Cuando cayó en mis manos ¡Ay, Fidel!, del caricaturista Maikel García (La Habana, 1977) publicado por Kutuxa Ediciones, pensé: "¡Ño, aquí hay Fidel para rato!". No era una simple impresión. Con sus 756 páginas y 1,18 kilos de peso, el volumen intimida antes de abrirlo. Sin embargo, la sorpresa llegó con las primeras líneas: pese a sus dimensiones, la historia avanza con una fluidez insospechada.
Ese constituye, quizá, el primer acierto del libro. García rehúye el tono solemne y el didactismo que suelen sobrecargar la narrativa académica. Su prosa es ligera, conversacional y está atravesada por un humor constante que convierte una materia compleja —el destino de un hombre que marcó a Cuba, América Latina y el mundo— en un relato que invita a devorar páginas.
Otro gran acierto radica en el arranque. El primer capítulo comienza in media res, con una tensión dosificada que obliga a seguir adelante para desentrañar el conflicto. No añadiré ejemplos para no arruinar uno de los mejores golpes narrativos del volumen. Basta decir que el autor sabe colocar el anzuelo y mantener la curiosidad a lo largo de centenares de páginas.
Las caricaturas constituyen un segundo nivel narrativo. Lejos de ilustrar de forma pasiva lo ya leído, continúan el argumento por otros medios. Cada dibujo desmonta un mito, rebaja la solemnidad de un personaje o resume, en un solo impacto visual, lo que un ensayo político explicaría en varias páginas. Funciona como un gesto iconoclasta contra el mastodonte creado por la propaganda oficial; una hibridación entre narración y gráfica que deviene uno de los mayores logros de la obra.
Hay una idea de Jorge Luis Borges que todo crítico debería tener presente: una reseña no consiste en decretar si un libro es bueno o malo, sino en explicar por qué tenía que escribirse.
Cabe entonces preguntarse: ¿Qué vacío pretende llenar este volumen? Seamos objetivos: la justificación no es la mera existencia de la figura de Fidel Castro. Ensayos, novelas, documentales y películas sobre el proceso cubano se acumulan por centenares. El motivo no es ese, sino una interrogante más profunda: ¿Por qué hacía falta precisamente este libro?
Mi respuesta es que la historia nacional suele escribirse desde la solemnidad. Desde sus orígenes, el relato de nuestro pasado quedó atrapado en un registro sagrado. No es un fenómeno exclusivo de la etapa posterior a 1959; la tradición viene de atrás. Títulos del martirologio decimonónico como Apóstol, Padre de la Patria, Titán de Bronce o Generalísimo pavimentaron el camino para el culto a la personalidad contemporáneo: Comandante Invicto, Héroe de nuestra América o Eterno Alumno. Maikel García entra en ese templo con la aplanadora de la burla. Un sacrilegio así era indispensable.
En este volumen no hay espacio para el dogma ni las estructuras rígidas; el choteo es el hilo conductor y el paregórico necesario para digerir una historia empalagosa. El humor se transforma aquí en una vía de conocimiento. ¿Puede la caricatura desmontar un mito histórico con mayor eficacia que un tratado académico? ¿Qué ocurre cuando una sociedad pierde el miedo a reírse de su propio relato canonizado? García asume el reto de responder a estas preguntas. Su trayectoria como caricaturista, diseñador y rapero se percibe en el ritmo y la cadencia de la prosa. El esqueleto cronológico sostiene bien la estructura; los diálogos fluyen con naturalidad y los personajes históricos —lejos de ser nombres estáticos de archivo— entran y salen de escena con una irreverencia que roza el absurdo y arranca la carcajada.
No obstante, en ¡Ay, Fidel! el autor no siempre logra mantener el compás. En su afán por no dejar cabos sueltos, García intenta explicar demasiado. No se limita a narrar la vida del protagonista, sino que pretende ofrecer todas las claves de la historiografía cubana reciente. Aunque el propósito es legítimo, esa voluntad de exhaustividad ralentiza el ritmo y detiene el relato allí donde la narración exigía velocidad.
Aun así, este escollo no empobrece el libro, sino que lo humaniza. La edición siempre implica un juego de tensiones entre la exhaustividad y la síntesis. García opta por el camino arriesgado: ofrecer contexto, presentar actores secundarios y reconstruir las circunstancias del ascenso del líder. Esta decisión tiene un costo en el ritmo, pero revela el valor de no dar nada por sentado.
Durante décadas, la historia cubana ha estado secuestrada por dos relatos polares y viscerales: la épica revolucionaria y la condena absoluta. ¡Ay, Fidel! rompe esa dicotomía al proponer un registro donde el humor no minimiza la tragedia, sino que la vuelve comprensible. Su mayor mérito radica en demostrar que, para desmontar la solemnidad y la grandilocuencia, a veces basta un trazo certero, rigor documental y la audacia de perder el respeto a los mitos.
Maikel García, ¡Ay, Fidel! (Kutuxa Ediciones, Berlín, 2026).