Big Artificial Intelligence is watching you
Declaro sospechar que le tengo miedo y admiración a Ray, como bauticé a la Inteligencia Artificial (IA) para jugar con las predicciones de Ray Bradbury. Da la impresión de que Ray-IA está a punto de conseguir que los escritores —entre muchos oficios cercanos, como el de traductor— tengamos que replantear nuestro trabajo o nos quedaremos anticuados, en la calle… Pero la impresión —desde luego— es más compleja, abarca por completo a la educación, al trabajo, a la vida.
¿Qué hacer? Intentaré un breve comentario, tras confesar que estoy tan pasmado como un turista en Silicon Valley, pues soy un neófito que ha quedado atónito, aunque sigo dueño del saber lateral, fuera del progreso en línea recta y de resignaciones típicas de catastrofistas, tan abundantes entre rancias predicciones alarmistas.
Es innegable que Ray-IA, con sus más recientes programas, logra facturar en hipersónicos minutos textos de calidad profesional. Apenas hay modos de competir con sus habilidades y destrezas; por lo menos a la manera tradicional de escritura en géneros como el ensayo o la novela. Para no hablar de cualquier tipo de investigación en las mal llamadas ciencias sociales, donde el marco de referencias es una tecla a la que se accede desde un ordenador casero, y en un instante se entra a una memoria fabulosa, por lo general veraz y diacrónica.
Un grupo de cibernéticos humanistas —versados en literatura estadounidense—alimentaron un disco duro —hardware— con todos los poemas de Emily Dickinson. Con el más reciente programa operativo —software— de Ray-IA lograron crear un nuevo poema que solo los especialistas pueden darse cuenta de que no fue escrito por la talentosa poeta de Amherst.
¿Es de ella porque solo está "escrito" a partir de sus poemas? ¿Puede insertarse en una página web que solo le pertenezca a la poeta, hasta con su firewall? ¿No inaugura Ray-IA un fabuloso juego, que podría estar abierto a cualquier usuario, es decir, con un software open source?
Se le pidió a Ray-IA una reseña de la novela Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. En dos minutos —medidos por reloj— envió una reseña publicable en cualquier revista, semanario o diario; apenas con dos o tres reticencias, quizás producto de que los evaluadores de la reseña sabíamos que se trataba de un producto "artificial". ¿Era un producto "artificial" o mostraba un algoritmo a discutir? Por cierto, tras la reseña, Ray-IA ofrecía otros servicios aledaños, como por ejemplo discutir acerca del músico, de Rosario y demás personajes; del Orinoco, de la búsqueda de "pureza" o de la biografía del autor cubano, de lo real maravilloso y del realismo mágico como trampolín del Boom de la novela hispanoamericana.
Hace unas semanas publiqué en Bookish & Co. una reseña sobre una reciente traducción y publicación de Vida de las formas, del ensayista francés Henri Focillon. Como creo estar al día sobre las potencialidades de mi "secretaria" Ray-IA, sé que solo puedo escribir ensayo —tal vez sea válido para otros géneros— bajo la premisa de eludir lo que ella me brinda, enfocar mis escritos desde ángulos que Ray-IA aún sea incapaz de alcanzar. Allí creo que la relación Focillon-Lezama-Curso Délfico fue mi sesgadura inédita. Creo… Porque solo esa mezcla es lo que singulariza mi texto, lo único que ella no puede realizar; aunque informaciones pertinentes que le solicité, que de otra forma anticuada hubiera tenido que emplear muchas horas, me las proporcionó en tiempo récord. Es cierto que "Focillon, formas, Lezama" no lo pudiera haber escrito Ray-IA, pero hasta cuándo podremos mantener una autonomía en nuestros escritos.
No quiero glosar experiencias con novelas mías, como la reciente evaluación a dos voces de Diarios para Stefan Zweig, que me enviara Pablo de Cuba Soria, cuya Editorial Casa Vacía la publicó. Francamente, cuando aún solo escribía a mano con pluma de fuente —el manuscrito de la novela Mariel lo atestigua— y transcribía en mi máquina Olivetti, nunca pensé que sería posible que una Ray-IA evaluara uno de mis textos con cierto señorío exegético universitario, almidonado y discutible pero penetrante, con pocos olvidos referenciales, sagaz, hasta con una oración polémica.
Dejo en un costado estas relaciones particulares. Sin embargo, para fundamentar la hipótesis final, resumo otra experiencia: un proyecto de thriller que acabo de realizar, protagonizado por Ray-IA. Mi diálogo con ella ha sido fascinante… Emprendí el cliqueo bajo dos evidencias: Ray- IA tiene un disco duro que almacena bibliotecas tan o más gigantescas que la del Congreso en Washington; y es más rápida que cualquier ser humano en obtener una información precisa.
