Los cubanos parecen vincular de manera cada vez más estrecha la salida de la crisis económica con transformaciones políticas, transparencia y cambios profundos en el modelo de propiedad y gestión de la economía. Esa es una de las principales conclusiones que extrae el economista Elías Amor de los bloques económicos de la tercera encuesta de DIARIO DE CUBA, Foco Cuba: Opinión, autocensura y acción cívica, realizada por Cubadata entre mayo y junio dentro de la Isla.
El análisis de Amor apunta a una sociedad que, pese a sus diferencias sobre el ritmo y las condiciones de una eventual apertura, muestra una posición mayoritariamente crítica ante el papel que desempeña actualmente el Estado en la economía y ante la estructura empresarial controlada por las Fuerzas Armadas.
Al mismo tiempo, los resultados reflejan que la inversión de los cubanos residentes en el exterior es vista con interés, pero también con fuertes reservas. Una parte importante de los encuestados teme que el capital de la diáspora pueda reproducir desigualdades, beneficiar a las redes de poder existentes o perjudicar a quienes permanecen en la Isla.
La urgencia económica aparece antes que los cambios políticos
Uno de los resultados que Amor considera más significativos corresponde a la percepción sobre la necesidad de resolver la emergencia económica antes de abordar los cambios políticos.
El 56,3% de los encuestados considera que esa urgencia es "medianamente" o "muy" necesaria, mientras otro 17% la califica de "absolutamente necesaria". En conjunto, casi tres cuartas partes de los encuestados, alrededor del 73%, entienden que la apertura económica debe preceder a los cambios políticos.
Frente a ello, las posiciones contrarias son considerablemente menores: 13,6% considera que la urgencia económica es poco necesaria y 5,9% que no es necesaria en absoluto.
Para Amor, el bajo nivel de no respuesta, 7,2%, es relevante porque indica que existe una opinión pública relativamente formada sobre una cuestión que podría parecer abstracta.
Sin embargo, cuando se pregunta de otra manera por la relación entre apertura económica y transformación política, las respuestas muestran matices importantes.
El 32,2% de los entrevistados, el segmento individual más numeroso, sostiene que la apertura económica solo debe avanzar si está acompañada de reformas políticas. Un 25,9% reclama transparencia en el proceso de apertura, mientras un 19,3% considera que la apertura económica debería esperar a una transición política.
Solo 13,6% apuesta por cambios económicos sin transformaciones políticas.
Amor interpreta estos resultados como una señal de que los cubanos no parecen dispuestos a aceptar una apertura económica que simplemente preserve el actual sistema político. "Los cubanos no quieren un Vietnam o China para Cuba", sostiene, al resumir una demanda que, a su juicio, vincula la liberalización económica con la desaparición del Partido Comunista de Cuba como fuerza política dominante.
La diferencia entre las respuestas de ambas formulaciones también resulta significativa. Mientras una pregunta obtiene una mayoría amplia a favor de atender primero la emergencia económica, otra muestra que existe una fuerte demanda de que esa apertura esté acompañada de reformas políticas, transparencia o una transición. La urgencia económica, por tanto, no equivale automáticamente a una disposición a separar economía y política.
Desconfianza ante la inversión de los emigrados
La inversión de los cubanos residentes fuera de la Isla genera una posición menos homogénea, aunque existe un temor claramente identificable.
El 27,4% de los entrevistados considera que ese capital podría convertirse en un foco de desigualdades, mientras un 27,1% cree que terminaría perjudicando más a los cubanos residentes en la Isla que a la diáspora.
Ambas posiciones superan a las de quienes creen que esas inversiones beneficiarían al Partido Comunista o a las redes de poder, que representan el 17%, y a quienes consideran que existiría suficiente transparencia, 15,2%.
Para Amor, el dato relevante es que solo un 8,9% optó por no responder. Esto sugiere que la población dispone de criterios relativamente definidos sobre el papel que debería desempeñar el capital de los emigrados en la economía cubana.
