Back to top
Poesía

País mío, país

'Un pie primero, después, otro pie. Volver a los primeros pasos. La puerilidad, la alegría de perder la cabeza, de no saber, hasta que se recupera la conciencia y vuelven la memoria, la interrogación y la angustia.'

Isla Negra

Tu muerte. (Porque es personal, tuya, de nadie más). ¿Cómo moriste? Vuelvo a hacerme la pregunta tremenda. El accidente vascular. La ida al baño. A la mañana no te podías levantar. Te desplomabas como un pollito. (Tenías una bata de casa rosada, de la madre de Vanessa, creo, como si la muerte fuera un doblaje, una función.) Mi hermana se iba y no se iba a trabajar cuando esto pasó. Tratamos de animarte entre las dos. Mi hermana te dijo que pusieras de tu parte, que tenía que ir a trabajar. Te llevamos al baño, te pusiste rígida. Queríamos cambiarte la ropa para llevarte al médico y no podíamos. La ropa no te entraba ni te salía. Al fin conseguimos que llegara un bicitaxi. Mi hermana se fue pedaleando delante, al hospital, en bicicleta, gritando "¡apúrate, bici!". Yo iba contigo sobre las rodillas, mirándome desde abajo, la cabeza apoyada sobre mí. Por la esquina de la bodega me dijiste: "La gente está durmiendo, la gente siempre está durmiendo". Y luego, mirándome a la cara desde abajo: "Ustedes están bravas" (mi hermana y yo): "Están serias". Y luego ya no dijiste nada más. Y el chofer se va pedaleando por las calles rotas del pueblo y yo voy con tu cabeza, madre, saltando sobre mis piernas hasta el hospital.

En el hospital no me veo a mí ni a mi hermana: te veo a ti en una camilla y veo una puerta que se abre y se cierra en la consulta de turno y veo a una doctora joven. Te hacen un electrocardiograma, te hacen una prueba de diabetes, te hacen la muerta. En la camilla un doctor te pregunta por tu nombre y respondes Raquel, y luego dónde vives y dices Raquel, si sabes en el lugar que estás en ese momento y repites Raquel, que es lo único que recuerdas.

"Tengo rabia, tengo roña, quiero hablar y que la gente me entienda", me dice mi madre, a quien le han diagnosticado Parkinson, hablándome con dificultad. Rabia, roña, repinga, carajo, dílo alto, le digo, repitiendo con ella las palabras, Erre con erre cigarro, barril, ron, ventilador, mierda, rabia, rabia rabia, amor, por tus manos, madre, que se demoran media hora en abrir la puerta del refrigerador y otro tanto en poder llevarte la cuchara a la boca.

Tomo tu mano, madre, en la mía y empezamos a hacer las primeras letras: palitos, ceros, cuadrados, flores, vas juntando tu caligrafía temblorosa hasta que consigues una palabra. Escribes tu nombre: Raquel, el mío, el de mi hermana, una página, una palabra repetida varias veces al día, hasta conseguir fijarla en la escritura. Y luego, como quien remata un dobladillo al final tembloroso de la página: "mamá".

"La vejez y la muerte son la misma mierda." "Lo peor que puede pasarle a uno es llegar a viejo." Y esto ya se lo oí antes a mi padre, y también a mi abuelo, a mi abuela no, porque se dio candela, se suicidó para evitarse la mierda, la decrepitud. Paro a mi madre en la taza del baño, la tomo por la cintura, le abro las nalgas, le digo "puja", la sostengo hasta que sale una monedita: un pedazo redondo, magro, que nos enlaza a mi madre y a mí en un nuevo alumbramiento.

Un pie primero, después, otro pie. Volver a los primeros pasos. La puerilidad, la alegría de perder la cabeza, de no saber, hasta que se recupera la conciencia y vuelven la memoria, la interrogación y la angustia.

El médico toma la mano de mi madre como un objeto inerte, luego levanta su pierna sobre la camilla, la deja caer y nos dice: "Mañana será como una planta, es irreversible".

La sala del hospital es fría, sucia, despiadada. Hay un aire acondicionado roto y desde el techo caen, intermitentes, unas goteras.

Cuando mi madre recupera la cabeza, la lucidez de un momento, dice que no quiere que la llevemos al hospital de provincias, que "aquí nació y aquí se muere". La intermitencia de las goteras y el jadeo del pecho de mi madre hacen una sola respiración.

La noche tropical. El ruido de la noche. La avalancha. Los garfios. Las hojas, los grillos, todo zumba, frotándose. El olor de la noche. Naranjas. Cañas. Bosta de caballo.

El ruido.

La carreta que pasa sobre la calle, la carreta medieval con el caballo tirando de la muerte. El pregón pobre que anuncia ¡Tomates! Coles! A las ocho de la mañana. Las caras embotadas. La gritería.

La intrascendencia que se pone a manotear.

La mañana sin pan.

 


Damaris Calderón Campos nació en La Habana, en 1967. Entre sus libros de poesía publicados: Las pulsaciones de la derrota (Ediciones LOM, Santiago de Chile, 2013), La soñante (Efory Atocha Ediciones, Madrid, 2014) y Entresijo (Bokeh, Leiden, 2017). Este texto pertenece al recién publicado ¿Y qué? (Ediciones Las Dos Fridas, Isla Negra, Chile, 2018).

Sin comentarios

Necesita crear una cuenta de usuario o iniciar sesión para comentar.