La gran mayoría de ciudades y poblados de Venezuela amanecieron este miércoles 18 de marzo envueltos en una euforia que el país no recordaba desde hace largos años. Las plazas, avenidas y lugares como clubes deportivos estuvieron desbordados con venezolanos exaltados pero que de forma pacífica celebraron al ritmo de música tradicional y cánticos de "¡Viva Venezuela!".
La selección venezolana de béisbol logró sin duda una hazaña deportiva que quedará registrada como un hito: la victoria 3-2 sobre EEUU en la final del Clásico Mundial de Béisbol 2026, en un partido disputado en Miami, pero que fue seguido a lo largo y ancho de Venezuela en distintos lugares públicos, entre desconocidos y también entre vecinos.
Para observadores, detrás de esa alegría desbordada hay algo más profundo: la catarsis colectiva de un pueblo que, dos meses y medio antes, no se atrevió a celebrar abiertamente la captura y extracción de Nicolás Maduro, por temor a la represión del aparato de seguridad del chavismo.
Lo registrado desde la noche de este martes y durante toda la madrugada del miércoles arroja un contraste brutal con el 3 de enero pasado. Aquel día y los que siguieron, como reseñó entonces DIARIO DE CUBA, los venezolanos se sumieron en el silencio, sin expresar sus emociones en público.
El 3 de enero, otro día para los anales de la historia en Venezuela, el presidente Donald Trump anunció la captura de Maduro y su esposa Cilia Flores en Caracas por fuerzas estadounidenses. Fue trasladado de inmediato a Nueva York para enfrentar cargos de "narcoterrorismo". Aunque las encuestas previas indicaban que más del 80% de los venezolanos creían que los problemas comenzarían a resolverse con la salida de Maduro del poder, su caída no generó fiestas masivas, en verdad reinó un silencio cauteloso.
Las escenas de alivio se vivieron entonces en privado, abrazos en casas y lágrimas contenidas, pero pocas manifestaciones públicas, dentro del país. El temor a represalias de grupos armados chavistas, la incertidumbre sobre el vacío de poder y la cautela ante una transición bajo supervisión estadounidense explican ese mutismo, según observadores.
"Muchos evitaron celebraciones abiertas por temor a la represión, en medio de un escenario incierto", resumió un diplomático consultado por DIARIO DE CUBA en aquel momento.
En cambio, la victoria beisbolera, según analistas políticos y sociólogos con comentarios en la red social X, ofreció el espacio seguro que faltaba en enero. El deporte, a diferencia de la política, no divide: une. No fue solo un triunfo deportivo; fue la válvula de escape para emociones reprimidas. "Los venezolanos veníamos de años de no tener motivos para celebrar. Viva Venezuela, carajo", escribió un usuario en X que acumuló miles de likes y resumió el sentir colectivo.
"Increíble todo lo que Venezuela ha cambiado con la salida de Maduro. Simplemente épico ganar la Mundial de Béisbol unos meses después de que agarraron al bigotón preso", comenta una mujer en redes. Un hombre, en tanto, señala: "El 2026 será recordado como el año en que Venezuela recuperó su orgullo y libertad".
Estos mensajes, multiplicados por decenas de miles de interacciones, no son aislados: ilustran cómo el triunfo deportivo permitió a millones expresar lo que en enero callaron por miedo.
Ese análisis se refuerza con el contexto geopolítico actual: la estrecha colaboración entre Caracas y Washington tras la captura de Maduro. Delcy Rodríguez ha moderado su discurso antiimperialista y se reúne con enviados estadounidenses para retomar relaciones rotas en 2019.
Entretanto, Trump, apenas terminó el partido, volvió a deslizar en su red social la idea de que Venezuela podría convertirse en el estado 51 de EEUU. La ironía no pasó desapercibida: un equipo venezolano venció al de la potencia que ahora es socio estratégico. El simbolismo se multiplica porque la final se jugó en Miami, epicentro de la diáspora venezolana. Allí, miles de exiliados se congregaron en el estadio y en las calles para festejar.
Sin embargo, analistas advierten que la catarsis debe traducirse en algo más que euforia momentánea. El país aún enfrenta desafíos colosales: reconstruir instituciones, combatir la corrupción residual, atraer inversión y garantizar una transición democrática genuina, como demandan la mayoría de venezolanos.
Las encuestas post-Maduro vienen reflejando optimismo, pero también cautela entre los venezolanos. El triunfo beisbolero no resuelve la pobreza ni la emigración, pero sí ofrece un bálsamo psicológico colectivo. "Es esperanzador para los venezolanos comenzar el 2026 de una manera tan cargada de emociones", dijo un joven en las calles de Caracas, ante una pregunta periodística y remató: "a pesar de las situaciones que han ocurrido, este triunfo es esperanzador".
En el plano simbólico —recuerdan observadores— el contraste entre el silencio de enero y la algarabía de marzo revela una verdad profunda sobre las sociedades postautoritarias: a veces, la alegría reprimida necesita un catalizador neutral para expresarse. El béisbol, deporte rey en Venezuela desde los años 40, cumplió ese rol.
No fue casualidad que la final contra EEUU —el mismo país que facilitó la salida de Maduro— se convirtiera en el escenario perfecto. Derrotar al "gigante" en su propia casa, con un equipo multicultural de ligas mayores y talentos locales, reforzó el mensaje de que Venezuela puede ser grande, no solo en los deportes.
El presidente Trump, con su característico estilo, capitalizó el momento: "Últimamente le están pasando cosas buenas a Venezuela. ¿Estado 51?". El comentario provocó reacciones mixtas: risas, indignación y hasta memes. Pero detrás de la broma subyace una realidad geopolítica transformada después del 3 de enero.
Hoy la antigua colaboradora de Maduro es la presidenta interina y mantiene un fluido y hasta cordial canal de comunicación con las principales figuras del poder estadounidense. Un escenario no previsto por analistas apenas en diciembre pasado, así como tampoco lucía la selección de Venezuela como la principal favorita en este Clásico Mundial de Béisbol de 2026, un año que sin duda está sorprendiendo a los venezolanos.
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Los venezolanos pueden celebrar abiertamente las victorias en el béisbol porque es una celebración segura y apolítica, mientras que no se atreven a expresar sus emociones tras la caída de Nicolás Maduro por temor a represalias y a la continua inestabilidad política. https://subwayonline.io