No toda la gente se convierte en fantasma cuando muere. La mayor parte de los difuntos están aburridos de nuestro mundo y sienten una enorme curiosidad por averiguar cómo son las cosas en el Más Allá. Así que, sin pensarlo mucho, se marchan para siempre, se van quién sabe adónde y nunca retornan. Pero a otros muertos les atrae más la idea de quedarse dando vueltas alrededor de los vivos, flotando entre ellos, susurrándoles cosas al oído, interfiriendo en sus decisiones. A veces tratan de ayudar, y otras buscan venganza. Los hay nobles, pero son los menos. Casi todos los fantasmas son de temer y, si te descuidas, te llenan la cabeza de ideas terribles.
Lo sé bien porque todas las grandes actrices italianas son fantasmas. Adelaide Ristori, Clementina Cazzola, Carlotta Marchionni, Fanny Sadowski, Celestina Paladini… Algunas noches se dan cita en mi habitación. Yo les pido a Désirée y a María que se retiren: les encargo cualquier tarea, invento algún pretexto para quedarme a solas con ellas.
Se sientan a mi alrededor y tomamos el té. Fingen que beben, pero sus tazas permanecen llenas. Hablan (es decir, mueven los labios como si hablaran), pero no se escucha nada. Claro que no necesito oírlas para entender lo que dicen. Las conozco bien. Cada una con su carácter, cada una con sus obsesiones. ¡Todas pavorosas! Con las cabelleras, otrora magníficas, ralas y desgreñadas. Con el maquillaje reseco que trata de disimular la descomposición de las carnes. Vestidas con harapos que alguna vez fueron ropajes espléndidos.
Aunque hace años dejé de interpretar La dama de las camelias, la Cazzola sigue dándome consejos para que mejore la escena de la muerte, que a su juicio es floja, ¡muy floja!, un verdadero adefesio. ¡Y quién mejor que ella para discernirlo! ¡Ella, que después de interpretar cientos de veces a Margarita Gautier, murió de tuberculosis en la vida real! Por su parte, la Sadowski se ríe de la castidad de mi Margarita. "¡Era una cualquiera! ¡Una putana! ¡Y tú, Eleonora, te empeñas en que parezca una virgen!", exclama, y enseguida nos pregunta si recordamos la noche en que besó a un Armando con tanto realismo que las autoridades de Milán le pusieron una multa por inmoral y amenazaron con cerrar el teatro si aquel escándalo volvía a repetirse. Claro que lo recuerdan. Todas lo recordamos. El olvido es un arte para el que somos ineptas.
Y, por supuesto, hablan de hombres. De maridos y de amantes. Tienen hasta el descaro de hacer una lista de los míos y de enjuiciarlos. La Ristori, que es la peor de todas, menciona uno a uno los nombres y las otras se pronuncian:
—Martino Cafiero.
—Un conquistadore di donne.
—Tebaldo Checchi.
—El cornudo.
—Bueno, pero simplón.
—Fabio Andó.
—Ese sí era guapo.
—Guapo no: guapísimo.
—¡Por una vez tuviste encima un hombre bien plantado, Eleonora!
—Mario Praga.
—¡Falso! ¡Nunca existió nada entre nosotros! —reclamo, enfurecida, prestándome a su juego a mi pesar—. Fuimos amigos, solamente amigos.
—Arrigo Boito.
—Un aburrido.
—Un "santo", según ella.
—¿Alguna vez llegó a terminar la ópera que, según decía, estaba componiendo?
—¿La de Nerón? Por supuesto que no.
—Gabriele D’Annunzio.
—La cabeza, bella; el cuerpo, infame.
—Ah, sí, ¡esos hombros estrechos, esas caderonas!
—Casi arruina su carrera representándole aquellos dramas morbosos.
—Un charlatán.
—Un ególatra.
—¿Cómo pudiste perder la cabeza por él hasta el punto de humillarte?
—Tanto tiempo interpretando La locandiera y no aprendiste nada de Mirandolina. ¡Esa sí sabía tratar a los hombres: "El pan en una mano y el palo en la otra"!
—¿Qué le encontraste a D'Annunzio, mujer? ¿Acaso la tenía de oro?
Me ruborizo y largan las risotadas.
¿Pueden creer que a veces acuden al teatro? Se sientan en el mismo palco y me observan con fijeza, con una mezcla de envidia y de desdén. Esas noches trato de ignorarlas, pues sé que lo que buscan es ponerme nerviosa, lograr que me equivoque, que pierda la concentración. Procuro no verlas, pero sé que están ahí, contemplándome, juzgándome, cuchicheando. "Yo habría hecho eso de otro modo". "Demasiado discreta y apagada para mi gusto". "Le falta fuego, le falta color". "Pobre Eleonora, tan poco dotada y tan perseverante". "Tuvo que inventar otra forma de actuar porque no era capaz de hacerlo como es debido".
Me miran, me juzgan, me critican. Se burlan de mis mejillas hundidas y de mi boca sin color. De mi piel arrugada, de mis ojeras, de mi pelo sin brillo. ¿Qué tiene de malo mi cara? Mi cara es mi tarjeta de presentación. La caligrafía que los años estamparon sobre ella soy yo.
Adelaide Ristori afirma que una actriz debe saber retirarse a tiempo. Lo cual es todo un arte, pues el tiempo, ya se sabe, es muy engañoso. Ella abandonó las tablas cuando aún era joven. O cuando todavía aparentaba serlo, que para el caso es lo mismo. Contrajo matrimonio con el marqués Capranica del Grillo y desde entonces solo asistió al teatro en ocasiones especiales, a los estrenos de sus antiguas compañeras o al debut de alguna principianta prometedora… Todas se muestran de acuerdo: retirarse en la plenitud, no en el ocaso. "O morir disfrutando del éxito", agrega, convencidísima, Clementina Cazzolla.
La noche de mi primera función en La Habana, la Ristori apareció de buenas a primera en el camerino para hacerme saber que ella también había actuado en ese coliseo. "¿Y dónde no?", pensé. La bruja fue una pionera de las tournées por continentes lejanos. Adondequiera que yo iba, ella había estado antes, abarrotando teatros. Al verme respirar ávidamente el oxígeno del balón, me preguntó con farisaica inquietud: "¿Hasta cuándo, cara Eleonora, hasta cuándo?". "Mientras pueda, Adelaide. Tú tuviste el palacio de Capranica; yo, nada", le contesté, y María, que me peinaba, me miró con preocupación, creyendo que hablaba sola.
Antonio Orlando Rodríguez nació en Ciego de Ávila en 1956. Fue ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008 con su novela Chiquita y del Premio Iberoamericano SM 2022, destinado a reconocer las mejores trayectorias en el área del libro infantil y juvenil. Aprendices de brujo es su primera novela (2002), reeditada por Ediciones Furtivas, en Miami, y por Huso Editorial, en Madrid.
Aprendices de brujo se presenta el martes 27 de mayo, a las 7:00PM, en la librería La Central del Museo Reina Sofía (Ronda de Atocha, 2, Madrid), con la presencia del autor.