En Cuba, uno de los llamados "comandantes de la revolución" era el encargado de cubrir las necesidades de viviendas entre los miembros de la nomenclatura castrista en las más atractivas urbanizaciones de La Habana, legado de la República que esos comandantes habían interrumpido abruptamente.
De ese modo, si Carlos Rafael Rodríguez rompía el vínculo con su amante de turno en buenos términos, la mujer, generalmente joven y hermosa se apropiaba de la casa que había sido el "nido de amor prohibido".
Eran residencias fastuosas robadas a sus dueños cuando estos debieron abandonar el país, perseguidos por una ideología aciaga.
Ningún nivel político o social escapa al poder y el ingenio de las transacciones sexuales originadas en el seno de la corrupción alentada por la dictadura cubana desde sus inicios.
Sórdida tropical, el nuevo libro del cineasta y narrador Carlos D. Lechuga, atestigua lo que pudiera ser el último círculo del infiernillo erótico donde no pocos se postran para sobrevivir al naufragio que no cesa.
Narrada en primera persona, por un joven guionista de cine venido a menos que ha logrado casarse con la hija de cierto militar de alto rango, Lechuga elude en su novela la "pornomiseria" de otras narrativas sobre La Habana.
Aborda, desde el marginalismo presente, la existencia de un buscavidas que se abrió paso —mediante sus atributos sexuales— entre la casta que desgobierna a Cuba, indiferente a los padecimientos y miseria que infligen a una población abandonada a su suerte.
Lechuga tiene el don, que le ha legado el cine, para narrar como si un steadicam recorriera el torbellino de una ciudad disfuncional, donde la cotidianeidad no es la escasez, la falta de agua o de electricidad, sino una suerte de submundo funcional de extraños privilegios que concede el desespero y la impunidad.
Es una aventura escabrosa la de Sórdida tropical porque compromete al lector con la experiencia de uno de los tantos "cerebros" que ahora mismo no reparan en el cada vez más deteriorado entorno cubano y obstaculizan posibilidades de confrontación o rebeldía mediante el ejercicio de una dolce vita criolla de atrezo.
A todas luces, el régimen prefiere este establishment de ciertos lujos fraudulentos donde imperan prostitución, bares, restaurantes, dólares, automóviles, vestuario de marca y reguetoneros triunfadores, que garantizan algo parecido a la estabilidad social necesaria para seguir en el poder.
El protagonista de la novela, sin embargo, deja bien claro que proviene del estamento pobre, donde malvive la mayoría, y contradictoriamente hasta le resulta odiosa la prosperidad de sus suegros agentes del Ministerio del Interior, aunque se beneficie de la misma.
Su incontrolable fetichismo y adicción al sexo lo pone en aprietos y puede descarrilar su vida parasitaria y ostentosa existencia donde la posesión de "la moneda del enemigo" impera.
Toda la destreza que despliega el personaje para mantener su oportunista estatus matrimonial corre el riesgo de ser desmontado cuando vuelve a las andadas del nuevo "hombre nuevo" (y valga la redundancia), distante del ideario guevarista, ya de por sí un disparate.
La gloriosa Habana nocturna de los años 50, disfrutada y añorada por nacionales y foráneos, ha derivado en el muladar escenográfico descrito por Sórdida tropical.
Hay en la novela una pareja de la clase artística cubana que se empeña en la creación a contracorriente y al final termina aplastada por la mala suerte y la desidia e intolerancia de los comisarios que "dirigen" la cultura. "Dios la tiene cogida con nosotros", expresa uno de los agraviados.
El protagonista representa una suerte de antípoda. No es el otrora escritor al servicio del castrismo, miembro de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba), sino un ente que ostenta su inmoralidad, y lo mismo le cobra servicios de guionista a una anciana española sin atributos —empeñada en hacer cine—, que se mueve con destreza en el devastador universo de la isla caribeña y exótica como destino de turismo sexual.
El buscavidas trata de moverse en su zona de confort, pero cuando traspasa esos límites en respuesta a peregrinas ambiciones, puede ser literalmente asaltado por el ambiente y despojado de algunas de sus prebendas personales.
El país que desprecia asecha y puede intervenir con rabia las barreras creadas por la atroz diferencia de clase en la dictadura del proletariado.
Así explica el protagonista de Sórdida tropical su manera de lidiar con el acalambrado contexto de la isla: "Odio la TV comunista tanto como odio los videos de represión policial. Tomar partido, en cualquiera de los dos bandos me asquea. Me hace tener que definirme. Yo no quiero tomar partido. Quiero vivir como en Suecia. En la nieve. Solo preocupado por las liebres y los hongos del bosque. Suavitol".
El Decamerón de Boccaccio terminó siendo un tránsito insospechado de la oscuridad medieval a la promesa renacentista, en medio de la peste amenazante. Son viñetas picarescas, no pocas de explícito erotismo, con fijeza en lo humano, eludiendo lo divino.
Sórdida tropical pudiera ser una especulación sobre la debacle social que antecede la posibilidad de la luz al final del peliagudo túnel cubano. Puente quebradizo entre el medioevo comunista y el renacimiento que concede la libertad.
Carlos D. Lechuga, Sórdida tropical (Editorial Hypermedia, Madrid, 2025).
Sórdida tropical se presenta en Madrid, en la librería Arenales (Vallehermoso, 110) el sábado 7 de junio, a las 7:00PM. Ulises Padrón Suárez acompañará al autor.