Las respuestas a otras formulaciones muestran, no obstante, que el debate no es simplemente entre aceptar o rechazar esas inversiones.
Regulación y transparencia antes que barra libre
Cuando se pregunta qué condiciones deberían regir la inversión de los cubanos residentes en el exterior, el grupo más numeroso consultado (38,3%) defiende que esta se limite a sectores concretos y esté sometida a regulaciones claras y transparencia.
Otro 19,6% acepta la inversión, pero exige reformas políticas paralelas. Un 16,8% está completamente a favor de las inversiones de la diáspora sin exigir cambios políticos, debido a sus posibles beneficios económicos.
En sentido contrario, 15,4% rechaza esas inversiones porque considera que podrían contribuir a perpetuar el poder económico del Partido Comunista.
La pregunta registra una participación elevada: el 96% de los entrevistados expresó alguna posición.
Pero una segunda formulación introduce más división. El 24,1% cree que las inversiones de la diáspora solo deberían permitirse después de una transición democrática, mientras un 23,6% se opone directamente a promoverlas porque podrían reforzar las redes de poder existentes.
En otros segmentos, un 12,9% las acepta si están acompañadas de reformas verificables; 12,3% las respalda sin condiciones políticas debido a la urgencia de recursos que enfrenta la economía; y 7,7% las apoyaría con reglas de transparencia, aunque sin esperar a una transformación política completa.
Aquí el porcentaje de quienes no tienen opinión o prefieren no responder sube hasta 19,4%.
La comparación entre ambas formas de preguntar revela, por tanto, una opinión pública que parece favorable a aprovechar los recursos de la diáspora, pero que no quiere que esa apertura se produzca sin controles. La preocupación central no sería únicamente la procedencia del capital, sino quién lo controla, bajo qué reglas y a quién beneficia.
La mayoría quiere reducir o eliminar el papel económico del Estado
Uno de los resultados más contundentes aparece cuando se pregunta por el papel central del Estado en la economía.
El 36,2% de los consultados considera que ese papel debe reformarse "en profundidad" y el 33,8% apuesta directamente por eliminarlo. Sumados, ambos segmentos alcanzan el 70%.
Solo un 6,3% defiende mantener el papel central del Estado sin modificaciones.
El resultado mantiene su contundencia incluso al considerar el elevado porcentaje de personas que no respondió o no expresó una opinión: un 23,6%. Amor señala que, incluso si todas esas personas fueran partidarias de conservar el actual modelo, seguiría existiendo una clara mayoría favorable al cambio.
El dato apunta a un cuestionamiento significativo del principio sobre el que se ha organizado durante décadas la economía cubana: la preeminencia estatal sobre la actividad económica.
No se trata únicamente de una demanda de ajustes administrativos. Para una mayoría de los encuestados, según la lectura del economista, la transformación debe ser profunda y puede llegar a implicar la desaparición del papel central que actualmente ejerce el Estado.
Amplio rechazo a las empresas de las Fuerzas Armadas
Una conclusión similar aparece cuando la encuesta aborda el sistema empresarial de las Fuerzas Armadas.
El 35,3% considera que debe ser eliminado y un 35,2% cree que debe reformarse profundamente. En conjunto, el 70,5% de los entrevistados favorece algún tipo de transformación sustancial.
Solo el 9,1% está a favor de mantenerlo.
El 20,1% no expresa una opinión o prefiere no responder, un nivel de silencio que Amor considera suficientemente elevado como para que merezca ser estudiado mediante técnicas cualitativas.
Cuando la pregunta se sitúa específicamente en una eventual transición, la posición favorable a la eliminación se vuelve aún más clara: el 41,8% considera que las empresas militares deberían desaparecer, mientras el 27,4% apuesta por una reforma profunda. Solo el 4,9% defiende su mantenimiento.
La no respuesta aumenta en este caso hasta el 25,8%, uno de los porcentajes más elevados de todo el estudio.
