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Narrativa

'De amores y guerras. Cuba y España'

'En ocasiones el caballo seguía andando con un soldado descabezado sobre la montura': un fragmento de novela que se presenta en Madrid este jueves.

Miami
Fotograma de 'La primera carga al machete' de Manuel Octavio Gómez, 1969..
Fotograma de 'La primera carga al machete' de Manuel Octavio Gómez, 1969.. Periódico Invasor

Creo que lo que más beneficiaba a los revolucionarios era lo dispuestos a morir que estaban. Luchaban por una causa en la que creían, por más que yo no la entendiera pues no me cabía en la cabeza cómo alguien no deseara ser parte del imperio español, aunque ya no tuviese la magnitud de cuando en él no se ponía el sol. Sin embargo, estaban empeñados en creer que España no quería lo mejor para "la siempre fiel isla de Cuba", lo cual era incierto, y se rebelaron.

Me había contado Don Antonio, a quien tanto echaba de menos y cuyas escasas cartas me llenaban de alegría y nostalgia, que en nuestra lucha contra las fuerzas invasoras de Napoleón Bonaparte el uso de armas blancas, como navajas e incluso instrumentos de labranza, fue muy útil en los ataques sorpresivos contra las columnas francesas en marcha.

Más de medio siglo después, fuimos víctimas de tácticas de combate similares, pues desde octubre del 1868 que empezó la guerra los cubanos llevaron a cabo feroces cargas al machete. El machete se usaba principalmente para cortar caña, segar la hierba, podar plantas. Era un cuchillo largo, pero no tanto como una espada, con un filo muy agudo, especialmente en el tercio de la cuchilla más cercana a la punta, que sobresalía ligeramente por arriba del resto. El frente era por lo general curvo. Nuestros enemigos lo manejaban con una rapidez y agilidad que pocos de nosotros logramos alcanzar.

La guerra no era un espectáculo grato, por muy necesaria que fuese, como creía que lo era para no perder a Cuba. Ver a un compañero herido o muerto siempre impactaba y entristecía, pero había dignidad en fallecer en combate por el impacto de una bala.

Con las cargas al machete volaban cabezas que a veces aparecían lejos del cuerpo de quien hasta segundos antes cabalgaba con valentía. En ocasiones el caballo seguía andando con un soldado descabezado sobre la montura. Era un espectáculo que provocaba horror y creo que a menudo llevaba a las columnas a retirarse, no tanto porque estuviese perdida la batalla sino por el impacto emocional de esta visión alucinante.

Pensaba que los rebeldes eran muy pocos, nuestro ejército superior, y que terminaríamos aplastándolos, aunque no había calculado que demorase tanto. Para mí lo peor estaba en que muchos cubanos en las ciudades, aunque no todos, nos miraban con odio. Era una sensación terrible sentir ese rencor clavándose en la piel.

Entre nuestros soldados había buena camaradería. A veces se les conocía por su lugar de origen. Así, uno era el vizcaíno, otro el manchego o el aragonés. A mí, sin embargo, siempre me llamaron Hernández. Seguía ayudándolos a escribir cartas a sus familias y en especial a las novias que habían dejado atrás. Me conmovía que estos hombres, quienes a diario ponían sus vidas en riesgo por la patria con tanto valor, en las noches me susurrasen, con voz emocionada, los pensamientos más íntimos, donde se transparentaban no solo sus nostalgias, sino también sus ilusiones y sueños de regresar al hogar.

Algunos, por el contrario, pensaban que si no fuera por la guerra, Cuba podría calificarse como un paraíso y aspiraban a vivir aquí. Quizás exageraban, pero sí puedo decir que la luna era muy hermosa y estar cerca del mar que rodeaba por todas partes a la Isla tenía gran encanto.

Confieso que solo una vez tuve miedo a morir. Habíamos recibido la noticia que un grupo de mambises se acercaba a nuestra posición, acampados al aire libre en un claro del campo cubano, cerca de la trocha que debíamos controlar y defender. El capitán nos había ordenado levantar el campamento y ponernos en marcha, pese a que ya anochecía.

—Cago en la ostia —exclamó el manchego, apagando un cigarrillo.

El sevillano opinó que a lo mejor hasta nos vendría bien un poco de movimiento.

Amparados en las sombras del crepúsculo, un montón de rebeldes llegaron sin que los oyéramos y empezaron a dar machetazos a diestra y siniestra. A mí me parecía una forma deshonesta de pelear, pero eso debí haberlo pensado después, porque el instinto fue buscar las armas de inmediato, protegerme detrás de lo primero que encontré y comenzar a disparar. Por unos breves instantes sentí miedo ante aquella situación caótica que afortunadamente no duró mucho.

Debieron partir con la misma rapidez que llegaron. Cuando pensamos que era ya seguro, salimos y encontramos muertos a una docena de nuestros hombres, entre ellos el manchego, quien tenía en su bolsillo la carta que la noche antes me había dictado para su novia, en la cual le hablaba de su felicidad imaginando el día que se casaran.


Uva de Aragón presenta su novela De amores y guerras. Cuba y España (Verbum, Madrid, 2024) este jueves 3 de abril a las 6:30PM en la librería Juan Rulfo (Calle de Fernando el Católico, 86). La autora estará acompañada por el editor y poeta Pío E. Serrano.

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