.
También subyace un desgaste acumulativo dentro de las sociedades democráticas. En EEUU y en varios países europeos, el apoyo a Ucrania ha sido objeto de debates legislativos desgastantes. Aunque el respaldo institucional se mantenga, la aprobación de nuevos paquetes de ayuda genera fricciones y fracciones en el poder sobre los costos, la sostenibilidad y los objetivos estratégicos de esos recursos. Según se reconsidera el ritmo y la escala de los apoyos, ocurre una recalibración paralela de las representaciones del conflicto,
En la gestión mediática de su proyección pública, los gobiernos ajustan el nivel de visibilidad de cada tema según sus prioridades internas y externas. Esto puede implicar menos presencia mediática, incluso cuando el apoyo material continúe inalterable. A esto se suma la fatiga pública que sobreviene cuando, en contextos de saturación informativa, sin necesidad de coordinación política centralizada, las audiencias desplazan su atención hacia otras crisis más recientes o cercanas.
Para los países directamente involucrados en el conflicto, una reducción de visibilidad puede interpretarse como aislamiento o abandono. De hecho, cuando la atención global se dispersa, las presiones diplomáticas tienden a fragmentarse, incluso cuando, más que un olvido deliberado, prevalezca una indolencia inercial sistémica, causada por la competencia entre las crisis en una mediasfera saturada de traumas y tragedias.
Una guerra "olvidada" no es necesariamente una guerra abandonada, pero puede parecérsele bastante. Incluso, puede anunciarla.