La diferencia entre ambas preguntas también merece atención. Aunque las dos reflejan un rechazo mayoritario a conservar intacto el entramado empresarial militar, el escenario de una transición eleva el respaldo a su eliminación. Para Amor, se trata de un indicador del grado en que la población vincula una eventual transformación política con una reestructuración del poder económico acumulado por las Fuerzas Armadas.
Un papel limitado para los emigrados... o un protagonismo mayor
La encuesta también exploró una cuestión especialmente sensible: qué papel deberían desempeñar los cubanos de la diáspora en una eventual transición política.
En una primera formulación, el segmento mayoritario de los consultados (34,8%) considera que los emigrados deberían limitarse a puestos de menor nivel o cargos consultivos, sin ocupar posiciones de dirección.
Dos posiciones contrapuestas obtienen porcentajes muy similares. El 20,9% cree que los cubanos del exterior no deberían ocupar ningún puesto porque la transición debe ser dirigida exclusivamente por quienes viven en la Isla, mientras 20,5% defiende su participación en igualdad de condiciones.
Un 11,5% les atribuye incluso un papel protagónico debido a su experiencia en sistemas democráticos. El 12,4% no responde o no tiene una posición definida.
Sin embargo, una segunda formulación modifica considerablemente el panorama. En ella, el 28,8% se inclina por una participación protagónica de los emigrados debido a sus recursos, relaciones y experiencia democrática.
Otro 26,4% considera que su participación debe ser limitada para evitar problemas de legitimidad, mientras 18,3% apuesta por una conducción compartida entre residentes en la Isla y emigrados.
Solo el 8,4% entiende que los residentes en Cuba deben dirigir el proceso y que los emigrados deberían limitarse al asesoramiento o apoyo.
El nivel de incertidumbre vuelve a ser significativo: 18,1% no responde o no tiene una posición definida.
La divergencia entre ambas formulaciones revela un asunto que, a diferencia del rechazo al papel económico central del Estado, todavía carece de un consenso claro: cómo distribuir la legitimidad y el poder entre los cubanos de dentro y fuera del país en una eventual transición.
¿Qué debería ocurrir durante los primeros 12 meses?
La encuesta pidió también identificar las prioridades de una eventual transición durante sus primeros 12 meses.
Amor introduce aquí una observación metodológica importante: al tratarse de una pregunta de respuesta múltiple, considera que los porcentajes deberían calcularse sobre el total de respuestas ofrecidas y no sobre el número de entrevistados. Ese procedimiento permitiría establecer con mayor precisión el peso relativo de cada prioridad, como ocurre en organismos especializados en encuestas.
Con los datos presentados sobre los entrevistados, cinco demandas aparecen como un primer bloque.
La atracción de inversión extranjera y de capital de los emigrados ocupa el primer lugar, con un 16%. Le siguen la convocatoria de elecciones libres, con el 14,3%, la estabilización de la moneda y el control de la inflación, con el 14%, y la garantía de alimentos, medicamentos y servicios básicos, con el 13,8%.
La liberación de los presos políticos aparece inmediatamente después, con un 11%.
Un segundo grupo reúne demandas que, aunque reciben porcentajes menores, completan una agenda de transformación: desmontar las estructuras represivas (6,2%); proteger la salud y la educación públicas (5,3%); garantizar la seguridad ciudadana y evitar el caos (4,5%); recuperar los activos controlados por las élites militares (4,2%); y reformar la Constitución (3,4%).
En esta pregunta, el porcentaje de no respuesta es muy reducido, apenas un 1,5%.
Una demanda de cambio económico que no se limita a la economía
La lectura de Amor deja un elemento transversal: los cubanos parecen identificar la crisis económica como una urgencia inmediata, pero no necesariamente como un problema que pueda resolverse manteniendo intactas las estructuras políticas y económicas actuales.