Busqué y tomé notas sobre obras y autores del género que me resultan familiares. Informaciones sobre Arturo Pérez-Reverte y sus novelas de aventuras de corte histórico, como La Reina del Sur, El club Dumas o la saga del capitán Alatriste. Añadí recuerdos sobre los thrillers políticos o de espionaje, de David Baldacci, de Camel Club o King & Maxwell; con referencias a sus cortes cinematográficos para potenciar las acciones, abrir cabos sueltos ideales para la lectura en vuelos largos o playas. Salté a John Le Carré y Umberto Eco… Ray-IA me escribió: "Comparar a Le Carré, Eco, Pérez-Reverte y Baldacci es como sentar a conversar a un espía desencantado, un semiólogo medieval, un reportero de guerra y un guionista de acción. Cada uno representa una forma distinta de abordar el suspense y la intriga".
No hay que entrar a Wikipedia —de la que también se alimenta Ray-IA— para saber que John Le Carré es el maestro del thriller psicológico y político. Su mundo está lleno de ambigüedad moral, burocracias grises y traiciones silenciosas. Obras como El espía que surgió del frío o El topo no solo narran espionaje, sino que diseccionan el alma de la Guerra Fría y la decadencia del idealismo occidental. Tampoco para recordar una vez más que Umberto Eco convierte la intriga en un juego intelectual. En El nombre de la rosa, el misterio es una excusa para explorar la teología, la semiótica y la censura. Su estilo es más denso, pero también más filosófico: el enigma no se resuelve solo con pistas, sino con ideas; o que Arturo Pérez-Reverte se sitúa entre ambos: combina la erudición de Eco con la acción de Le Carré. En El club Dumas o Falcó, hay conspiraciones, referencias literarias y una mirada desencantada al poder y la historia. Su experiencia como corresponsal de guerra le da un tono cínico y visceral.
Sobre David Baldacci —nos dice— que "representa el thriller estadounidense contemporáneo: ritmo vertiginoso, diálogos ágiles, estructuras cinematográficas. Sus tramas suelen girar en torno a conspiraciones gubernamentales, corrupción y justicia individual. Es menos introspectivo, pero muy eficaz en la tensión narrativa".
Ray-IA después me deja boquiabierto con esta analogía, discutible pero radiante: "Si lo pensamos en términos musicales: Le Carré es un cuarteto de cuerdas en tonalidad menor. Eco, una fuga barroca con disonancias. Pérez-Reverte, un tango con filo. Baldacci, un solo de batería en una persecución".
Después adivina que juego a escribir un thriller. Resumo sus indicaciones: de Le Carré, la mirada desencantada pero sobria sobre las estructuras de poder. Descompone la ilusión del héroe, lo muestra como engranaje de una maquinaria opaca. De Eco, su capacidad de usar la erudición no como adorno, sino como tensión narrativa. El pie de página se vuelve pista, la cita no es decorativa sino parte del crimen, piezas de un manuscrito perdido que el lector reconstruye en clave detectivesca. De Pérez-Reverte su tono curtido, que no idealiza ni embellece. Su ironía se convierte en una forma de honestidad. Podrías dejar que tu voz se manche de pólvora o humo de taberna, sin perder el rigor. De Baldacci, más allá del ritmo, explora una estructura que atrapa. Aunque no busques suspense en el sentido clásico, tal vez sí quieras dosificar ideas como si fueran giros argumentales.
Ahí lo dejé, colgué apresuradamente mi antojo de escribir un thriller y desde luego que pensé —reitero que entre miedoso y atónito— en los temores de Aldous Huxley sobre los mecanismos de control social, las formas de manipulación y las sutiles —y no tan sutiles— pérdidas de libertad en su novela Un mundo feliz, publicada hace casi un siglo, en 1932. ¿Qué Huxley opinaría hoy de Ray-IA?
Y por supuesto, de ahí el guiño-epígrafe que coloqué al frente: ¿cómo se enfrentaría años después George Orwell en su novela 1984 —la primera edición fue en 1949— a los desafíos que en 2025 enfrentaría su personaje Winston Smith ante Ray-IA? ¿Los llamados teóricos de la globalización no observan la existencia de una "clase" dominante desde laboratorios tecnoeconómicos?
Sin embargo, ¿no afirma Bill Gates que Ray-IA "es la herramienta más grande para reducir la inequidad que jamás hayamos tenido"? ¿Por qué no compartir la confianza en los avances que la tecnología ofrece al mejoramiento de la vida humana? ¿Cómo será Ray-IA dentro de una o varias décadas? ¿Logrará para entonces ser perfectamente asociativa, capaz de imaginar, ironizar, extrañarse, ascender a la metáfora y el chiste? ¿O funcionará como Big Brother?