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Crítica

Norberto Fuentes, cariño a Villa Marista desde Miami

'Ni odiado ni amado por el poder hasta el grado que habría necesitado para constituirse en leyenda, en Miami ha terminado por convertirse en un escritor nostálgico del mismo dictador del que huyó.'

Madrid
Fidel Castro y Omar Torrijos.
Fidel Castro y Omar Torrijos. JUVENTUD REBELDE

Tres años después de la muerte en vuelo del general y presidente panameño Omar Torrijos, Graham Greene publicó las memorias de su amistad: Getting to Know the General. The Story of An Involvement (The Bodley Head, Londres, 1984). Magnicidio o accidente, aquella muerte constituyó un gran golpe para Greene. "¿Cómo podría alguien no querer a este hombre?", tuvo que preguntarse en uno de sus encuentros.

Conversaban los dos junto a la jaula de un periquito australiano, y Greene le hizo notar que, sin compañía, aquel pájaro no iba a cantar nunca. El general se fue a otra habitación, volvió con un casete, y escucharon entonces el gorjeo de un periquito australiano grabado por él con tal de hacer cantar a su pájaro solitario. Que enseguida se puso a trinar. También Greene soltó su trino: la pregunta de cómo podía existir alguien que no amara a aquel hombre.

El episodio describe a la perfección la lógica del populismo político. En lugar de otros pájaros en la jaula y que canten a placer, una grabación que haga trinar al pájaro únicamente a un teclazo del jefe.

Otro novelista que trinaba junto a un militar, Gabriel García Márquez, no alcanzó a publicar el libro sobre Fidel Castro que se esperaba de él. No consiguió sobrevivirlo. Su prólogo a Habla Fidel (Mondadori, Madrid, 1988), de Gianni Mina, reveló el hambre de helado del comandante en jefe: "Un domingo sin frenos, después de un almuerzo en forma, se tomó dieciocho bolas de helado".

En otra ocasión, en medio de uno de vainilla, le regaló una frase para cerrar su prólogo: "Una noche, mientras tomaba en cucharaditas lentas un helado de vainilla, lo vi tan abrumado por el peso de tantos destinos ajenos, tan lejano de sí mismo, que por un instante me pareció distinto del que había sido siempre. Entonces le pregunté qué era lo que más quisiera hacer en este mundo, y me contestó de inmediato: 'Pararme en una esquina'".

Norberto Fuentes ha deseado ser Gabriel García Márquez o Graham Greene, no por las virtudes literarias de cualquiera de los dos, sino por esa clase de cercanía. Tomar helado juntos, oír cómo un periquito australiano contestaba a una grabadora, esas y tantas cosas le habría gustado compartir con alguien como Fidel Castro.

Sin embargo, tropezó con un par de obstáculos insalvables. Porque general y comandante habían elegido a Greene y García Márquez por ser famosos y extranjeros, mientras que él era cubano y poca cosa. De este desencuentro, de este desaire del destino, sale la mayor parte de su literatura. Y, ya que no llegó a interlocutor privilegiado del comandante, se ha puesto a imaginar lo bueno que habría sido sufrir su encarnizada persecución.

Norberto Fuentes publica un volumen de medio millar de páginas con el fin de restarle importancia al Caso Padilla y convencer a sus lectores de que por esos mismos años existió un Caso Fuentes, mucho más decisivo. Plaza sitiada (Cuarteles de Invierno, Miami, 2018) combate la versión tan extendida de que él sirvió a la policía política en el entorno de Heberto Padilla. Constituye su apuesta para pasar de agente a caso.

Medio millar de páginas para llenarlas de frases narcisistas y ridículas. Para confundir disidencia con despecho. Para autotitularse único disidente entre los escritores cubanos. Para alardear de haber sido el primero, contra la prohibición oficial, en publicar sus obras en el extranjero. No importa que, unas páginas más adelante, reconozca que tuvo un predecesor: Reinaldo Arenas.

Otro habría eliminado este alarde en falso, él no. Desde hace varios libros da la impresión de que no revisa lo que escribe. Nada más sobrepasar la extensión del cuento, Norberto Fuentes resulta informe.

Plaza sitiada cuenta cómo llegó a ser leído por Fidel Castro: "hoy por fin he alcanzado la atención del hombre más grande del siglo XX". Narra la leyenda de su libro de cuentos Condenados de Condado (Casa de las Américas, La Habana, 1968): "Una veintena de comandantes alrededor de una mesa leyendo el libro y debatiéndolo".

Infla el Premio Casa de las Américas, ganado con aquel libro suyo, hasta equipararlo con el Pulitzer estadounidense. Y se inventa cómplices para su delectación por un centro de torturas: "Villa, como el común de los cubanos llama, de cierto modo cariñosamente, al centro de instrucción de la Seguridad del Estado instalado en lo que fuese Villa Marista, una escuela para varones de los Hermanos Maristas".

A Norberto Fuentes le gusta más Villa Marista que a Fidel Castro el helado. ¿Cómo no iban a querer los cubanos a Villa Marista si allá adentro hacían cantar a los periquitos sin necesidad de casete?

En un universo donde el Pulitzer y el Casa de las Américas gozan de pareja importancia, donde el hombre más grande del siglo es un dictador caribeño que lo lee a él, donde el cubano de a pie está encariñado con sus represores, y donde todo un estado mayor se reúne en club de lectura para debatir un libro suyo, claro que Norberto Fuentes puede creerse único disidente o cualquier otro héroe que le pase por la cabeza. ¿Quién va a discutirle el derecho a ser inquilino de su propia imaginación?

Ni odiado ni amado por el poder hasta el grado que habría necesitado para constituirse en leyenda, en Miami ha terminado por convertirse en un escritor nostálgico del mismo dictador del que huyó. Algo de esa nostalgia suya habrá aplacado en los dos tomos de La autobiografía de Fidel Castro (Destino, Barcelona, 2004 y 2007). Así como lo habrá atormentado comprobar que el objeto de su amor moría lejos, dejándolo solo en el mundo.

Plaza sitiada tiene toda la pinta de ser un libro autoeditado, pero nadie aguarde queja de su autor por tener que publicarse a sí mismo. Por el contrario: Norberto Fuentes intentará convencernos de que él es tan, pero tan disidente, que tuvo que huir a Miami para publicarse en samizdat. Y, de todos los escritores cubanos, fue sin dudas el primero en hacerlo.


Norberto Fuentes, Plaza sitiada (Cuarteles de Invierno, Miami, 2018).

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