El respaldo a una transformación profunda del papel estatal, el rechazo mayoritario al mantenimiento del entramado empresarial militar y la exigencia de transparencia para las inversiones de la diáspora apuntan hacia una demanda de cambio institucional.
Al mismo tiempo, las respuestas sobre la inversión de los emigrados muestran que no existe un entusiasmo indiscriminado por la llegada de capital. Una parte importante de los encuestados teme que una apertura sin reglas pueda generar nuevas desigualdades o beneficiar a las mismas redes de poder que concentran recursos dentro de Cuba.
La comparación entre preguntas formuladas de distintas maneras aporta otro elemento: hay asuntos en los que la opinión parece estable —como la necesidad de modificar el papel económico del Estado— y otros en los que la formulación hace aflorar posiciones considerablemente diferentes, especialmente cuando se trata del vínculo entre apertura económica y transición política o del papel de la diáspora.
Para Amor, estos resultados dibujan una sociedad que no parece reclamar únicamente más recursos para sostener el modelo existente. Las respuestas sugieren, más bien, que una parte mayoritaria de los cubanos vincula la recuperación económica con cambios en las reglas de propiedad, transparencia, competencia y poder.
La interrogante que queda abierta es cómo se traducirían esas expectativas en decisiones concretas ante una eventual transición. La encuesta muestra preferencias, temores y prioridades; pero también evidencia que, incluso en un contexto de crisis económica extrema, la demanda de cambios no se reduce a conseguir alimentos, inversión o estabilidad monetaria. Para una mayoría de los encuestados, el modo en que se produzca esa apertura y quién controle sus beneficios resulta tan importante como la apertura misma.
Lamentablemente, en este sentido, los comentarios de Weston y Prosco son breves y certeros. Así, el "ni come ni deja comer" se evidencia en la actitud ante la inversión de los emigrados. En cuanto a ser "un aborto de nación", siempre he tenido dudas, pero se están disipando. El cubano parece ser un asno de Buridan, un ser racional que, ante motivaciones equilibradas, no puede decidir. Al menos el asno estaba enfrentado a dos porciones de heno exactamente iguales; el cubano, por su parte, lo que tiene delante es un estante vacío y lo compara con su ego exagerado. La cultura, en ocasiones, te salva y, en otras, te mata. Vaya, que todos los cubanos somos unos bárbaros.
Ya lo dije en otro foro: El cubano funciona como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer.
En ocasiones, resulta triste ser cubano. Tanto remar para morir siempre en la orilla. Esta encuesta refleja al 100% la cubanía, el choteo y la falta de cohesión social. A estas alturas, se esperaría un poco más de claridad. Parece "explicar" hechos tan disímiles como por qué Martí no duró ni 38 días después de su regreso a Cuba para la guerra del 95, por qué Lacret Morlot pidió fusilar a Máximo Gómez en la Asamblea del Cerro, o por qué, siendo el ejército libertador exageradamente negro, una vez libres, cubanos blancos le hicieron la guerra a los negros; la torpeza de Estrada Palma, el populismo de José M. Gómez, el Machado bueno del primer mandato y el Machado malo del 33, el desprecio y ninguneo de los cubanos por los gobiernos democráticos, que los tuvimos, la desgracia del tiranito Batista y, ..., los 67 años de desgracia comunista.
Tengo la boca seca de decir que los cubanos jamás estuvieron ni estamos listos para constituirse en nación soberana y civilizada, de ahí el aborto del feto de nación. Cuba jamás debió separarse de España y de hacerlo debió unirse a EEUU.
En los últimos años el deterioro de la economía cubana ha sido palpable y ya no se cree en que habrá alguna solución mágica. Además, los niveles de corrupción y ostentación ya son realmente asquerosos. El Agente Especial Días-Contados está haciendo todo lo que le pidió Marco Rubio para terminar de desatar el caos.
Bueno, y esto qué?
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Elias Amor, los cubanos solo quieren, como diría Lech Wałęsa, "sentir el sabor del jamón en la boca".